Cuando los pájaros pían

Cuando los pájaros pían

Xena

17/11/2020

    Unos días atrás lo veíamos completamente imposible. Acostumbrados a los chinos llevando mascarillas por su continua contaminación , superpoblación y civismo ante los virus, no nos imaginábamos ni por asomo lo que estábamos a punto de vivir. Ese 14 de Marzo fue el inicio de nuestra particular película del Armagedón.

    ¿Cómo le explico a mi niño de 5 años lo que está pasando? Y peor aún, ¿cómo me organizo para hacerle esta vivencia, esta atípica guerra, lo más soportable posible? El subidón de adrenalina de los primeros días por el instinto de supervivencia me hacía estar activa las 24 horas del día, jugando, enseñando, explicando, ideando e imaginando. Resultaba hasta divertido, nunca había tenido tanta paciencia. Pero pasaba el tiempo, largo tiempo. En el que aprovechábamos a ver películas, a arreglar en la casa todo eso que no habíamos hecho antes por falta de tiempo, a relajarnos al máximo, incluso a hacer el ejercicio que no habíamos hecho nunca. Los relojes se habían parado, el mundo se había parado. Mirabas por la ventana y el sol parecía más brillante, veías las calles desiertas, más bellas que nunca, y las anhelaba cómo jamás lo había hecho anteriormente.

    Por las mañanas los pájaros piaban, y era la primera vez que escuchaba con atención su melodía, los animales salvajes bajaban de los bosques a la ciudad ante la desaparición de amenaza humana, no había tráfico, todo era silencio, los cielos estaban más claros y el aire era más puro.¡ Ahora es cuando quiero salir ! ¡ Pero cómo puede ser todo tan bonito con lo que está pasando !

   Llegó la primavera, una peculiar primavera, y las flores crecían con un esplendor majestuoso. ¿Será esto un aviso de la Naturaleza para que veamos lo que estamos haciendo al planeta? Puede ser, aunque no lo sé.

    Sufría por mi hijo, por su falta de aire puro y luz, preocupada todo el día por su salud, aunque realmente él lo llevaba mejor que yo.

    Nunca habíamos pasado tanto tiempo en la terraza, ni nosotros, ni los vecinos, seguramente nadie. Ahí es cuando empezamos a ver caras que no conocíamos, ¿será posible que en tantos años no conozca a las personas que viven en el de edificio de enfrente?. Todos los días a las ocho nos mirábamos y sonreíamos, con el tiempo hablábamos un rato para conocernos, y al final pasábamos horas como amigos. ¿Qué pasará cuando podamos salir?¿Seguirá todo igual? Teníamos un un dolor común, una misma enfermedad, lo que nos hacía empatizar los unos con los otros y necesitarnos más que nunca a pesar de no conocernos. Llorábamos por los sanitarios y temblábamos al oír las cifras de muertos diarios. Nos estábamos re-humanizando de nuevo.

    No sabíamos como ayudar y nos pusimos a coser mascarillas y a elaborar recetas caseras de gel hidro-alcohólico. Lo llevábamos a nuestros sanitarios que lo agradecían con lágrimas de emoción, dolor, agotamiento. ¿Qué más podíamos hacer? Aplaudirles. Aunque en mi opinión no era lo que necesitaban. Quizá había sido el momento de haberse rebelado contra el gobierno para que les proporcionaran la mano de obra y protección que necesitaban con mayor agilidad, pero parece ser que los ciudadanos también llegamos tarde, estamos acostumbrados a nuestra zona de confort y reaccionamos tarde ante la alarma y adversidad.

   Pasaban los días y mi hijo ya sabía leer y escribir. ¿Será posible que lo hayamos conseguido tan pronto?. Hicimos un espectacular castillo con cartones y rollos de cocina cuando jamás nos habíamos puesto juntos a construir nada. Nunca había visto a mi hijo más feliz. Ahí es cuando me di cuenta de las carencias que había tenido a causa de este estresante ritmo de vida que llevamos. 

   Cuando llegó el día de poder salir a la calle una hora el niño no quería, estaba bien en casa y tenía miedo.¡ Mi pobre !

   No íbamos a ir lejos, por el barrio y a casa. Además ahora teníamos más amigos que nunca, ¡los vecinos!

    Era hora de practicar el uso de mascarilla y lo hicimos lo más divertido que pudimos.

   Cuando salimos no nos atrevíamos ni a rozar las paredes, a pesar de que las calles nos parecían más bonitas que nunca, el miedo se había apoderado de nosotros, pero con el paso del tiempo fue mitigándose, quizá demasiado. Nos lo pasábamos muy bien esa hora en la que hablábamos a distancia con los vecinos, pero esta vez frente a frente, mientras los niños volvían a aprender a jugar de una nueva forma con los otros. Se acabaron las videoconferencias por Zoom con familia y amigos, y ahora podíamos verlos y tocarles el codo. Abuelos y nietos llorando, seres humanos emocionados.¿Cuánto perdurará esto? Pues poco… Llegó la ‘nueva normalidad’, y con ella la des-humanización. 

    La gente volvió al ritmo de vida anterior, pero con muchas más trabas, las cifras ya no nos afectaban en demasía, mirábamos nuestro bienestar de nuevo sin tener en cuenta a los demás, en definitiva. Volvimos a nuestro clásico egoísmo, en parte manipulados como siempre por los medios de comunicación cuya finalidad es desviar nuestra atención hacia donde los de arriba desean. 

    Era el momento de enfrentarse al nuevo escenario de crisis sanitaria + crisis económica + crisis social + crisis educativa + crisis política, etc.

     Las calles han dejado de ser tan bellas para la mayoría y han vuelto a su tono gris. Pero no para nosotros. Hemos aprendido la lección. A valorar lo que tenemos y a sentirnos arropados por nuestra nueva familia y hogar, los VECINOS y nuestro BARRIO. Barrio en el que actualmente seguimos pasando la mayor parte del tiempo. El virus sigue, y lo hará por mucho tiempo, pero los que permanecemos UNIDOS, lo venceremos a nuestra forma, y esa forma es el civismo, el amor, la ayuda a los que lo necesiten (que desgraciadamente son muchos), la paz interior y ante todo, la capacidad de adaptación a las nuevas situaciones que se nos presenten sin hundirnos ni compadecernos de nosotros mismos, porque SOMOS FUERTES, y tenemos que hacer fuertes a nuestros niños, ya que el futuro es para ellos.

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