Camino a la iluminación

Camino a la iluminación

Juan Millón

12/04/2018

No hay historia más inspiradora que aquella que habla de superación personal. Y la vida de mi amigo Gonzalo es todo un ejemplo de cómo un idiota puede dejar de serlo gracias al esfuerzo y el cariño de aquellos que le rodean.

Desde bien pequeño Gonzalo demostró ser un zopenco de campeonato. A los cuatro años fue incapaz de integrarse con sus compañeros de parvulario. En lugar de comer tierra, compartir mocos o estirar de los pelos a las niñas, se quedaba solo en una esquina de la clase y se pasaba el día imaginando cosas tan improductivas como qué se sentiría al tumbarse en una nube o al tocar el sol con la nariz.

—¡Tienes que hacer algún amigo! —le dijo su padre.

Aunque Gonzalo era de naturaleza imbécil, siempre sabía cuando un consejo era de los que valía la pena. Y si su padre había apartado la mirada del televisor durante cinco segundos para compartirlo con él, este debía serlo. Dicho y hecho: al día siguiente anunció a sus padres que se había hecho amigo de Arturo.

Su vida mejoró. Tenía alguien a quien explicarle los cuentos que inventaba, con quien jugar a los juegos que se le ocurrían y un compañero con el que sentarse en el autobús cuando iba de excursión con el colegio. Sus padres respiraron tranquilos durante unas semanas, pues aún no se habían percatado de cuan zoquete podía llegar a ser Gonzalo.

Un día su madre habló con la maestra. Esperó que Gonzalo saliera de clase, lo cogió de la oreja y lo llevó a rastras desde la puerta del colegio hasta su casa.

—Tu maestra dice que te pasas el día solo, mirando por la ventana, como siempre. ¿Qué ha pasado con tu amigo?

—No me paso el día solo. La maestra es una mentirosa. ¡Arturo está conmigo desde que me despierto hasta que me voy a dormir! —dijo Gonzalo a punto de llorar.

Fue entonces cuando su madre lo comprendió. Con sabias palabras le explicó a Gonzalo que su amigo no existía. Él miró a su derecha y dejó de verlo. Se había evaporado. «¡Qué tonto he sido!», pensó Gonzalo. Y a partir de entonces lo fue un poquito menos.

Pasaron los años y a lo largo de su infancia y adolescencia Gonzalo exhibió multitud de habilidades inútiles que solo sirvieron para recordarle al mundo lo bruto que era. Pintó al óleo, tocó el bajo en una banda, compuso poesías de verso libre, participó en tres obras de teatro, filmó un cortometraje… Malgastó un tiempo precioso que podría haber dedicado a ganar dinero en algún trabajo de tardes.

Por fortuna, los que mirábamos por su bien conseguimos encauzar aquel río desbocado que era la imaginación de Gonzalo. Cuando llegó a esa edad en la que debía decidir en qué tipo de persona se convertiría, le sugerimos múltiples opciones razonables, como el derecho o la medicina. Ninguna fue de su agrado, pero Gonzalo sabía que su instinto siempre erraba, así que hizo caso de los que sabíamos más que él del mundo y siguió nuestros consejos. Después de varios años a la deriva, el atolondrado chico consiguió un trabajo estable en unas grandes oficinas. Aunque parezca increíble, aquel niño que a los cuatro años creaba cuentos para un amigo imaginario, a los treinta era ya un contable preciso y de total confianza.

Cuando su vida se empezó a estabilizar, se enamoró de una chica bajita a la que le gustaban los libros de vampiros y la filmografía de Woody Allen. ¿Pero cómo iba a compartir su destino con la dueña de un videoclub que estaba al borde de la quiebra? Sus amigos le recordamos lo memo que era por seguir los impulsos de un órgano que solo sabe de latidos. Ahogó el recuerdo de aquel amor que no llevaba a ninguna parte y unos años después se casó con una mujer más guapa, más sensata, de mejor familia y que sabía que las películas solo sirven para pasar el rato los domingos por la tarde.

Con el devenir del tiempo, entre el trabajo, las horas extra, las cenas con la familia, la boda, los tres hijos, los viajes planificados y todas esas cosas que llenan la vida de un hombre que lo tiene todo, agotó el tiempo libre que en su juventud le idiotizó. Todos los que lo conocíamos vimos con orgullo cómo su bajo se cubría de polvo, sus pinceles se perdían y el cine al que antes iba con frecuencia cerraba sin que él se percatara. Pero aún quedaba una hiedra venenosa que trepaba desde su pasado de adolescente ocioso y amenazaba con resquebrajar el porvenir de ese hombre hecho y derecho que habíamos levantado con tanto esfuerzo.

A Gonzalo le encantaba escribir. Se empeñaba en dar cuerpo a esas historias de ciencia ficción y fantasía que algún diablo le seguía susurrando. Entre las horas muertas en el tren, los ratos en que su esposa se llevaba a los niños a casa de los abuelos y las largas noches de insomnio en las que las voces de su imaginación se volvían ensordecedoras, escribió su primera novela. La publicó a escondidas en una página de internet. Aunque apenas la leyó una docena de personas, él estaba orgulloso de su ridículo cuento de princesas, dragones y caballeros.

Los amigos nos enteramos por casualidad y supimos que teníamos que hacer algo. Me lo llevé una tarde aparte y le di mi sincera opinión. Yo no había leído el libro pero no lo necesitaba: le expliqué que aquel texto no era más que ruido de fondo en un campo sobrecargado de escritores mediocres y que su ego le había hecho creer que tenía algo importante que comunicar cuando, obviamente, no era así. Ojalá me hubierais oído. Pocas veces he pronunciado un discurso tan inspirado. Puedo decir con orgullo que aquel día humillé a Gonzalo con la vehemencia propia de los maestros que enseñan grandes verdades.

Siguió recibiendo mensajes de sus seres queridos en la misma dirección. Entre todos conseguimos que al final Gonzalo desistiera en su empeño, retirase su novela de la red y la borrase de su disco duro. Nos prometió que jamás volvería a ser tan insensato como para dedicar tiempo a una tarea como aquella.

Después de mucho tiempo, Gonzalo se convirtió en quien debía ser. Le llegó ese día que todos anhelamos en secreto y que recordamos con nostalgia: ese día en que nuestros labios se tensan en una risa sardónica, decidimos que nuestros cuadernos solo sirven para hacer sumas y restas y nuestro último sueño se seca liberándonos de su tiranía. Ese día en que la gama de colores brillantes que nos desorienta y no nos deja dormir muta en ese blanco y negro que tranquiliza y simplifica el mundo.

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