El dueño de las praderas y el diamante celestial

El dueño de las praderas y el diamante celestial

DaelBeek

15/08/2020

Tao era un potro pura sangre de pelaje bayo que vivía en una extensa pradera junto a su familia. Su vida era como la de cualquier otro potro; pastaba, galopaba entre los troncos de los árboles, relinchaba cuando quería llamar la atención. Pero Tao tenía una cualidad especial: la curiosidad. Se cuestionaba el porqué de las cosas. ¿Por qué el mar era azul y la arena blanca? ¿Por qué había animales pequeños y otros tan grandes como una montaña? ¿Por qué la alfombra blanquecina solo aparecía durante cierto periodo de tiempo? Sus preguntas nunca cesaban.

Una noche, cuando la luna estuvo llena y el firmamento celebraba una fiesta, Tao miró hacia arriba, quedándose estupefacto por el hermoso desfile. Unos pequeños diamantes que bailaban con sintonía sobre la oscuridad de la noche atraparon su curiosidad, ¿qué podrían ser aquellos? Siendo hechizado por sus movimientos gentiles y constantes parpadeos, el corazón de Tao llegó al límite del amor, había sido flechado por esos diamantes celestiales.

Colmado de agitación, Tao le preguntó a su familia cómo podría bajar alguno de esos diamantes para cuidarlo y amarlo de forma apropiada y con toda la nobleza que podría otorgarle; sin embargo, ninguno de ellos supo con exactitud a qué se refería, ni mucho menos fueron capaces de apaciguar su impaciencia. El pura sangre se creyó desdichado al no encontrar las respuestas que buscaba y rompió a llorar en un llanto lastimoso.

Entonces se le acercó el miembro más antiguo de la familia, una yegua con cabellera marfil y ojos cansados por el tiempo, y le dijo que tenía que emprender un viaje hacia la bóveda celeste para buscar a Kalani, el Rey de los Cielos; pedirle, con el debido respeto, uno de esos diamantes para que lo cuidara y lo protegiera de todo mal. En su viaje debería llevar consigo una rica ofrenda en honor al Rey para venerarlo y honrarlo por toda su magnificencia.

Tao, inmerso en una alegría rebosante, se dispuso a reunir toda clase de objetos que él consideraba sumamente valiosos: la resina de un árbol viejo, frutas de las más jugosas y deliciosas, piedras brillantes que nacían a la orilla de la playa, flores pintadas con los colores más hermosos; y un sinfín de cosas preciosas que nunca nadie podría describir. Las guardó todas en dos alforjas que se echó sobre el lomo y relinchando emprendió su camino.

Cuantos días y cuantas noches deambuló solitario, sin encontrar la entrada al cielo; comenzó entonces a lamentarse de su infortunio, gimoteando bajo la sombra de una gran roca metálica. Fue tan penoso y angustioso su desconsuelo, que logró captar la atención de un quelea que planeaba por esos rumbos. El ave descendió su vuelo y se acercó para preguntarle:

—¿Qué hace un bayo, dueño de las praderas, tan lejos de casa? ¿Qué ha sucedido para que llores de esa forma? Mira que he interrumpido mi vuelo al escuchar tales lamentos tuyos.

—Oh, una disculpa le ofrezco a usted, dueño del aire y las colinas, por hacerle llegar mis penas sin su consentimiento. Pero me encuentro tan triste y desamparado que ya no sé qué más hacer.

El quelea sintió pena por él, y sacudiéndose las plumas, le pidió:

—Cuéntame qué te ha pasado.

Así, Tao se dispuso a compartir su historia, de pies a cabeza, sin excluir ni un detalle. El quelea fue invadido por una compasión y misericordia incondicionales al escuchar todo el relato, y sacudiéndose de nuevo las plumas, exclamó:

—¡Aquí abajo no encontrarás lo que buscas! ¡Tienes que subir hasta alcanzar lo que deseas!

El pura sangre se sintió tonto por no haber pensado en eso antes, pero el ave continuó:

—Mi parvada te puede llevar hasta la punta de la montaña más alta y ahí deberás rendirte ante tu destino. Pero a cambio, pedimos que nos concedas la mitad de lo que llevas en esas bolsas.

Tao dudó por un momento, pues esos obsequios estaban designados para Kalani, el Rey de los Cielos; mas luego recordó el suntuoso fulgor de los diamantes celestiales, y accedió a la oferta. El quelea le indicó entonces que se acomodara sobre la concavidad de un tapiz con forma de lámpara invertida, que había sido construido con raíces y hojas secas por la parvada. Tao así lo hizo, echándose sobre la inusual superficie; no tardó en sentir que se elevaba por lo aires, el tapiz había sido rodeado por un centenar de queleas que aleteaban sincronizadas. El mundo bajo sus patas pareció hacerse más y más pequeño, hasta que finalmente llegaron a la punta de la montaña más alta.

Nuevamente Tao se enfrentaba a una difícil situación, pues estando allá arriba, se vio atestado de ignorancia. Sin embargo, un lacrimoso llanto se hizo escuchar por todas las corrientes de aire. Con la mirada se empecinó en buscar al responsable que compartía la misma pena que él. Se trataba de un trío de nubes borrascosas que sollozaban sin cese alguno, mojando a su paso todos los seres de la tierra.

—Oh, mis buenas señoras, amas de la atmósfera e hijas del agua. Disculpen mi atrevida curiosidad, no soy más que un humilde pura sangre, pero las he escuchado llorar y me he preguntado, ¿quién sería capaz de perturbar su dichosa felicidad?

Las nubes se giraron hacia el pura sangre, mostrando sus diversas densidades y tamaños, y le respondieron entre gimoteos:

—Nosotras, amas de la atmósfera e hijas del agua, te saludamos a ti, honorable bayo, dueño de las praderas. La razón de nuestros lamentos es el sol, no ha querido vernos el día de hoy, y estamos muy grises y apagadas.

Tao se colmó de empatía por el trío de nubes, después de todo, conocía desde raíz a la tristeza. Miró de reojo la última mitad que le quedaba de las riquezas destinadas para el Rey, y sin pensarlo mucho, decidió obsequiárselas a las hijas del agua.

—Mis buenas señoras, me he llenado de un profundo dolor al escucharlas; es por eso que les suplico, acepten mi humilde ofrenda para ustedes. En estas alforjas se encuentran de las cosas más valiosas que puedan imaginarse, y con esto espero que su pena termine, hasta que el sol venga a gratificarlas con su presencia.

Las nubes se arremolinaron en torno al potro, y cuando miraron dentro de las alforjas, quedaron pasmadas por las maravillas que descubrieron ahí. Su llanto se consumó y rebosantes de alegría, se echaron a reír.

—Estimable bayo, dueño de las praderas, has regresado a nosotras la dicha y el júbilo a través de tu fortuna. En recompensa por tus actos bondadosos, cumpliremos uno de tus deseos.

—Oh, mis buenas señoras, que su dicha y júbilo sea inmarcesible, y que su vida sea eterna. Lo que yo deseo es ir al Reino de los Cielos para encontrarme con Kalani, el Rey majestuoso, y declarar mi inevitable amor por aquellos diamantes celestiales.

El trío de nubes escuchó y obedeció la petición del potro, y llevándoselo sobre su espesa densidad, lo dejaron a las puertas de un ostentoso palacio adornado con pedrería lujosa y cúpulas de vitrales albinos. Tao enmudeció por unos instantes, se percibía pequeño y completamente ajeno al lugar, pero logró continuar su camino, atravesando una marea de neblina lechosa que ahogaba el interior del palacio.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —una enérgica voz retumbó por todo el lugar.

Tao dobló las patas delanteras en una ligera reverencia y luego se aclaró la garganta para decir:

—Oh, venerable Kalani, Rey de los cielos; Rey majestuoso, Rey benevolente; Rey magnánimo y justo. Pongo por voluntad propia mi cuerpo y alma bajo tu yugo; soy tu fiel sirviente, Tao, el potro pura sangre, dueño de las praderas. Hace unas noches quedé perdidamente enamorado de aquellos diamantes celestiales que bailan sobre tu bóveda azul, y nació en mí la desesperada necesidad de cuidar y proteger a uno de ellos. Guiado por ese comando, he venido ante ti para solicitarte la mano de un diamante. Le juraré fidelidad y seré bendecido si me concedes este osado deseo, que no tiene las intenciones de ofenderte.

—Aquellos a los que llamas diamantes son en realidad estrellas, mis hijas favoritas. Pero pobre de ti, bayo, dueño de las praderas; has venido con los bolsos vacíos. No hay forma de que cumpla tu deseo, acudiste al reino de los cielos en vano.

Tao sintió que su mundo se derrumbaba, aunque su desgracia no duró mucho; pues dentro de la pecera que resguardaba a las estrellas, se escuchó un dulce cantó que empezó a recitar:

—Padre benevolente, soy tu hija Meira, la más joven y violeta de todas. He venido acompañando a este humilde potro desde el inicio de su viaje, pues hace unas noches atrás me enamoré de él y conozco la razón por la que sus bolsas han quedado vacías. Todo ha sido un sacrificio para llegar hasta nuestro palacio, lo cual me demuestra el buen corazón que posee. Y te pido, padre, Rey majestuoso, que me concedas el deseo de vivir junto a él para siempre, pues me creo incapaz de seguir existiendo si no lo tengo a mi lado.

Al escuchar estas palabras, el Rey comprendió el amor sincero que se tenían el uno por el otro, así que les anunció:

—Tenerlos a ambos frente a mí me ha abierto los ojos. ¿Quién soy yo para interponerme entre unos amantes? Dejaré que profesen su amor y que continúen enamorados por el resto de sus vidas; los lanzaré al reino de mi hermano, Kesden, el Rey de los Mares, donde vivirán de ahora en adelante. Pero les pondré una condición; a ti, potro, deberás cargar a tus hijos en una bolsa abdominal hasta que estén listos para nacer; y tú, mi querida hija, tendrás la capacidad de regenerar tus brazos dañados o perdidos, para preservar tu especie, pues un amor como este nunca debe terminar.

Los enamorados aceptaron las condiciones y fueron arrojados al reino de los mares. La estrella abandonó su antigua piel y fue cubierta por placas endurecidas con gránulos en la superficie que le daban un aspecto radialmente simétrico, pero igual de hermoso y deslumbrante. En cuanto al potro, sus extremidades desaparecieron y su anatomía completa se transformó; su hocico se hizo más largo y pequeño, y le nació una cola prensil con la cual podría anclarse, pero resultó ser el animal marino más extraño y único de todos.

Y así se originaron la estrella y el caballito de mar, unos seres que abandonaron todas sus pertenencias para vivir enamorados bajo el agua.

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