Y no fue en París

Y no fue en París

Marisa Vilche

05/01/2021

Entraste al pequeño bar antes del aguacero y te ubicaste en un coqueto rincón cerca de la ventana. Te gustó esa vista de la calle antigua, de las casas recién pintadas y las macetas en los balcones. Sentías amor por ese pueblo excéntrico, que ostentaba una tozudez medieval, aún en este siglo. Sabías, desde tu asiento cómodo y cálido, que la lluvia estaba cerca; lo sabías por el aroma y el frescor que inundaban el aire cada vez que alguien abría la puerta para entrar o salir.

Leías, sí, pero cada tanto levantabas la vista por encima de tus anteojos para repasar sin reparo la vida afanosa que impregnaba mesas y pasillos. Sin disimulo, mirabas como todos se copiaban los torpes movimientos con que entraban buscando un cobijo innecesario, puesto que no llovía aún. Arrastraban de la calle el miedo a la amenaza ruidosa de las nubes y al ingresar sorprendían con un ánimo exaltado, como si se hubiesen salvado de algo horrible. Mirabas y sentías una embriagada alegría y una pacífica comodidad en el olor del café, del humo y del inminente aguacero que también se había colado. Tus ojos tras el vidrio se salpicaban con las gotas que comenzaban a caer mientras esperaban su silueta delgada, oculta en el azul de su impermeable. Estabas impaciente por contarle esos hechos de la vida entre dos lunes y porque revivieran juntos tus caminatas solitarias en el parque de los Tilos. Querías que supiera, qué tristemente tarde habías descubierto los apasionados ocasos de Chesterton; rojos, de fuego y encolerizados sobre el río. Un río que no era el mismo río que ya comenzaba a correr por esta calle desierta y desatada de agua.

De pronto, se abrió la puerta bruscamente y ahí estaba; cerrando su paraguas, dirigiéndose a tu encuentro; trayendo a la mesa la energía mansa de su alma, la sonrisa joven, la voz perfecta. Seguramente no le contarías; el tiempo mismo diluiría esos deseos en su carrera inexorable; el tiempo y la memoria que siempre hacían su trabajo irreparable. Y sin duda, sería el ahora, el del espacio detenido, el de los sentimientos en espera. Ese ahora, instante eterno entre los dos, con sus nuevas redes de palabras y de sombras; un ahora suspendido hechizándolo todo, jinete desbocado en su bridón de tiempo.

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