El rey, acorralado e indefenso, se encaminaba con el paso lento y vacilante de un elefante herido hacia el rincón de la torre; para morir ahí. Traicionado por la ambición de su reina y abandonado por su ejército diezmado, encajaba impotente mis golpes precisos, que lo hacían retroceder una y otra vez.

Le interrogué una vez más con la mirada buscando su rendición, pero su terquedad y su vano orgullo le llevaron a prolongar la agonía inútilmente. Apenas un paso antes del mate, mi hermano mayor inclinó su regia figura ante mí y me felicitó con una mueca de mal disimulada frustración. El confinamiento me había convertido en un temible jugador de ajedrez.

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