LAS CALLECITAS DE MI BARRIO QUE VIO CRECER

LAS CALLECITAS DE MI BARRIO QUE VIO CRECER

No era un día cualquiera, era un día final del año donde todo se tornaba muy silencio y que a música de fondo se escuchaba los sonidos naturales de los pájaros y los truenos retumbantes, se sentía que los pájaros alertaban la lluvia, era el mes de Diciembre, tiempos de lluvia, donde todos los vecinos de las callecitas tenían que prepararse reparando sus techos, canales de drenaje de barro y lajas de piedras, todas unidas entre ellas.

Cada día que transcurría sentía que iba creciendo, ya no era un niño, sentía que de los lejos alguien me vigilaba alertamente y me decía ¡Amigo mío haz algo para cambiar y cambiemos la juventud! Era eternamente mi hermosa callecita donde pasaba tardes de descanso y meditando con ella sobre tristezas y emociones que son partes de la vida humana. Donde mamá me buscaba muy preocupada y con ira para recibir mi merecido por desobediente y dedicarme a conversar y jugar como todo adolescente. Sentía un presentimiento muy fuerte que venía desde la vuelta de la esquina, algo como un miedo anormal, era mi madre que se dirigía hacia a mí para juzgarme lo desobediente que era.

Como no recordar tardes de adrenalina, donde todos los amigos del barrio de la callecita llamada las Collanas, se reunían para realizar deportes y juegos populares, hablo desde los años 1994 al 2009, desde este año donde incipientemente se introducía la tecnología destruyendo irremediablemente los juegos y deportes de interacción. Hablo del deporte de fulbito callejero, donde mi balón era de cuero y duro como los cachos del toro, donde cada fin de deportiada revisaba mis uñas moradas. Donde la lluvia era nuestro refresco hidratante para calmar la sed. Donde también en pleno pluvial de algunas partes de la calles se jugaba a las canicas, al trompo, al chaty, al kiwi, al san miguel, al santo patrón, al agua y cemento, donde todo realmente era un momento de felicidad e interacción con la juventud y la niñez.

Y así todo era común en todos los barrios, donde hasta en las callecitas llegaba el monstruo, era la famosa tecnología que cada día, mes, años se aferraba a la niñez y juventud, quitándonos la socialización. Ahora en estos tiempos de la segunda década del siglo XXI veo a mi callecita abandonada, donde los vecinos caminan por mis callecitas solo para dirigirse a las bodegas y cantinas.

¡Hay! callecita cada día te veo más abandonada, la pandemia los alejo para siempre y temporalmente de las personas que quisiste. Donde las personas que velaban por tu belleza se fueron para siempre, pero recuerda que desde el cielo rezaran y designaran a alguien que lo haga como ellos.

Calle de la Juventud del barrio Collana-caserío Mita

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