I

Durante unos instantes, en medio del silencio y la oscuridad, trató de recordar dónde estaba o al menos qué había sucedido.

—Quédate quieta, si te mueves o intentas escapar, te golpearé tan fuerte que no te quedarán huesos sanos —le advirtió una voz que le resultaba familiar.

El miedo se apoderó de ella, quería salir corriendo, pero el temor era mayor y obedeció. Además, aún no veía nada, no sabría a dónde ir.

Poco a poco, la habitación se fue iluminando, un agradable aroma a café hizo que aspirara profundamente, una melodía suave sonaba como a la distancia. Sintió que su cuerpo se relajaba, había obedecido y lo que observaba no era amenazante, hasta podría asegurar que era su propia casa. No obstante, esa tranquilidad no duró mucho tiempo y de nada le sirvió ser sumisa.

De pronto, un golpe seco la sorprendió, una figura masculina surgió de la nada. Sintió como el metal de un anillo le rasgaba la carne, los puños cerrados impactaban una y otra vez en su rostro, la lluvia de golpes no amainaba. Luego se vio como una muñeca arrojada brutalmente contra el espejo de la entrada de casa, algunos cristales saltaron por los aires, otros se incrustaron en su piel. La sangre caía por sus mejillas, seguía un recorrido continuo por su cuerpo, o se desviaba siguiendo un sendero hasta la comisura de sus labios. Sentía su sabor, sentía ardor y dolor, pero especialmente, sentía terror. Las palabras no salían de su boca, quería gritar que parase pero las cuerdas vocales no le respondían. Miró de refilón hacia el espejo hecho añicos, las imágenes que le devolvían los fragmentos que aún quedaban fijos a la pared mostraban unas facciones amoratadas y deformadas por la hinchazón.

—¿Por qué me haces esto?, ¡por favor, para! —al fin pudo gritar.

—¡Calla desgraciada! No abras la boca, ya me cuesta muchísimo aguantarte callada —fue la única respuesta que recibió, mientras no dejaba de recibir más golpes.

Ella, en su mente no podía reconocerse como él, como el hombre que en algún momento de su vida había repartido palizas por los motivos más insignificantes. Todo lo que veía y sentía, era su dolor como mujer maltratada. Ahora, él se veía como una mujer y experimentaba en sus propias carnes los golpes que propinara a cada una de sus anteriores parejas, en particular, a la desesperada joven que escapó de milagro a su furia.

El justiciero del karma estaba satisfecho, otro infractor que se iba con sus expectativas un tanto cambiadas. En vez de libertad para seguir haciendo daño, reviviría, en un ciclo infinito, un momento concreto de una mujer golpeada. No tenía que ver en persona sus reacciones físicas, estaba seguro que estaría hecho un ovillo en algún rincón de su casa. Sufriría todo lo que sus ansias de vivir le permitieran, hasta que se quitara la vida. La policía lo descubriría en la autopsia, sabría que la manipulación de su implante de alejamiento lo había vuelto loco. Y todo era responsabilidad exclusiva del delincuente. Si esa clase de personas no acudiera a él para que les quitara el bloqueo policial hacia sus víctimas nada de esto pasaría. Todavía recordaba la chulería con que había llegado a pedir sus servicios:

—¿Pedro Almada? —preguntó un hombre muy joven por el intercomunicador de la puerta de la casa.

—Buenos días, sí, soy yo. ¿Qué desea? —respondió Pedro, aunque ya sabía quién era y para qué venía el sujeto que esperaba en la entrada.

Hemos quedado esta mañana. Soy el Javi, vamos, Javier.

—Pase —pronunció fríamente mientras le abría puerta.

—Como ya sabe, quiero quitarme la mierda que me pusieron en detención.

—Debo recordarle que si lo descubren, el próximo paso es un borrado total de los recuerdos referidos a sus anteriores relaciones —le advirtió el arquitecto de recuerdos al impaciente muchacho.

—Ya, está todo entendido, no tengo duda ni miedo. Solo hágalo. Aquí tengo el dinero. Así que no perdamos más el tiempo…

No perdieron el tiempo, por eso ahora, ya pasadas unas tres horas, el maltratador se ha convertido en maltratada.

Hoy había sido un día bastante provechoso, ya había terminado con sus tareas pendientes y podía estudiar esas imágenes tan interesantes que vio por casualidad entre los recuerdos del último cliente. Era una vivencia reciente, seguro que sería una de sus visitas obligatorias a un educador.

Los educadores eran personas respetables en la sociedad y el maltratador estaba en una de sus sesiones de buen comportamiento con uno de ellos. En un momento dado, el muchacho se quedó solo y comenzó a curiosear entre los papeles que asomaban por debajo de unas simples tapas grises, parecían hojas escritas con una caligrafía casi artística. En esa época era extraño ver documentos impresos, más aún textos manuscritos. Allí vio parte de algo que no entendió y en lo que nunca reparó, quizás porque tuvo que cerrar la carpeta y acomodar rápidamente todo para no ser descubierto por su consejero. Lo cierto es que acababa de ver un plan para acabar con los ancianos de gran parte del planeta, al menos de los habitantes de países con adelantos tecnológicos punteros. El motivo de tener todo en papel era no dejar rastros digitales de ninguna clase, pero su descuido al dejarlos semivisibles, fue por un avatar del destino. Ahora, El justiciero del karma los estaba examinando por tercera vez y sabía de qué se trataba. El muchacho con una mirada rápida a los folios no tuvo tiempo de leer, pero desde el control de memorias, este secuestrador de recuerdos podía tener acceso a cada palabra de ese plan de exterminio.

—¡Joder! ¡Qué cabrones! —exclamó.

Estaba seguro de que todo esto estaba relacionado con el movimiento que unos años antes promovía una votación para quitar la mayor parte de las ayudas públicas a los ancianos y que defendía incentivos para beneficiar solo a aquellos que no hubieran descuidado la natalidad. Todavía recordaba sus consignas, en particular cuando aseguraban que cualquier votación que llegara a un consenso era democrática y que no hacía falta tener un mínimo de votantes. De allí en más, solo era cuestión de esperar los resultados. Ellos estaban seguros de ganar porque los ancianos en su gran mayoría no votaban, bien porque no podían físicamente, o por incapacidad mental. Afortunadamente, desde el gobierno no dejaron prosperar esas ideas. Pero por lo visto esto era peor, por un lado atentar contra la existencia misma y por el otro ya no se trataba solo de un país, era a escala internacional.

—¿Y ahora qué hago? —Sin duda, se le presentaba una disyuntiva, tenía que hacer llegar a la policía esta información. Aunque no confiaba en su eficacia, era seguro que tendrían más herramientas que él para detener a esas personas.

II

Eva Serrano vivía en dos realidades, su pasado y su presente estaban en esa doble realidad. Trabajaba en la Unidad de Suicidios porque arrastraba la culpa por la muerte de su hermana. Eran gemelas, dos gotas de agua por fuera, dos mundos distintos por dentro. La detective siempre estuvo enamorada en secreto de su cuñado y él sentía lo mismo. Lejos de ocultar su atracción por ella se lo recordaba en cada una de sus charlas. Al final dejaron esa amistad, ella no podía admitir que el matrimonio de su hermana corriera peligro por su cercanía. Sin embargo, lejos de mejorar la situación, Fabio comenzó a hundirse en una depresión que acabaría en divorcio. Pasaron los meses y Mar no podía superar su separación, no soportó la ruptura y se suicidó.

Desde ese día, Eva sentía el inaguantable peso de la culpa, ella era el motivo primordial del dolor de su hermana. No podía seguir allí y se mudó a Barcelona, no necesitaba que las calles y los atardeceres de su ciudad le recordaran nada. Sus memorias ya eran demasiado vívidas y opresoras.

En su nuevo puesto de trabajo tuvo la oportunidad de especializarse en la Unidad de Suicidios, en particular los inducidos por manipuladores neuronales.

Habían transcurrido más de 10 años desde entonces, hoy podría gozar del olvido selectivo o tener una copia perfecta de él. A su hermana le habría ayudado a pasar su duelo, pero ella prefería la soledad y desde luego, de querer a alguien en su vida, sería al ser humano original, amaba la imperfección que los diferenciaba de las máquinas. Necesitaba sentirse libre de culpas, pero en su soledad pasaba los días atrapada en sus pensamientos.

En particular, dos fechas hacían que los recuerdos se intensificaran, sentía que la angustia le oprimía el pecho y le llenaba el rostro de lágrimas.

Uno de esos días era el 15 de agosto, el aniversario de la muerte de Mar. Como cada año, fue al templo para iniciar la ceremonia de las velas y allí lo vio. Al principio no le dio mucha importancia, supuso que aunque el hombre que había visto era muy parecido a Fabio, no era posible. La verdad, viviendo a tantos kilómetros de distancia, ¿qué haría allí? Además, ella ya no formaba parte de sus recuerdos. Sabía que a veces, cuando una persona se borraba la memoria podía conservar ciertos hábitos, como conmemorar algunos aniversarios. Además, si lo pensaba mejor, no solo podía darse con la muerte de seres queridos, sino que también podía desencadenarse por la culpa. Cuando el dolor por la pérdida era tan fuerte, solía aflorar la necesidad de ir, el día señalado, al Templo de las Velas. Allí no había imágenes, justamente porque muchos de los asistentes habían borrado el recuerdo de esa persona fallecida. Y aunque no necesariamente quienes acudían ignoraban a quien honraban, el lugar también era conocido como el Templo de los Afectos Olvidados. Primero pensó que no era él, estaba algo distinto, pero también debía tener en cuenta que habían pasado 10 años.

—De todas maneras, si eres tú, a pesar de todo lo que te he querido, fue lo mejor que pudiste hacer— le dijo, casi imperceptiblemente, a la figura que se alejaba sin saber que ella lo seguía con la mirada.

El otro día especial era el 22 de septiembre. Una y otra vez, revivía el día del adiós definitivo. En vísperas de borrar todo recuerdo, Fabio le pidió que se dieran otra oportunidad. Él la buscó, aunque recibiera el mismo rechazo que de costumbre, hasta ese sábado en que quedaron en una cafetería del centro. Era un sitio muy bonito que nunca habían visitado. Y allí, los dos sentados, guardando una distancia que se haría infinita, se dijeron sus últimas palabras conscientes de lo que sentían el uno por el otro.

—Te quiero, siempre te he querido y tú también me quieres —dijo, con mirada suplicante, ese hombre que tanto la deseaba.

—No insistas, si antes no podía dejarme llevar por mis sentimientos pensando en el dolor que le causaría a mi hermana, hoy me lo impide el respeto a su memoria —le respondió con los ojos vidriosos.

—No vivas más en la culpa. Si me dejas partir, tengo pensado hacerme un borrado de memoria. No puedo seguir así, las dos me estáis matando de una u otra manera.

—Si crees que es lo mejor, no puedo hacer nada por impedírtelo. —Ella se moría de ganas por decirle cuánto lo deseaba, cómo cada noche y cada día no podía evitar acabar pensando en él y en lo distinto que todo hubiera sido si su hermana no se hubiera enamorado del mismo hombre. Pero sentía que debía dejarlo partir.

—¿De verdad, eso es lo único que puedes decir? Parece que nunca te haya interesado, hablas con una frialdad que me resulta insoportable. —En ese instante la vio como un ser insensible. Había perdido años, enamorado de alguien que no sentía ni por asomo algo similar por él.

—No es eso, de verdad. Pero no puedo…

—Nunca más nuestras miradas se reconocerán mutuamente —susurró sin fuerzas, un hombre con el corazón destrozado. Dejó dinero sobre la mesa, se levantó y se fue sin esperar respuesta alguna.

Ella también estaba destrozada, en cada uno de los fríos saludos o despedidas, se escondía el fuego de su pasión por él, por ese amor imposible. Pero no dijo nada, las palabras no acudieron a su boca, dejando ese instante grabado a fuego.

A pesar de ello, la vida se reiniciaba cada mañana y Eva regresaba al trabajo, a sus días persiguiendo delincuentes, mientras inconscientemente esperaba volver a sus noches para comenzar un nuevo ciclo de masoquismo emocional. El caso en el que estaba trabajando era importante, aunque las presas de este manipulador en serie no hubieran demostrado el mismo respeto por sus propias víctimas. En realidad, la opinión pública estaba a favor del Justiciero del karma, como le llamaban a este hombre que ya contaba con numerosos muertos en su haber. Todos compartían un patrón, habían destruido las barreras que les impedían seguir maltratando o acosando a personas inocentes e indefensas.

Sipnosis

Otra vez volverán a cruzar sus caminos, casi como dos desconocidos. Pero hay algo más importante que la historia entre dos personas, está en juego el futuro de millones de seres desvalidos. Y ese destino pende de sus manos, de su esfuerzo conjunto por parar la conspiración.

En 2040, la Tierra ya no es conocida como el planeta azul, quién lo viera desde el espacio vería predominar el blanco y el verde. En una lucha desesperada por mantener la temperatura estable, el blanco es color obligado en todas las estructuras que puedan repeler los rayos solares, la energía solar está regulada y repoblar el mundo de plantas es otra prioridad. El agua potable escasea y los alimentos disponibles son vegetales, insectos y otros pequeños animales. El mundo, como siempre, está dividido en países con grandes adelantos tecnológicos y otros privados de ellos. Los más avanzados tienen una población de ancianos elevada, que consume mucha energía para mantener su calidad de vida, y muy pocos jóvenes, como consecuencia de los movimientos antinatalistas de las décadas precedentes. En medio de este panorama, surge una corriente que busca la caducidad programada de la vida humana y para ello se valdrán de las tecnologías disponibles.

Investigando un caso de suicidios en serie, la detective Eva Serrano revivirá una lucha interna por no sucumbir ante un antiguo amor cuando tenga que colaborar con un inesperado ayudante. Ellos no lo saben, pero el hombre al que buscan les revelará lo que descubrió en una de sus víctimas, un plan a gran escala para acabar con los ancianos que dependen del NSS (New Synaptic System), es decir, la mayor parte de la población de Europa, Estados Unidos y Canadá.

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