Esta vez he tardado un poco más en encontrar un sitio abierto y acogedor, pero ya lo tengo. Por fin, de nuevo tengo una casa y puedo empezar otro ciclo de vida en ella. A ver si tengo algo más de suerte y me dura. La vida se vive mejor sin tener que dar tumbos de aquí para allá. De mudar y mudar. Pero éso sólo se aprende con el tiempo.

Al principio siempre hay unos días de tranquilidad. La casa todavía no te conoce y puedes ir a tu aire, pero ése es también el gran problema. Para ti todo es nuevo y te descontrolas. Y lo rompes todo, sin querer, pero lo rompes y no sabes recomponerlo. La casa se cae y tienes que volver a empezar aprendiendo de tus errores. Otra vez se acabaron casa y comida y de nuevo hay que salir a buscar. Sin mirar atrás.

Menos mal que aprendes, claro que sí. De no ser así, no podrías contarlo. Aprendes a ir más despacio, a ocultarte en los sitios más cotidianos, y a disfrazarte si hace falta. Casi parece que fuera un juego, pero es un juego peligroso, también para la casa. Además, las casas siempre van aprendiendo y te cierran puertas y ventanas. Y te ponen trampas y te persiguen y te hacen la vida cada día más difícil. Hasta encontrar casa va a ser más y más complicado, y ahora que ya se aproxima el verano, mucho peor.

Por eso ahora, cuando encuentro una casa nueva voy con más cuidado. Prefiero hacer poco ruido y quedarme quieto casi todo el día, tomando sólo lo que necesito para mi vida y dejando que la casa siga con la suya. Vive y deja vivir. Ese es mi lema.

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