Hoy puede ser un gran día

Hoy puede ser un gran día

Lourdes

09/11/2020

Abro los ojos y me desperezo. Salto de la cama y miro a través de la ventana. Los primeros rayos de sol despuntan destellantes como espejos en el cielo. “Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así”, me digo, canturreando en la ducha a lo Joan Manuel Serrat. Y sonrío. Me enfundo aquellos vaqueros que me hacen culazo y con una buena dosis de optimismo y la autoestima por las nubes, tomo un café cortito, agarro el bolso y salgo de casa. Pero… un momento… Creo que se me olvida algo. ¡Claro: la mascarilla!. Que hoy sea el primer día de libertad después de varias semanas de encierro forzoso en el hogar por culpa de un virus que ha tenido en jaque a la población mundial no me exime de llevarla puesta. No me importa. Hasta me pinto los labios, aunque queden sepultados detrás de ese molesto trozo de tela. Me da igual.

Es domingo por la mañana y el barrio está más animado que de costumbre a estas horas. “¡Cómo se nota que el ocio nocturno está restringido!”, pienso. Aunque hay cosas que nunca cambian, como las parlanchinas cotorras que infestan la plaza y sus palmeras. O los contenedores de basura, abarrotados de porquería que me encuentro delante de la portería. “¡Menuda mierda!. No sé por qué no los entierran”. Pero, ¡claro!, este no es un barrio finolis, que digamos. Ya estoy acostumbrada a este collage de residuos urbanos que de tanto en tanto asoma por entre los cubos. El encanto del extrarradio…  Y así, entre estas cavilaciones, paso por la sucursal del banco abandonada, atiborrada de ocupas barbudos y desaliñados que me saludan. Más adelante, cruzando la calle, echo una ojeada a la farmacia y a la propaganda de una crema anticelulítica que exhibe en el escaparate. “¿Quizá debería comprármela?. Ya volveré. Total, hoy está cerrada”, decido.

Dejo atrás la plaza y encamino mis pasos por la avenida que conduce a la parada de metro más cercana. “Para hoy, para hoy. Llevo la suerte escrita en el cupón”, repite el vendedor tuerto, acariciando a su labrador. Casi inmediatamente después, saludo a la anciana menuda y pizpireta de la tienda de dietética que, según me comenta, va a ver a sus nietos. Ya me gustaría a mí a su edad tener ese brío, ya…

Giro a la izquierda y ahí está la boca del metro. “A ver cómo me lo encuentro…”, me digo. Pues para mi sorpresa, bastante bien. No hay mucha gente y todos procuramos guardar la distancia de seguridad. 

Dirijo la mirada hacia la parte superior del vagón y me fijo en un anuncio de los transportes metropolitanos de Barcelona con un mensaje que reza: “con responsabilidad y confianza”. De vez en cuando, una voz femenina se deja oír por megafonía para recordar el uso imperativo de la mascarilla en todo el recinto del metro. “Esta es mi parada”, afirmo, mientras leo las palabras Sagrada Familia en el cartel de fondo lila que adorna toda la estación. Calle Mallorca, Provenza o Cerdeña. ¿Qué salida tomaré?. En realidad, lo mismo da una que otra. El templo es tan imponente que se come el lugar enterito.

He quedado contigo, tras varias semanas de forzoso contacto virtual. “No me quejo. Algo es algo”, me convenzo. Pero estoy nerviosa y emocionada por volver a verte en persona, mientras me abro paso entre la multitud de viandantes que conforman el animado escenario que rodea la basílica. Delante de la fachada del nacimiento me veo amablemente solicitada para ejercer de fotógrafa a un pequeño grupo de turistas nipones. “¡No me lo puedo creer! ¿En serio? ¡Estos japoneses y su fascinación por Gaudí no cesa ni en tiempos de pandemia!”, me sorprendo, toda vez que adivino sus impecables sonrisas por detrás de las máscaras. Me voy despidiendo entre una marea de corteses agradecimientos cuando noto una mano en mi espalda. “Y a mí: ¿no me vas a hacer una foto, señorita?”, pregunta una voz que me es del todo familiar. Me doy la vuelta y ahí estás. Con esos rizos castaños que se arremolinan por encima de tu frente, saltando más arriba de esas pestañas largas y sedosas que adornan tu mirada azul cielo. Llevas una mascarilla oscura que se te ha escurrido hasta el borde de la nariz, dejando entrever una incipiente barba. Me miras y pasas tu mano por entre mi pelo, mientras susurras un cálido “¡cómo te he echado de menos!”. En un juego hipnótico, poso mi mano en tu boca y deslizo tu mascarilla barbilla abajo, mientras tú tiras de la goma de la mía y consigues soltarla. Mi boca palpita de gusto en busca de la tuya y cierro los ojos. El mundo entero se desvanece a mi alrededor en una espiral de sensaciones. Hasta que aquel carrusel se detiene abruptamente, a las órdenes de un municipal que nos amonesta severamente. “¿Qué, muchachos?. ¿Disfrutando del día, no?”, pregunta con retintín. “Por supuesto, agente. Por supuesto”, atino a contestar. Si es que, ya lo decía yo de buena mañana: “hoy puede ser un gran día”.

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