Pasado y presente en alta mar

Pasado y presente en alta mar

Majo Carranza

18/02/2018

En la agonía entre insomnio y el sueño, se encontraba el Capitán de marina; siempre alerta, pero siempre tan inmerso en el mágico mundo de las fantasías. Muy pocos sabían de su pasado, y había muchos rumores de que estaba lleno de infortunios y de corazones deshechos, de botellas y vidrios rotos. Es más, ni el mismo se permitía tener muchos amigos; desconfiaba de la gente con solo mirarlos. Aquel Capitán con ojos negros era, pues, un sin fin de habladurías despojadas de sentido y narración alguna. Se rumoreaba, por ejemplo, que tenía muy buena fama con las mujerzuelas; estas decían que no solo sabía usar su boca sino también su cuerpo y sabiduría, haciendo una noche de placer más cálida que de costumbre. Muchas creían que, a este, su mujer se le había ido al edén por un trágico accidente, sin saber a ciencia cierta si estuvo casado alguna vez o no. Así pues, todos especulaban sobre la historia del Capitán, pero nadie acertaba con la verdad. Y es así como entre ajetreos y gentíos, entre rumores y secretos, aquella historia desconocida por todos se junta con la mía; así es como empieza esta historia: por casualidad.

Cuando el Capitán y yo nos conocimos en el puerto de un pueblo tranquilo, en donde reinaban las noches cálidas, el suave sonido del mar y los festivales coloridos y rapantes que le daban vida a aquel pueblo gobernado por la paz, era un día tranquilo de mercado. Todas las personas en el pueblo habían salido a hacer sus compras matutinas en la plaza. Pero aquí no solo se encontraban los típicos víveres y comestibles como en una plaza común; podías encontrar millones de cosas extraordinarias muy apetecidas por marinos y navegantes que paraban en la bahía por unas horas de descanso. Así pues, yo estaba observando ciertas cosas que para mí eran extraordinarias; astrolabios, mapas de lugares muy lejanos, brújulas y telescopios, y una figura bastante peculiar entro en mi campo de visión; parecía que, al igual que yo, admiraba todas estas cosas fantásticas. Pero con diferencia mía, este misterioso personaje lo hacía con tal detalle que supe enseguida que se traba de algún Capitán que estaba de paso por el puerto. Su mirada parecía tan absorta en aquellos inventos que no creí que se percatara de mis ojos, fijos en él. Me preguntaba en donde podría haber estado aquel ser, cuantas aventuras había tenido durante su largo camino como marinero. Cuando, en un instante, mis ojos resultaron viendo por primera vez esos ojos profundos, su pelo negro noche y su cuello largo, diseñado específicamente para poder ver aquellas maravillas del mundo que solo se encontraban en las alturas. Era mucho más alto que yo; podría llevarme media o hasta una cabeza completa, y su vestidura oscura lo hacía tener un porte aún más esbelto del que ya tenia por naturaleza.

Simplemente paso de largo y yo hice lo mismo.

Parecía que aquel hombre iba a quedar en mi memoria como un recuerdo vago que desaparecería con los días, un simple deseo perdido entre la multitud que, como muchos, quedaría simplemente en eso; un deseo. Pero tiempo después en uno de aquellos festivales tan conocidos en aquel tranquilo pueblo, nos encontramos los dos participando y cantando juntos. Así pues, ambos hablamos, cantamos, celebramos y nos reímos, presos de una felicidad que tal vez no nos pertenecía. Y al final sin saber exactamente porque, dejamos que nuestras bocas callaran por unos instantes, y que nuestras almas hablaran al juntar nuestros labios como si fueran uno solo, dejándonos arrastrar por la música y el movimiento que nos envolvía, haciendo que todo pareciera inmóvil; el mundo giraba a nuestro alrededor mientras ambos nos besábamos como si nuestra vida dependiera de ello. En ese entonces parecía estar bien; éramos dos jóvenes en busca de algo que muchos nunca encuentran, dos jóvenes que simplemente se dejaban llevar por sus almas, sus ansias y anhelos de tener a alguien en los brazos. Al final me llevo por la bahía a caminar apartados del mundo, con la brisa del mar y nuestras voces como único sonido que se podía escuchar. Me dejo un anillo con una oración cristiana grabada en él y, a pesar de que no soy una pueblerina muy creyente, por tener la más mínima oportunidad de volverlo a ver, tuve que aceptarlo. “Lo vendré a recoger en otra ocasión” me dijo al oído, y desapareció entre la multitud. Y así pasamos ese día; entre cantos y encantos, entre lazos y besos, entre el mundo y nosotros dos.

Meses y meses pasaron, cada vez mi memoria me fallaba un poco más y me iba olvidando de aquella vaga promesa; “no puedes esperar siempre a que vuelvan; él tendrá una vida llena de aventuras, y vos tenes demasiadas cosas en que pensar” me decía a mí misma, puesto que había venido a este pueblo a olvidarme del amor y todo lo que este conllevaba.

Una noche calurosa, húmeda y callada de verano como cualquier otra en este pueblo, me llego de repente el recuerdo de aquel Capitán. Y parecía real; sentía como aquella ilusión acariciaba mi piel morena y suave, me pasaba las manos por todo mi cabello hasta llegar a su final debajo de mis hombros, pasaba aquellas robustas manos por mis sencillos labios dibujándolos con la yema de sus largos dedos, me hacía sentir su respiración, pero sin dejarme ver claramente su rostro. Ponía sus labios tan cerca de mí, pero no llegaba a besarme y, mientras yo estaba en el idilio con aquel recuerdo tan vivo y fugaz, oí un estruendo desde mi ventana que me despierto de golpe. Sin temor aparente, agarre algo para defenderme de cualquier loco que pretendiese enfrentarse a esta dama. Me acerque al centro del caos lentamente con una vela apagada en una mano y el corazón en la otra, dando pasos sigilosos, cada vez más y más cerca, cuando vi una sombra moviéndose al lado de la cortina. «Y es que no podía ser a la casa de la vecina, que es una amargada…» pensaba yo sucumbida en la desgracia y, porque no, en el miedo. Cuando estaba a punto de llegar a la sombra misteriosa, esta se volteó y me tomo de ambas manos, dejándome sin escapatoria. Me sentía prisionera, quería salir despavorida corriendo a la calle gritando que alguien se había metido en mi casa, que llamaran a la policía o que por Jesús santísimo me ayudaran. Pero entonces aquella sombra misteriosa decide mostrarme su rostro, un poco escondido por su larga cabellera negra y sus vestiduras oscuras, las cuales daban un ligero presentimiento de que las sombras estuvieran tapando de pies a cabeza aquel cuerpo.

Y era el Capitán.

«Vale, primero te andas entrometiendo en mis sueños y luego estás aquí conmigo metiéndote en mi casa como todo un ladrón. Ya me he vuelto loca», pensaba yo sin dejar de mirar esos ojos negros que también me miraban a mí; aquel hombre no dejaba de observarlos, y yo no podía despegar la mirada de los de él. Parecía una eternidad ese momento, como si hubiéramos vuelto a aquel encuentro en el festival, en el que todo el mundo se movía excepto nuestras almas. Entonces él me sonrió, con esos labios robustos y deseables, y yo no sabía si devolverle la sonrisa o quedarme mirándola desconcertada; porque, presentía, era una rara obra de arte que no muchos tenían el privilegio de apreciar.

-Ya te había dicho que volvería por el anillo- me dijo susurrando en mi oído, y pude sentir como su sonrisa iba dibujándose en su cara. Y entonces supe que no era un sueño, no era una ilusión; era una realidad. «Vale, pues me encanta» pensé, y su aliento frío me envolvió en aquella noche calurosa.

SINOPSIS:

Desdichada el alma de Esmeralda, quien lo dio todo por amor. Sin embargo, esta decidida a dejar aquella historia de amor en el pasado, y ha estado merodeando por el puerto esperando el momento oportuno para irse nuevamente en busca de un nuevo comienzo.

Hace un tiempo un barco ha zarpado con un rumbo indeciso. Sus tripulantes, todos jóvenes, han dicho que van en busca del tesoro mas buscado en toda alta mar; el tesoro del dios Poseidón. A pesar de todos los peligros presentados, un joven de la alta aristocracia ha subido al barco, buscando su deseada libertad.

Dos historias; ambas inconclusas. ¿Puedes tu darles final?

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