Lorianne Mester era una chica de pueblo vivaz e independiente. Sus ganas por aprender y explorar el mundo habían crecido a medida que sus piernas se habían hecho largas con el paso de los años. Su aspecto acompañaba a la energía que desprendía. La piel color oliva brillaba con cada rayo de sol, su pelo de fuego caía rizo y ondulado por su espalda y a menudo parecía tener vida propia. El color verde agua de sus ojos refulgían como un par de lunas llenas en el interior de una constelación de estrellas que adornaban sus pómulos alzados.

Su hermana Mary Louise siempre había dicho que era como una cardelina rubra: menuda, de color rojo y con el único deseo de volar. Tanto le gustó el calificativo que había pedido a su hermana menor que quería llevar siempre una cardelina con ella, y no tardó en hacerle un precioso broche con el pequeño pájaro en el centro.

Los padres de Lorianne, sin embargo, pensaban que esa forma de ser podría traerle problemas en un futuro, y un día poco antes de estrenar la veintena, la sentaron para informarla. Debía ser más recatada, comportarse como una señorita, y encontrar un buen marido para mantenerla. La única respuesta de Lorianne a todas sus peticiones fue arrugar más y más la nariz. Y fue entonces cuando su madre pronunció la palabra que había estado reservando para un final más dramático.

Amor.

No sentía deseo alguno de conocer a ningún hombre y sabía que enamorarse de alguien era algo imposible. Sus padres, un claro ejemplo de una pareja enamorada, eran capaces de alterar sus silencios por intercambios de palabras tan crueles como reales. Y no importaba en qué parte de la casa estuviese Lorianne, desde todos los recovecos podía oír cada discusión. Eran más felices cuando se pasaban horas sin verse, él en su pequeña biblioteca fumando su pipa y ella en la sala, casi siempre acompañada de alguna vecina mientras tomaban té, hacían punto y opinaban de forma poco amable sobre cualquier persona viva en la villa de Laor.

Lorianne no era una persona romántica, al menos enamorarse no le parecía algo necesario para ser feliz. Le bastaba con las novelas apasionadas guardadas en un pequeño cofre al lado de su cama. Las historias parecían tremendamente emocionantes, pero eran ficción, y en gran parte le hacían poner los ojos en blanco.

La tía Denise, la hermana de su madre, se había casado joven con un hombre que, tras varias semanas cortejándola, le pidió matrimonio y ella accedió. La tía Denise no estaba enamorada, pero sí se gustaban y entre los dos formaban un buen matrimonio.

Lorianne tenía veintitrés años recién cumplidos y su madre caminaba por los pasillos cada mañana lamentándose porque su primogénita acabaría siendo una solterona y que sería la rareza del pueblo. Mary Louise todavía no llegaba a los diecisiete y ya había escuchado que iba por el camino de su hermana mayor, pero la pequeña respondió que no quería saber nada de la compañía masculina, que era una distracción demasiado grande de su gran pasión: la pintura. El argumento casi hizo desmayar a su madre.

Lorianne había comenzado a pensar que la idea de su madre no era descabellada y todo vino porque, un día de calor mientras paseaba en el jardín de casa, escuchó a su madre en la cocina pronunciar unas palabras que llamaron su atención:

Casarse e irse de casa, a ver el mundo.

Pero los muchachos de Laor eran aburridos y sabía que jamás se casaría con ninguno. Había puesto los ojos en el hijo menor del mayor Carson, un muchacho silente y de buen ver, hasta que supo que ya estaba comprometido. El hijo mayor, Edgar Carson, se había ido a la ciudad como pupilo de su tío para instruirse en política, de modo que tampoco era una opción.

Por suerte para Lorianne (y la señora Mester), no tardó mucho más en aparecer lo que ambas buscaban.

La noticia de la llegada del señor Carlinier, un marqués respetado con un cargo importante en política, fue sin duda lo más inesperado y gratificante hasta la fecha. El pueblo entero se hizo eco de esta visita el primer día, y los chismes (algunos acertados y otros probablemente no) corrieron como la pólvora.

La siguiente semana fue, cuanto menos, curiosa y exhausta a partes iguales. El tránsito de las calles de la villa se había multiplicado y en mayor parte por la población femenina, que había acordado vestir lo mejor que poseían. Las caminatas, amenizadas mañana y tarde por el constante frufrú de los vestidos, se volvieron desesperadas y largas a medida que pasaban los días y el señor Carlinier no hacía acto de presencia. A Lorianne le dolían tanto los pies que ya no servía de nada mojarlos en agua con hielo por las noches, en la inútil búsqueda de sentir los dedos casi callosos.

El último día de aquella semana, las acompañaba el señor Mester, y pese a que su padre estaba de buen humor y generoso en cuanto a bromas, Lorianne estaba tan cansada que apenas le hacían gracia sus ocurrencias. Aún así, se mantuvo erguida y se forzó a caminar con un porte elegante, no obstante varios pensamientos desalentadores cruzaban su mente. Llegó a creer que el señor Carlinier ya se había ido del pueblo y nadie se había dado cuenta. Había una gran probabilidad de que estuviesen perdiendo el tiempo.

Y justo cuando pensaba compartir esa suposición con Mary Louise, la voz que solía usar su padre para las personas importantes la hizo volverse.

-¡Edgar Carson! ¿Aprovecha la mañana?

El mayor de los Carson sonrió y ambos se saludaron con un leve gesto.

-Así es. Por favor, permítame que le presente al señor Carlinier y al señor Allen. Él es el señor Mester, un buen amigo de mi padre. Su mujer y sus hijas, Lorianne y Mary Louise Mester.

Los caballeros saludaron con una inclinación de cabeza de lo más elegante, y Lorianne clavó la mirada en el más alto. Era un hombre atractivo, rondando la treintena, con una bonita mata de pelo ondulada y castaña. Su traje destacaba mucho más que el de sus acompañantes.

-¿Han terminado sus asuntos en Laor? -preguntó el señor Mester.

-Esta mañana mismo. Saldremos a la ciudad en un par de días.

-En ese caso, vengan a cenar esta noche si no tienen otro compromiso.

*****

Por supuesto, la casa se volvió un absoluto descontrol. La cocinera estaba hasta arriba de trabajo, así como las doncellas, buscando y planchando vestidos. La señora Mester corría por los pasillos tan absolutamente desesperada porque todo saliese bien que Lorianne comenzaba a impacientarse.

-Estás muy guapa -comentó Mary Louise entrando en el cuarto de su hermana.-¿Crees que le gustarás al señor Carlinier?

Lorianne no estaba del todo segura si quería gustarle o no. Pero viviría en la ciudad, y no la había pisado nunca. Tendría otra vida. Más libertad. ¿Cómo decir que no a todo eso?

Se encargó de ser totalmente encantadora nada más cruzaron el umbral de la casa. El comedor estaba más limpio y elegante que de costumbre, con un centenar de velas iluminando cada rincón. Lorianne notaba enrojecer cada vez que el señor Carlinier se dirigía a ella, sin embargo no se hizo ilusiones. Era un hombre afable que hablaba a todos por igual.

Fue en el momento de la despedida cuando el señor Carlinier se volvió hacia ella y le tomó la mano.

-Ha sido un placer, señorita Mester.

El contacto de tres intensos segundos sirvieron para estar en vela toda la noche.

Al día siguiente, caminando con Mary Louise, fue consciente de que era el blanco de todo tipo de miradas (envidiosas, curiosas, asombradas), y a pesar de que trataban de ser disimuladas, dejaron de serlo cuando el señor Carlinier se paró frente a ambas hermanas y entablaron una agradable conversación. Lorianne comprobó que todas las atenciones las recibía ella, a pesar de que también conversaba con Mary Louise, que terminó disculpándose para dejarles solos. El señor Carlinier preguntó si lo acompañaba mientras tanto, y Lorianne no lo pensó. Fue una charla agradable, incluso más interesante que cualquier conversación que haya tenido nunca. La miraba directamente, sonreía, preguntaba por su vida. Había sido un instante perfecto.

Fue lo más comentado al día siguiente y la señora Mester había entrado en casa canturreando que nunca había sido tan dichosa y que tenía unas hijas que sólo le daban alegrías. Y dicha alegría se incrementó todavía más esa tarde, cuando sin haberlo predicho, apareció el señor Carlinier por uno de los caminos que llevaba a la casa. Mary Louise fue quien lo vio a lo lejos por la ventana y había soltado un grito que alertó a su madre. Lorianne se vio arrastrada hasta su cuarto para que la cambiasen de arriba a abajo, y justo al bajar las escaleras, vio al señor Carlinier entrando en la biblioteca de su padre.

En la sala, su madre estaba al borde del colapso, y después de diez minutos escuchando sus peroratas, Lorianne decidió salir al aire libre para despejar las ideas. ¿Estaba bien lo que hacía? ¿Era realmente lo que deseaba?

Se volvió al escuchar pisadas y se detuvo mientras el señor Carlinier avanzaba sobre la fría hierba. Presa de una creciente inquietud, buscó con la mano el broche de su hermana y lo guardó entre los dedos. ¿Estaba a punto de cambiar su vida?

El caballero se detuvo frente a ella, con la cabeza alta.

-He pedido su mano a su padre. Me pareció que la opinión más importante debía dejarla para el final -aclaró la garganta y ver nerviosismo en alguien tan imponente, le inspiró ternura.-¿Se casaría conmigo?

Lorianne notó que le faltaba respiración, pero eso no la detuvo para contestar que sí con la cabeza, embriagada por una nueva sensación de tranquilidad.

-Sí.

*****

El señor Carlinier aumentó la estancia en Laor dado que la boda se celebraría en la iglesia del pueblo. Los vecinos ya comentaban que sería la boda más importante de la región en años, y nadie quería faltar al momento en que los dos se convirtiesen en marido y mujer.

El enlace fue a los dos días. Lorianne había llevado el vestido más nuevo que tenía, de seda y color crema. Y como una novia radiante atravesó el pasillo de la pequeña iglesia, con la mirada ya fija en su futuro. Lorianne saludaba, sin conseguir ver en realidad los rostro de las personas. Todo iba tan rápido que le costaba pararse a analizar lo que de verdad sucedía.

Era lo que quería, se repitió horas más tarde frente al carruaje que la llevaría a su nueva vida. Su nuevo esposo esperaba con su familia y ella fue a abrazar a su hermana.

-Ven a verme pronto.

-Lo haré. Escribe lo antes que puedas.

El señor Carlinier le ayudó a subir antes de dar la vuelta para entrar él y sentarse frente a ella, y una vez listo, le dio un golpecito al techo. El carruaje se puso en marcha y Lorianne se despidió de su familia con una sonrisa enorme que cruzaba todo su semblante. Ellos se hicieron más y más pequeños, sin dejar de mover las manos.

Miró a su marido, que observaba el horizonte con una leve sonrisa. Todavía no alcanzaba a creer que tuviese un título, que fuese a vivir en un hogar el triple de grande que su casa y con un caballero tan apuesto a su lado. Al fin notaba que sus alas se desplegaban tras ella y comenzaban a batir con ganas, ya listas para comenzar a volar. Y no se podía imaginar mejor compañero para el vuelo. Echó un vistazo a su pequeño monedero, donde llevaba el broche de la cardelina rubra y lo examinó con cariño. No estaba equivocada. Aquello era justo lo que quería.

Al menos eso pensaba hasta que conoció al señor Gisborne.

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