La oportunidad surgió cuando las monjas organizaron una excursión a la playa. Todos aquellos residentes a los que su estado físico se lo permitiera podían acudir si lo deseaban. Mi hermana y yo nos apuntamos los primeros. Eso fue hace una semana

La madre Carmen, la ecónoma, nos llamó a su despacho al día siguiente. A los dos. Nos recibió con mucha formalidad y la cara muy seria. No debía hacerle gracia que Isabel saliera de la Residencia. Ochenta y dos años y un cáncer terminal. Pero lo cierto es que, aparte de la necesidad de tomar calmantes cada poco tiempo, mi hermana parecía estar sorprendentemente bien.

La madre Carmen es la más joven de la congregación. Apenas pasa de los sesenta y era ella quien nos acompañaría en la excursión. Le preguntó a Isabel como se encontraba y a mí me hizo prometerle que no la dejaría sola ni un momento mientras estuviéramos fuera de la casa. Le contesté que nunca lo hacía, desde que estaba enferma, ni tampoco antes de ingresar en la Residencia.

Quiero mucho a mi hermana. No hace falta que nadie me recuerde mi obligación de cuidar de ella. Siempre lo he hecho, y lo mejor que he podido. Yo tenía cinco años cuando nació Isabel y recuerdo cómo me sorprendió la expresión de su cara, redonda como una torta de harina. Desde el principio supe que no era tan inteligente como los demás y procuré ayudarla a caminar o a expresarse. Aprendí en cierto modo a ver el mundo por sus ojos, a sentir lo que ella sentía. Han pasado muchos años y aún conservo esa capacidad. Por eso sé que Isabel sufre demasiado, aunque no lo aparente. La madre Carmen no puede percibirlo como yo.

Soy lo único que le queda a Isabel y ahora que ya soy tan viejo, ella es también lo único que me queda a mí. Nuestros padres murieron hace mucho. Eran muy católicos, muy estrictos. Nunca nos atrevimos a llevarles la contraria en nada. Mi hermana no tenía siquiera la capacidad de hacerlo y a mí me faltaba iniciativa. Me educaron en la idea de que mi misión en la vida era cuidar de ella, prolongar el amor de los padres por su hija cuando ellos no estuvieran. La niña que tanto esperaron y que fue, como decían, su cruz, el castigo de Dios por algún pecado del que no eran conscientes. Me quitaron de la cabeza la idea de casarme, de tener mi propia familia, y yo no me atreví a contradecirles. Nunca me dejaron ver desnuda a Isabel. Cuando fallecieron, primero mi padre y mi madre sólo unos meses después, seguí viviendo y actuando como si ellos aún estuvieran con Isabel y conmigo. Yo jamás entraba en el cuarto de mi hermana sin pedir permiso. Ella nunca me llamaba sin estar decente. Trabajé mucho en el campo, para mantenernos a los dos, y sólo hace un par de años, cuando comprendí que no podía siquiera vigilar a los aparceros o limpiar la casa, solicité nuestro ingreso en la Residencia.

Esperamos la excursión con impaciencia. Esta mañana, muy temprano, subimos todos en un autocar reluciente y emprendimos el viaje. Éramos cuarenta y cinco en total. Según nos dijeron, íbamos al mar, cerca de Llanes, en Asturias. Yo tenía un recuerdo lejano de una vez en que, de niños, estuvimos allí con nuestros padres. Nos pareció precioso. Cuando llegamos, hace unas horas, el mar estaba calmado y el cielo limpio y azul. Apenas soplaba el viento y todos nos quedamos escuchando a las gaviotas. Algunos incluso se atrevieron a mojarse los pies y caminar descalzos por la arena.

Comimos en un chiringuito, junto a la playa. Ya estaban avisados y se portaron muy bien con nosotros. Nos prepararon una comida especial, distinta de la habitual para los veraneantes que estarán aquí en poco tiempo, cuando la estación ya haya avanzado lo suficiente. Las camareras eran dos chicas muy guapas, muy jóvenes, las hijas de uno de los dueños. Parecían ángeles sirviendo las mesas como si flotaran entre ellas, riendo y haciendo bromas con todos nosotros.

Aprovechamos para escabullirnos un momento en el que alguien llamó la atención sobre un barco en el horizonte y todos se empeñaron en luchar contra sus problemas de visión y averiguar de qué se trataba. Mientras estaban distraídos tomé la mano de Isabel y, sin hacer ruido, desaparecimos detrás de unas dunas.

A ella le pareció graciosa la forma en la que habíamos escapado y me costó conseguir que no hablara ni se riera hasta que estuvimos lejos. Me latía fuerte el corazón. Tuvimos suerte y nadie se dio cuenta de nada. Caminamos bastante tiempo, primero atravesando un bosquecillo, y luego por la linde entre dos prados, rodeados de vacas pardas que mugían suavemente y pacían con sosiego, y ni siquiera nos miraban cuando pasábamos junto a ellas.

Luego desembocamos en una pequeña cala. El sol estaba ya bastante bajo pero me pareció prudente esperar a que se hiciera de noche. Nos acurrucamos en medio de un campo de helechos y estuvimos mucho tiempo hablando muy quedo, escuchando el rumor del mar y de la brisa lenta moldeando la hierba a nuestro lado, hasta que apenas hubo luz. Nadie dio con nuestro rastro. En una ocasión me pareció oír lejanas voces de alarma, algún grito sofocado por la distancia, pero no nos descubrieron.

Finalmente nos atrevimos a abandonar nuestro escondite. Nos acercamos a la orilla y nos despedimos, con lágrimas en los ojos y sin embargo alegres, porque Isabel ya no sufriría más y yo no tendría que continuar viviendo sin ella. Nos quitamos toda la ropa y la dejamos sobre unas rocas, fuera del alcance de la marea alta. Serviría para que supieran qué nos había pasado. Después entramos en el mar con un escalofrío, cogidos de la mano.

Mientras nos envolvían las olas nos miramos emocionados: nunca nos habíamos visto desnudos, nunca habíamos desobedecido a nuestros padres. Era tarde, hacía tiempo que había oscurecido, y ya nadie nos buscaría antes de que amaneciera.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

Crítica del jurado

I. Qué difícil es salir airoso en una historia como esta. Y qué airoso sale el autor, después de todo. Conseguir que ese final tan dramático resulte el adecuado solo se consigue con talento literario.

II. Un tierno relato sobre dos personajes rebeldes, que acaban encontrando un modo digno de acabar juntos, cuando la vida ya no da más de sí para ambos. Es una bella historia y está perfectamente narrada, merecedora de un lugar destacable en nuestro libro.

OPINIONES Y COMENTARIOS