El día de hoy se me ha ideado alzar los ojos.
De esas veces que andas con la mirada pegada a los pies,
porque no aguantas las trabas hacinadas en el viento
que golpetea con fuerza la espalda.
Así que levantar mis ojos supondría desafiarlos.
Desde hace meses que estoy mirando abajo,
se me anclaron cuando rocé tu mano por última vez.
Pero hoy lo hice.
Cambié,
y con semejante hermosura me tropecé.
Un portentoso cielo en su apabullante inmensidad.
Me le quedé viendo unas veinticuatro horas,
y en ellas descubrí respuestas.
El cielo que me resguarda puede permutar
colores,
texturas,
humores.
Incluso puede desvanecerse.
Incluso puede volver a encontrarme.
Me di cuenta que no importa lo que a mi cielo le pase,
hay algo que nunca cambiará:
su gran inmensidad.
De todas las cosas que sufre,
eso es lo que conserva.
Tan rápido como me pescó el frío,
tan rápido como te recordé.
Yo de ti conservo
los miles de consejos,
y las cientos de enseñanzas
tomadas en tazas de café.
Que la familia no es sólo una palabra.
Familia es ayuda, soporte, risas;
es salir corriendo del trabajo a encontrarme con ella
porque se extraña mares.
O más simple.
Familia es amor.
Me impregné de ti
esas fuerzas para seguir adelante;
caminar por lagos de fuego,
volar a través de la amenazante neblina,
nadar en tierras oscuras,
atiborradas de pinchos filosos.
¿Para qué vivimos si no es para alcanzar nuestros sueños?
Porque eso es lo que hacemos,
VIVIR.
Despertar cada mañana y
repasar las desgracias que me atisban,
evocar los agrios ratos,
tocar las heridas abiertas de mi corazón.
También,
despertar y saber que estoy vivo,
que segundos más tarde mis labios me permitan sonreír
debido a la felicidad que eso me provoca.
Embriagarme con las ganas de disfrutar hasta el más ínfimo respiro
pues la vida es un tiempo vacilante.
Sí, eso atrapé de ti.
Me mostraste el oro dentro de mí,
me contaste tu secreto para desdeñar el dinero,
obligaste a mis lágrimas partir.
Y, así como el cielo que miro,
lo que más conservo de ti
es esa inmensa valentía.
Aunque solías decir que eran puras mentiras,
yo la apreciaba emergiendo con ímpetu de tu corazón.
¿Te das cuenta?
Lo mucho que 58 años representaron para mí.
Y que continuarán siendo un aliciente irreemplazable.
Con estas palabras te doy las gracias
por haber vivido,
por haber amado,
por haber luchado,
por habernos enseñado cuantiosas direcciones…
Gracias.
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