Comunidad emplazada

Comunidad emplazada

Natalia Salva

09/01/2021

Es sorprendente ver cómo las estructuras religiosas congregan a las personas. Tal vez porque la mayoría se encuentran rodeadas de plazas o grandes espacios destinados para los peatones y vendedores ambulantes, pero son como un bombillo que atrae polillas cada vez que se enciende. Similares son las instituciones educativas o los estadios, pese a que son menos propensos a crear comunidades en torno a ellos.

La parroquia El Divino Maestro, por ejemplo, es un lugar bastante pequeño, y es famoso por ser el destino de una familia de campesinos que va todos los fines de semana a vender flores y verduras. Parecen un pequeño sol que permite que mujeres y hombres se reúnan e interactúen entre ellos, de forma medianamente pacífica, para ver quién obtiene los mejores tomates o la mayor cantidad de huevos de gallina.

Gracias a esto, las personas se han ido conociendo. Saben quién es el que se lleva los bultos de papas, por lo que procuran llegar un poco antes para no quedarse con las sobras; quién es la mujer que siempre está dando recetas y enseñando a los demás a guardar de forma apropiada los alimentos; quién es la que se queja por los altos costos mientras procura escoger lo más grande y fresco; quién es… Se conocen, y a cada uno le han atribuido ciertas características y una forma de ser.

Por eso no fue raro que una vez decretado el confinamiento se extrañaran de no encontrarse con los mismos personajes de siempre. Hijos, nietos, tal vez sobrinos, empezaron a reemplazar a los adultos que tan bien conocían, aunque los nuevos no parecían interesados en saber del otro… Tal vez su excusa era que debían concentrarse en la lista que les encomendaban y no en averiguar la vida ajena. La plaza improvisada adquirió entonces cierto silencio, no solo por las bocas cubiertas, sino por el distanciamiento emocional que había entre sus merodeadores.

Con el tiempo los jóvenes fracasaron en su intento por aprender a mercar y fueron relegados a sus habitaciones. A ninguno pareció importarle mucho, y el pequeño episodio de relevos fue dejado como una anécdota divertida en la que sus protagonistas no sabían diferenciar una arracacha de una yuca. Sin embargo, la pequeña comunidad que volvía a consolidarse los fines de semana se dio cuenta de algo importante: entre ellos había una enfermera.

Era asidua, frecuentaba la parroquia hacía tres años y era precisa con su rutina. Varias veces le habían pedido que les aplicara una inyección o preguntado por las molestias físicas que sentían, pero nunca la habían visto como una amenaza para su salud. Ahora, algunos de ellos se preguntaban cómo debían actuar: ¿debían felicitarla por arriesgar su vida, por hacer su trabajo? Al no obtener respuestas muchos prefirieron cambiar su horario; otros se aseguraron de mantener la distancia o de usar doble mascarilla cuando sabían que ella estaría cerca.

Fue entonces que escuchando una conversación casual se dieron cuenta de que la enfermera sufría su profesión. Lo curioso es que no era el hecho de ir y arriesgar su salud —pues la mayoría de sus compañeros de trabajo se habían contagiado fuera de los hospitales—; el problema era que debido a eso su anterior pareja había roto con ella, y junto con él se habían ido, aparentemente, sus posibilidades de ser madre antes de los treinta y cinco años.

La comunidad reía y lloraba a partes iguales. Era difícil ver a una persona tan solitaria e inmersa en una tragicomedia como una amenaza. Algunos creían que sufría en vano: pensaban que tener hijos en tiempos de pandemia era casi una locura, o defendían que no había una edad idónea para procrear; otros lograban empatizar con sus deseos y la animaban a no rendirse. Inseminación artificial, adopción de niños y hasta adopción de gatos fueron las sugerencias que llegaron a darle.

El objetivo en sí no era buscar una solución. Lo que importaba era subirle el ánimo y, de una u otra manera, volver a tenerla en cuenta y hacerla parte de esa nueva normalidad o status quo que se empeñaban en crear de a poco. Entendían que eran un conjunto en constante cambio que fluctuaba según los intereses de cada uno, pero también sabían que ver caras conocidas con actitudes conocidas les generaba una tranquilidad que querían mantener. Y en eso se enfocaron: en mantenerse.

Parroquia El Divino Maestro. Medellín, Colombia.

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