Me llamo Francisco, aunque por lo que a mí respecta podría llamarme Antonio o Miguel o Juan Luis.

Nací hace algo más de ochenta años, en noviembre de 1929, en un pueblecito de la costa granadina, y hace unos tres o cuatro años que padezco, perdón, que me diagnosticaron ‘La Enfermedad’, el maldito vacío, la oscuridad intermitente: Alzheimer. A grandes rasgos, esto quiere decir que tan pronto estoy hablando con mi nieto mayor acerca de una canción que oí el otro día en la radio, una pieza nostálgica de un jovenzuelo gijonés llamado Nacho de la Vega -o algo así-, como vuelvo a aquellos días del verano de 1936 en que corría por caminos rocosos a lo largo del litoral andaluz, así que… Pero ¡cómo soy! Esta cabeza mía, esta testa inconsistente; tranquilos, no es que se me haya olvidado que ya me he presentado -que bien podría ser el caso-. No, es que acabo de caer en la cuenta de lo incierta que puede resultar mi afirmación de que puedo hablar acerca de cierta canción más o menos actual. De hecho, más que inciertas, mis palabras son dudosas: ¿acaso puedo yo mismo estar seguro de haber mantenido esa conversación a que me he referido con mi nieto, no sería acaso mi hijo, o incluso un enfermero al que confundí por obra y gracia de esta degeneración neuronal? Es más, dada la pasmosa facilidad con la que soy capaz de saltar de una década a otra, quién se atreve a poner la mano en el fuego por mí cuando digo que oí, por vez primera, cierta canción ‘el otro día’. Yo no.

Hay tanto ruido aquí dentro…, palabras y más palabras golpeándose entre ellas, luchando por conseguir un lugar privilegiado en esta loca cabeza mía que las convierta en necesarias, o precisas simplemente, tal vez adecuadas… ¿justas? Tan poco importa, la verdad.

Recuerdo, o creo recordar; podría tratarse de recuerdos inventados, es decir, fruto exclusivo de mi imaginación o, peor aún, de la demencia que me asola o me tiene cautivo tras haberme conquistado; todo nacido de la capacidad inventiva que me otorga esta maldita enfermedad. ¡Ah! Como iba diciendo, recuerdo que cuando no era más que un crío de diez o doce años, mi madre tuvo unas fiebres tremendas que la dejaron postrada en la cama durante varios meses; fueron días difíciles para todos, especialmente para mi padre, quien, después de pasarse todo el día trabajando en el campo, se encontraba con un montón de tareas pendientes al llegar a casa. Yo era el mayor de sus hijos; tenía -y tengo, si no me falla la memoria y no se me han muerto aún y lo he olvidado- dos hermanas gemelas, que son tres años más jóvenes que yo -quizá debiera decir que son tres años menos viejas, dada nuestra edad, la de ellas y la mía- y también estaba el renacuajo, el benjamín de la familia, Antonio, que por aquel entonces contaba a penas dos añitos. Yo intentaba continuamente ayudar a mi padre en los quehaceres domésticos, pero rara vez me permitía que le echase un cable; «debes estudiar -me decía- ese es tu único cometido, estudiar y llegar a ser un hombre de provecho. Así es como nos ayudarás a tus hermanos, a tu madre y a mí».

Vivíamos en una pequeña edificación que no me atrevería a catalogar como casa. Era más bien una especie de barracón hecho con grandes bloques de… supongo que se trataría de algún tipo de hormigón -nunca he entendido mucho sobre materiales de construcción-; las paredes estaban encaladas, había un gran salón donde dormíamos todos los hermanos juntos, en colchones -si es que así podíamos llamar a aquellas sábanas viejas rellenas de plumas de gaviota, algodón y retales de jerséis desgarrados- que durante el día apilábamos tras una cortina de macarrones. Había una pequeña cocina a un lado, junto a la puerta de la calle, que era de madera de poca calidad y siempre chirriaba al abrirla o cerrarla; al otro lado del salón había dos puertas más. Bueno, en realidad sólo había una, que daba a una pequeña habitación en la que dormían mis padres; en el hueco que debería haber ocupado la otra puerta sólo había eso, un hueco que llevaba a una especie de patio trasero donde mi padre había construido un rudimentario cuarto de baño. Todo un lujo para la época, incluso disponíamos de un curioso sistema de almacenado de agua con el que aprovechar toda la que caía cuando llovía, y disponer así, de cuando en cuando, de una rústica ducha.

Mi padre era un gran hombre, un auténtico genio, siempre ideando mecanismos con los que facilitarnos la vida o con que mejorar el rendimiento de su trabajo; cachivaches de todo tipo, como una preciosa lámpara hecha con botellas de cerveza que reflejaban la luz aumentando su intensidad, o una especie de zoleta o escavillo con distintas láminas que uno podía regular en función del tamaño del terreno en que estaba trabajando. Supongo que, de haber podido estudiar, habría llegado lejos. Habría sido ingeniero, seguramente, esas cosas se le daban bien…, los números, los mecanismo, las herramientas. Algunas noches le oía llorar, él salía de su habitación, donde mi enferma madre deliraba dando gritos y maldiciendo, y salía a la calle, donde se sentaba, con la cabeza entre las manos (esas manos grandes, fuertes, abiertas, llenas de llagas sucias), los codos apoyados sobre sus rodillas -supongo todo esto, aunque tal vez así fuese y, en el fondo, así creo haberle visto en alguna ocasión- y lloraba intentando no hacer mucho ruido, ahogando los gemidos que suelen acompañar a las lágrimas que nacen de la desolación y la pérdida de la esperanza. A pesar de sus esfuerzos algunas noches yo le oía, no podía evitarlo. Entonces empezaba a temblar, me ponía muy nervioso pensando que si mi padre, que era el hombre más fuerte que conocía, caía, todos nosotros, todo, absolutamente todo, se iría a garete. Al final no podía hacer nada por eludir mi propio llanto; así que ahí estábamos los dos, mi padre y yo, llorando, separados por un muro incapaz de proteger al uno del contagio de la desazón del otro.

Para cuando mi madre por fin se recuperó, todo se había estropeado. Nada volvió a ser igual, ni tan siquiera ella misma; algo se había roto en su interior durante aquellos meses y, ni las hábiles manos de mi padre, ni sus cuidados, sus besos, sus caricias, sus palabras llenas de amor y calor, pudieron arreglarlo. Había visto la muerte de cerca, puede que incluso llegase a darse un paseo por el otro lado, ni idea; el caso es que no volvió a ser la misma mujer que todos conocíamos, dulce y cariñosa, siempre atenta a cada detalle, abnegada, dispuesta en todo momento a lo que fuese necesario para arrancarle una sonrisa a cualquiera de sus hijos, a su marido o a todas y cada una de las personas que tenían la suerte de cruzarse en su vida.

Después de aquellas malditas fiebres… ¿Os he hablado ya de las fiebres? Sí, creo que sí, aunque no estoy del todo seguro; tal vez lo haya hecho ya tres o cuatro veces, pero, en cualquier caso, volveré a arriesgarme a la repetición, mi eterna desgracia, mi retorno perpetuo. Después de las fiebres, que ignoro si os he comentado antes o no, mi madre se convirtió en una persona silenciosa, apática, extremadamente reflexiva; se despidió de su jovialidad y desenfado, tan habituales y característicos en ella antaño, y se transmutó en una especie de vieja prematura, insegura y asustada, que pecaba en exceso de cautela a la hora de abrir la boca. Eso o, también podría ser, se había quedado sin nada que decir o hacer o, incluso, sentir. En cierta forma, últimamente me siento bastante identificado con ella.

Hace cuatro años, si mis cálculos no son erróneos, me diagnosticaron Alzheimer; esto sucedía una soleada mañana de invierno, el mismo día en que cumplía setenta y nueve años. A Lea, mi hija, llevaba tiempo preocupándole el hecho de que anduviese despistado, olvidadizo y un tanto… errático. Creo recordar que el traspiés definitivo fue aparecer en la frutería que había -y hay, me parece- cerca de casa, a eso de las diez de la mañana, en calzoncillos, con botas de montaña, una mochila a la espalda y gritando «¿todos listos para la acción? Nos vamos a las cuevas, sálvese quien pueda». Lo cierto es que esto sólo le preocupó a ella;, sus hermanos estaban convencidos de que se trataba de otra de mis bromas, mi dulce Cristina, acostumbrada después de cincuenta años a mi lado a mis continuas bravuconadas y excentricidades, no se sorprendió lo más mínimo e intentó tranquilizar a nuestra hija diciéndole que ya me conocía, siempre con alguna locura rondándome la cabeza; «es su forma de reivindicar… vete tú a saber el qué, hija», dijo ella. ¡Ah! Mi dulce Cristina…, tan lejos todos esos días, los primeros, para ti, y ahora son los únicos, los que cuentan, para mí, cuando la noche más oscura se cierne sobre mi razón y todo lo que me queda son los primeros archivos que fueron incorporados a mi memoria…

Decía que Lea fue la única en preocuparse. Su madre no quiso o no fue capaz de ver y aceptar la realidad; Leíta siempre ha sido la más observadora de mis tres hijos, y también la que mejor me conoce. Supongo que vio algo en mis ojos cuando, ya de vuelta en casa, me preguntaron por mi ‘escapada’ -ella y su madre, Cristina- y no supe qué contestar; simplemente sonreí. Sigamos jugando por favor, pensé, pero ella lo vio claro y tan pronto como le fue posible solicitó a un neurólogo amigo de su marido que me viese, El destino, a veces burlón a veces cabrón -en ocasiones, más de las que creeríais, ambas cosas-, quiso que el día señalado fueses el de mi cumpleaños.

Mi madre era muy guapa, tanto que todo el mundo comentaba en el pueblo que parecía una de esas actrices que giraban con las grandes compañías que pasaban de cuando en cuando por la capital y que muchos aseguraban haber visto paseando por la playa en verano, a la caída del sol, aunque yo creo que en el pueblo, realmente, nadie llegó nunca a ver ninguna gran actriz; además ¿quién era la guapa que quería ser actriz en aquellos días? Sólo las frescas, y las timoratas, se dejaban embaucar por directores y promotores ávidos de sexo, más que de riquezas o reconocimiento.

Mi madre era muy bonita; tenía una larga melena cobriza, los ojos verdes, muy claros y brillantes, casi como si siempre estuviesen a punto de soltar una lágrima, los labios gruesos y sonrosados, la tez blanca, siempre limpia. Mi hija Lea me recuerda tanto a ella… Algunos días olvido, no ya quién soy, sino qué edad tengo, las circunstancias de mi presente; entonces la echo mucho de menos: «mami, mami, ¿dónde está mi mami?». He llegado a pasarme noches enteras sollozando, clamando por la presencia de un fantasma que, inexplicablemente para mí, no acude ante mis lamentos. Otras veces he creído verla en el rostro de Leita, y ella, tan dulce y cariñosa como es, me ha seguido el juego dejándome recostarme a su lado, apoyando la cabeza, esta tonta testa en ruinas, sobre su regazo y atusándome los ralos cabellos que aún conservo. No estoy seguro, pero creo que me estoy quedando calvo ¡a mi edad!

En 1936 yo debía de tener siete años; aunque la guerra empezó antes de que los cumpliese, nosotros no tuvimos conocimiento de ella hasta finales de año, cuando mi padre llegó a casa muy exaltado y nos obligó a todos a salir de allí a toda prisa en mitad de la noche. «Que vienen los fascistas, que vienen los fascistas», repetía como un loro poseído. Lo cierto es que el pobre ni siquiera sabía qué era un fascista, o incluso si él mismo lo era. Y nosotros… ¿qué sabe una criatura a esa edad de fascistas y rojos, de nacionales y republicanos, de la guerra? Si uno corre es porque ve correr a los demás, no porque tenga la menor idea de qué está ocurriendo. Ni siquiera sabíamos hacia dónde dirigirnos; mi padre nos hizo recorrer varios kilómetros de costa durante la noche; ya de madrugada, cuando despuntaba el alba, encontramos refugio en una cueva oculta en un acantilado. Yo no tenía claro -sigo ignorándolo- si seguíamos en la provincia de Granada o nos encontrábamos en el litoral almeriense.

De vez en cuando mi nieto Jacob me pregunta por La Guerra, me sondea, investiga: «¿qué recuerdas abuelo? Algo te marcaría, algo se quedaría grabado para siempre ahí arriba», me dice señalando su propia cabeza, en lugar de la mía, con el índice izquierdo. «¿De qué te vas a acordar -le contesto yo-, de aviones lanzando bombas, de barcos colando por los aires? No tenía más que siete u ocho años, ¿qué voy a recordar?». Él me deja tranquilo por unos días y yo le dejo en paz; ¿qué bien podría hacerle conocer la verdad?

Llegamos a aquella cueva de madrugada, intentamos dormir, pero sólo mis hermanas lo consiguieron; Antonio, el pequeño, y yo no éramos capaces de conciliar el sueño viendo como mamá intentaba, en vano, calmar a mi padre. Por fin, después de varias horas observándole dar vueltas de un lado para otro de forma compulsiva, sus ojos reflejaron cierto equilibrio que precedió a un discurso susurrado con relativa firmeza al oído de mi madre; después, mientras ella luchaba claramente por enjugar sus lágrimas y hacer de tripas corazón, se dirigió hacia mí para recordarme que era su primogénito e informarme de que debía irse a buscar comida, que confiaba en mí para que cuidase de mis hermanos en su ausencia y ayudase a mi madre a ‘estar tranquila’. Y mi padre se fue.

Con los años supe qué sucedió durante los casi cuatro días en que permanecimos en aquella cueva esperándole, sin saber ni tan siquiera si seguiría vivo o ‘los fascistas’ -o tal vez ‘los otros’, los que no eran fascistas- le habrían apresado y puesto fin a su vida.

Esta tarde ha estado aquí Jacob; Jacob es el mayor de mis nietos, hijo de Leita, un granuja despierto y guaperas, con un montonazo de inquietudes y claras aptitudes para… Ya me estoy yendo por las ramas, he vuelto a perderme a mí mismo; más tarde os hablaré de Jacob, de sus vivos ojos pardos y su espesa cabellera del color de la obsidiana -espero no olvidarme de él ni de esta promesa-, pero ahora, lo que nos ocupa es otra cosa.

Mi padre salió de aquella cueva con la intención de dirigirse a nuestra casa, cosa que hizo, para conseguir unos huevos y algo de fruta o verdura del pequeño huerto que teníamos en la parte trasera; sólo pretendía hacerse con un poco de comida para su familia. Por desgracia una patrulla de ‘nacionales’ -ese era el nombre con el que se denominaban los miembros del bando de los militares; la nuestra fue una guerra civil entre militares y milicianos, vamos, un disparate imposible de llevar a buen término-, como decía, una patrulla le ‘cazó’ en nuestro propio huerto mientras recogía, no sé si pimientos, tomates o vete tú a saber. resultó que los dos componentes de la susodicha patrulla eran un par de hermanos que en su día habían pretendido a mamá -ambos- y le guardaban un terrible rencor a mi padre por el hecho de que ella le había preferido a él. Le tuvieron encerrado en un cuartel de la Guardia Civil durante tres días, dándole patadas, escupiéndole cada vez que caía rendido al suelo por la falta de sueño y la escasez de comida, le insultaron y golpearon, le desnudaron y azotaron. No paraban de preguntarle cosas que no comprendía acerca de los ‘sucios rojos’, esos traidores a los que, según parecía, él debía de conocer; incluso podría ser uno de ellos, al menos llegó a pensarlo así, dada la insistencia y violencia empleadas. Al fin se decidieron a soltarle, o puede que un superior con cierta decencia y sentido de la ética se lo ordenase al par de esbirros malignos, quizá alguien tuvo, sencillamente, cabeza al final, lo ignoro; de hecho, desconozco también si en algún momento a lo largo de mi vida he poseído tal información. Todo lo que recuerdo hoy es ver llegar a mi padre magullado, lleno de cardenales y cortes, algunas heridas aún sangrando y supurando un pus turbio, ojeroso, cojeando, vestido con harapos que recordaban su indumentaria de cuatro días atrás, llevando fuertemente sujeta en su mano derecha una bolsa de tela con cuatro o cinco patatas y cerca de una docena de higos chumbos ya sin espinas. Así era él, mi padre, el hombre que más me ha marcado, el mismo que después de sufrir la brutalidad del poder en manos de un par de zoquetes irremediables, apareció en la abertura que hacía las veces de entrada a una cueva fría y oscura, en la que toda su familia aguardaba su regreso con preocupación y miedo, sonriendo como si volviese de un maravilloso paseo, cargado con exquisitos manjares con los que disfrutar de una cena digna de un alcalde de capital de provincia. Ese era Don Francisco, mi padre, el hombre al que le debo el nombre y la vida.

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