La cáscara

La cáscara

Luca Bia

10/01/2021

Uno se divierte al ver cómo se ajetrean, reproduciéndose sin parar y, si se cansa, uno puede contar las máculas del cristal. Las sórdidas manchas que lo delatan como un cristal humilde. Un vidrio empañado o sucio no es un cristal del todo. Incapaz de cumplir su función, afea a quienes lo miran con su mugre y su suciedad, denuncia la incuria de su dueño y el interés de aquellos que consideran que se es cristal solo mientras se sea traslúcido. Se convierte en costra, en piedra, en cobre con la alquimia de los días.

Lo mismo ocurre con los ojos de los viejos. Uno puede observarlos en plena libertad, mientras ellos mascullan intentando robar algo de luz a la ceguera. Ojos pálidos y lechosos que tapan el alma o, tal vez, son pálidos porque el alma se ha consumido tanto que ha dejado de brillar.

Uno se dedica a contar, cuenta los días, cuenta las manchas del cristal, cuenta las cabecitas que pasan debajo de la ventana y cuenta sus pecadillos. Sí, sus pecadillos. Uno los ve todos si sabe dónde y cuando mirar. Es fácil ver también la mugre que se acumula en la calle. Los barrenderos que no se bastan. Las cabecitas no saben que uno les sobrevuela, les observa como un ángel mugriento. No les juzga, no. Uno no tiene potestad ni facultades y se pregunta cómo puede el más mugriento de todos juzgar esas cabecitas que se afanan. Uno compadece y espera, pero nunca nadie mira hacia arriba. Y si miran, no ven a través del cristal. No tienen ojos ni tiempo para ver, la calle los engulle rápido, los empuja. Uno come con ellos en los bares de enfrente. Los ve en las terrazas de los bares, los ve engullir y sonreír, sonreír y engullir. Uno se compadece de la mayoría, que comen solos en mesas llenas y terrazas abarrotadas y uno se siente en compañía. Uno calienta una lata y la degusta junto a la ventana, y en todas las mesas son tres. Así ya nadie está solo.

Los empleaditos le entretienen a uno. Se distinguen del resto de cabecitas porque no se mueven al mismo ritmo continuo. Son bruscos y nerviosos, como notas que se caen de una partitura. Buscan recovecos, se concentran en esquinas y portales, se ocultan y apuran millones de cigarros en un parpadeo. Uno puede entenderlo, tienen miedo de que alguna cabecita les pare y les pregunte algo. Por eso se esconden. Las preguntas siempre son indiscretas, están hechas para hurgar. Las preguntas son cosa de dentistas. A uno no le gustan, pero no siempre se pueden evitar. A veces basta un portazo. Otras uno tiene que escuchar y encerrarse en otro sitio más profundo, sobre todo cuando las preguntas vienen acompañadas de sonrisas, de miradas limpias. De ternura y terror. Uno coge la bolsa de latas y cierra y puede volver a la ventana, a ver qué se ha perdido uno. Uno sabe que no hay nada gratis, ni la pena ni la solidaridad. Por unas latas uno tiene que mostrarse tan mísero como otros lo esperan ver. Uno accede porque tiene hambre y de eso nadie se esconde mucho rato.

De todas las cabecitas, los inquilinos son los que se mueven menos. Tienen sitios propios, sacralizados, pero siempre en disputa. Las cabecitas pasan sin verlos. Pero uno los mira. Pocos no hacen nada. Muchos ojean libro tras libro. Cada día uno nuevo. Remiendan ropa. Algunos incitan e injurian a las cabecitas. Alguna se para y les da dinero para que se callen. El dinero lo amansa todo. Solo las cabecitas más pequeñas son más dadas a verlos. Se paran en seco y entonces se estira de ellos y se los reprende. Se les enseña a discernir entre lo que es digno de ser visto y lo que no. Pocos ojos lo ven todo. Algunos inquilinos saben estas cosas y entonces, a veces, regalan globos a las cabecitas más pequeñas y las cabezotas cuando no pueden arrastrarlos, dan dinero y sonríen, agachan la cabeza y parece que tienen cosquillas.

Las otras ventanas suelen estar mudas. Uno las interroga, pero nunca contestan. Las tienen con bozales. Se abren furtivamente, como si cometieran un crimen. A uno no le importa demasiado, se instala en su ventana y sigue mirando. Uno mira sin esperar nada y atisba misterios increíbles. A veces, las cabecitas se descomponen, lloran, se paran en medio de las demás, arrancan a correr, se caen, se abrazan o suben y bajan perdidas, como nadadores en una piscina. Hay cabecitas de las que uno tiene contados todos los cabellos y no importa si un día tienen sombrero.

Las farolas, son algo así como relojes, alertan a las cabecitas de que llegan tarde a algún otro sitio. Uno lo sabe bien. Cuenta hasta la última cabecita irse y se asegura de que los inquilinos se recojan en sus pequeñas casas de cartón. Los empleaditos hace horas que no están fumando. Puede que hayan ido a por más cigarrillos, porque al día siguiente volverán a estar en el mismo sitio, fumando y fumando, uno tras otro. Muchas cabecitas también repetirán. Otras son únicas y uno las recuerda con nostalgia. Uno espera que la noche no sea muy larga, se acurruca. Las manchas del cristal amarillean. A veces, alguna cabecita recorre la calle furtivamente y pasan los camiones hambrientos.

Y ahora, uno atiende, con lagrimones amargos. Uno atiende a las cabecitas. Sabe que se afanan desde el amanecer, siempre lo hacen. Sabe que acuden para uno, para que uno no esté solo con uno. Para que uno no sea únicamente uno. Porque siempre vienen las cabecitas, porque ya se les intuye la cresta desde las esquinas, porque uno sabe que el sol siempre sale y con él asoman las cabecitas. Y uno se pregunta a uno mismo, si esto es así y siempre ha sido así, ¿por qué temer?

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