La tenue luz le hacía pensar con ingenio. Miraba al fondo y no veía nada. Humedecia la punta de la pluma en su boca y seguía escribiendo. Siempre lo recuerdo.
Sonaba el despertador y sin saberlo, sin entender un por qué, encontré una pequeña nota bajo mi almohada, comenzaría a leerla:
Hola Maite, este taller de escritura me consume; me tiene atrapado, quizá secuestrado. Pero no me importa, aunque no lo creas es lo que me hace amarte.
Levanté la cabeza y allí se encontraba humedeciendo su pluma.

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