Vicente y Mafalda

Vicente y Mafalda

Canni

17/11/2020

El viejo Vicente asoma la cabeza entre las rejas y mira la calle. Cada tanto pasa un automóvil y muy de vez en cuando alguna persona cargando una bolsa de compras, avanza con barbijo puesto y cruza el pasaje Timbúes hacía la avenida. Todos; autos y gente, van tan rápido que no le dan tiempo a pronunciar palabra.

Tras abrir las viejas cortinas de metal, algo gastadas por el óxido, el barrio quedaba a su disposición. Desde su casa, observaba prácticamente toda la cuadra. Tenía vista panorámica del supermercado chino y podía ver quien entraba y quien salía. 

En ocasiones necesitaba que la brisa le acaricie la cara y junto a su esposa Mafalda, solían colocar dos sillitas de las plegables en la vereda de su casa y le sacaban punta a sus lenguas filosas. «Mirá que gorda está la vecina», decía ella. «Esta pone cara de mosquita muerta, pero es de brava». O «este se hace el bueno pero le debe plata a todo el mundo», lanzaba él. 

Nadie se salvaba del comentario mordaz de aquel par. Ni los flacos ni los obesos. Ni las petisas ni las altas. Ni los buenos ni los malos. Nadie.

A modo de entretiempo, mientras destilaban veneno, ella cebaba mate, y él abría una bolsa con bizcochitos, que bien temprano había ido a buscar a la panadería. Así, los dos, cómplices en la malicia, gastaban el tiempo. Cuando por fin el sol perdía fuerza y comenzaba a ocultarse, plegaban cada uno su asiento y lo guardaban bajo la escalera.

La escena que se repetía cada vez, parecía anacrónica. En un barrio de ritmo cada vez más acelerado, en el que comenzaban a crecer edificios, aquellos dos, desobedientes al ruido y al caos de la hora pico, simplemente se sentaban bajo la sombra del balcón de la calle Timbúes, en el barrio de Boedo de la ciudad de Buenos Aires. Algunas décadas atrás podrían haber recitado el nombre de sus vecinos de memoria. Ahora pasaba gente que no conocían. De todos modos, recibirían un comentario dañino. 

En las cenas familiares a las que eran invitados cada vez con menos frecuencia, los viejos no perdían la ocasión de recordar aquella vez que junto a las papas fritas y a las aceitunas, sirvieron en un cuenco aquella comida para perro que parecía maní, y la flamante suegra, ingirió. «Está rico esto ¿Qué es?, preguntó». A veces ponían vino en el vaso de los niños, haciéndolo pasar por gaseosa. Las pequeñas víctimas escupían escandalosas y la vieja le guiñaba el ojo a su marido.

Los domingos después de ver fútbol en la televisión, ella se ponía su mejor vestido y el viejo, su traje gris. Cruzaban la plaza, entre mascotas, bicicletas y juegos, tomados de las manos y caminaban las mismas calles que habían recorrido juntos las últimos cuatro décadas. Al llegar a la iglesia del barrio, él cantaba los salmos con voz algo gangosa. Así hablaba el cura. Ella largaba una carcajada sin guardar decoro y le guiñaba un ojo.

Esa mañana, Vicente se levantó desanimado. Llegado el mediodía, seguía con el pijama puesto. Fue despacito hasta la ventana, arrastrando las pantuflas y desplegó las cortinas de metal. Al rato, preguntó: «¿Esa que pasa por la vereda de enfrente es doña Marta? Es más boluda que las palomas». Nadie le contestó. Nadie le guiñó el ojo. La noche anterior, un enfermero se había llevado en ambulancia a su esposa.  

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS