Mi último despegue.

Mi último despegue.

Javi Toscano

11/12/2020

Yo siempre he creído comprender la sensación que han debido  tener todos los astronautas la primera vez que vieron la tierra desde el espacio.

Ya que yo experimenté una sensación, supongo que similar, la primera vez que vi mi barrio desde el balcón de mi octavo piso de la avenida José Muñoz de Vargas.

Hacía un par de años que el hombre alcanzó la luna, yo contaba con algo menos de un lustro de vida y no más de medio metro de alzada el día que nos mudamos a mi barrio.Allí con mis cortas piernas colgando, aferrado a la baranda con ambas manos y apretando los carrillos a sendos barrotes para ver mejor, contemplaba atónito la inmensa alfombra verde de aquel mítico estadio del que a la postre sería el equipo de mis amores: “El Recre”.

A su derecha, la plaza “ yuston” que en realidad era Houston (ya se sabe que por aquella época el inglés no estaba muy arraigado y menos aún para unos pequeños onubenses, cuya pronunciación distaba mucho de  los canones establecidos) de la que nunca despegó ningún cohete, aunque si que alguna vez salíamos despedidos de la enorme “ resbalaera” que dominaba majestuosa el centro del pequeño parque que en dicha plaza se hallaba.

A su izquierda, un puzzle hecho de zonas verdes, caminos de tierra y baldosas formaban sin saberlo, nuestro particular polideportivo, el cual constaba de varios campos de fútbol irregulares en tamaño y forma, a elegir según los participantes, cada cual con sus particulares porterías  formadas por dos piedras, un árbol y una chaqueta arrugada e incluso pintadas en una de las paredes del estadio. En los cuales practicábamos toda clase de deportes y juegos según tocaba, pues en nuestras particulares «olimpiadas» todo estaba grafiado dependiendo de la estación del año en la que nos encontráramos.

Los días de partido del Recre, nuestro barrio se transformaba en una feria, se llenaba de tenderetes con banderas y demás artilugios, aparecían “los trileros” con sus artimañas para el engaño de los incautos, que llegábamos a conocer tras la observación prolongada durante nuestra infancia.

Yo soñaba con ser uno de esos futbolistas que nos firmaba en los cromos y pensaba que algún día  yo, podría llegar a ser  uno de esos abuelos sentados en el poyete a los que involuntariamente incordiábamos (y algunas veces con algo de maldad) y que a su vez  nos amenazaban con rajarnos la pelota si volvíamos a molestarles.

Pero hoy se que no va a ser posible, aquí me hallo, en el mismo balcón de antaño viendo un paisaje totalmente distinto:

Ya no hay estadio, se ha convertido en un aparcamiento, 

No queda nada de la antigua plaza Houston, ni se ven niños jugando, sólo quedo yo, triste y desolado,  esperando a que vengan a ejecutar la orden de desahucio.

Ésta maldita pandemia que nos ha asolado a todos, a unos más que a otros como ocurre siempre, ha tenido paradógicamenete un sentido positivo para mi, al estar confinado, he podido arañar unos meses al deshaucio y así poner en orden todos los pensamientos que andaban alborotados por mi cerebro. 

Todo ello, me ha llevado a acabar ésta historia de un modo similar a como comenzó, emulando un acontecimiento espacial, pero ahora en vez de recordar al Apolo 11, acabaré imitando el final del Challenger.

Hasta nunca.

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