Tan simple y tan sencillo como el Amor

Tan simple y tan sencillo como el Amor

Miguel Angel Toro

30/10/2018

Vivir en un pueblo con apenas cien habitantes no es fácil. Tal vez mis padres fueron felices aquí, pero hoy en día con tanta tecnología, con el Internet al alcance de nuestras manos, lo que queremos es huir hacia la gran ciudad. Y así fue, como casi todos los chicos de la comarca, al llegar al instituto, nos fuimos al colegio mayor, bueno no todos, mi vecina, por cuidar a sus padres se quedó.

Nuestro pueblo natal se despoblaba, envejecía y se auto destruía. Sin embargo yo y todos mis amigos nos fuimos a la capital, abandonando nuestras raíces. Por diferentes circunstancias, cada uno escogimos un camino diferente, y poco a poco nos distanciamos. En mi vida entraban y salían diferentes personas. Al principio eran amistades universitarias, luego camaradas de juerga y posteriormente compañeros de trabajo, pero ninguno de ellos, me demostraron ser verdaderos amigos. Mi vida parecía una montaña rusa, de la felicidad a la tristeza en un santiamén. Cuanto más subía, más bajaba y lo mismo estaba pletórico de alegría que completamente amargado. El estrés hacía mella en mí, al igual que a todos. Enganchados a las redes sociales, con miles de amigos digitales pero ninguno para llorar sobre sus hombros.

Comencé a reflexionar sobre mi futuro porque aunque lo tenía todo, no era lo que quería. Trabajo, dinero, casa, amigos, mujeres… pero todo me resultaba artificial, materialismo puro, -¿y esto es el progreso?- me dije mientras pensaba en mis padres. Ellos nunca salieron del pueblo y fueron felices. Cuando mi padre falleció, decidí visitar a mi madre. Hacía muchos años que no la veía. El trabajo, las reuniones, los viajes por negocios o placer, nunca busqué un hueco para ellos.

Aquel día llovía a mares, el cielo estaba completamente grisáceo y hacía un frío que helaba el alma. Mientras me acercaba, dejé atrás la gran autopista, me incorporé a una carretera comarcal y luego a un carril casi sin alcen. El liso asfalto se transformó en una superficie desquebrajada, y las señales y farolas, daban paso a pinos y encinas. El camino seseaba por la ladera de la montaña donde mi pueblo se hallaba escondido. Al verlo a lo lejos y toda la sierra al fondo, me embargó la nostalgia.

Al entrar, contemplé un pueblo desolada, con uno de sus calles completamente destrozadas por el tiempo, sumergiéndome en la tristeza.

Al ver a mi madre, contemplé como el sol se iluminaba en lo más alto del cielo. Me bajé del coche y la abracé fuertemente sollozando. Junto a ella, una mujer que no conocía. La saludé y me entregó una cesta de mimbre llena de dulces artesanales. Al mirar sus ojos verdes y su hermosa sonrisa, reconocí a mi vecina convertida en una mujer preciosa. Un escalofrío recorrió todo mi ser, y descubrí en aquel instante que la felicidad está en la sencillez de las cosas. Donde esté el amor, está la felicidad y decidí quedarme a vivir en mi pueblo e intentar reconstruirlo.

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