La maldición de los pescados

La maldición de los pescados

Gustavo Lascurain

12/02/2018

** Capítulo 0: los pescados

Jamás me acostumbraré a contemplar cadáveres. Esos rostros grotescos, casi de mentira. No es que los vea muy a menudo. De hecho, para ser exactos, en toda mi vida, y ya voy para cuarenta años, tan sólo he visto tres.

Apenas tendría seis cuando me topé con el primero. Los pocos que estudiábamos en la ikastola de Zumaia, Josu, mi amigo de toda la vida, y dos chavales más que prefiero evitar nombrar, esperábamos el autobús frente al frontón, como todas las mañanas. No tengo claro qué mes del año era pero debía de hacer calor porque más allá de impresionarme los sesos del tipo desparramándose por el suelo como un puré, me llamó la atención lo abrigado que iba.

Según esperábamos vimos a un hombre de mediana edad, de complexión robusta, pelo largo alborotado y muy canoso, subirse con toda naturalidad a la pared lateral del frontón. Según llegó arriba, sin mediar palabra, sin siquiera reclamar atención, se lanzó de cabeza. Y la cabeza fue lo primero que alcanzó el suelo del frontón. Y al reventón de la cabeza que estalló como una sandía le siguió el resto del cuerpo que, con el límite propio que establecen las articulaciones, fue encontrando su manera particular de desplomarse.

Los cuatro chavales que esperábamos el autobús vimos la secuencia completa y, sin intercambiar palabra, fuimos los primeros en acercarnos corriendo al ya cadáver cuya cabeza, o lo que quedaba de ella, quedó boca arriba en una postura imposible. Los primeros vecinos que se percataron de lo sucedido tardaron unos pocos segundos en retirarnos de la escena maldiciendo que el autobús no hubiera llegado aún.

Tardaron meses en hacer desaparecer la mancha del frontón y durante mi infancia e incluso ya siendo adolescente, si muy a mi pesar me tocaba jugar de zaguero, trataba con disimulo de no pisar la zona. Hoy ya no juego a eskupelota y aún no tengo claro si es porque he perdido el interés o por si me niego a rondar la antigua mancha.

El destino quiso que el segundo cadáver fuera el de mi propio padre. A él no le vi morir aunque es obvio que tampoco me hubiese gustado hacerlo. Dicen que lo hizo mar adentro cuando al anochecer trataba de pescar algunos chipirones cerca de la costa de Getaria. Y aunque días después encontraron su cuerpo zarandeado por las olas entre las alargadas rocas de la cala de Algorri, más allá de la playa de San Telmo de Zumaia, yo no le vi por última vez hasta después de maquillado y trajeado encajado en su modesta caja de pino.

Subieron el ataúd a nuestra casa, en el primer piso del número 24 de la Calle Elkano de Guetaria, para su velatorio. Mi padre era muy grande y también lo era su caja, por lo que recuerdo las complicadas maniobras que tuvieron que inventar los mozos de la funeraria para subirla por la estrecha escalera de madera. No hubo canto del ataúd que quedara intacto. Y mientras subían yo no podía dejar de pensar en que mi padre, sin entender que ya ni sentía ni padecía, debía de estar golpeándose de cabeza a ambos lados. Al menos él tuvo suerte de vivir en el 24 de la calle Elkano; dos portales más arriba la escalera era tan ridícula que un par de meses antes habían tenido que sacar al muerto de casa a hombros para meterlo después en la caja, en la calle y a plena luz del día ante la mirada curiosa de los vecinos que se arremolinaban para no perderse el espectáculo.

En cualquier caso creo que los de la funeraria hicieron un gran trabajo con mi padre ya que para cuando empezaron a llegar los primeros vecinos al velatorio a ver al muerto y tomar café, por ese orden, ya lo habían dejado todo en perfecto estado de revista.

Yo tardé bastante en armarme de valor. Escoltado por la Ama, sintiendo sus firmes manos en mis hombros y su cálido aliento en la nuca, pasé a ver el cuerpo inerte de mi padre cuando había empezado a escasear el café, las pastas, el vino dulce y, como consecuencia, la gente. Tenía diez años y doy fe de que a pesar de todos los esfuerzos de los señores de la funeraria no lograron disimular el morado de su cara.

Pero este tercer y, hasta la fecha, último cadáver, no me pareció igual a los anteriores. Aún estando muerto me miraba tajante, acusador y creí interpretar que visiblemente decepcionado.

Estos últimos días he descubierto cosas de mí que no me gustan. Un pequeño monstruo del que, sin embargo, no me arrepiento. Me he dado cuenta de que todo aquello que no me gusta de mí es, precisamente, lo único que me hace especial. Pero tampoco es mejor lo que he descubierto en los demás, en todos aquellos de mi entorno. Y en este caso no se trata de nada especial, sino de lo vulgar. Debe de ser nuestra maldición, la de la gente vulgar. La maldición que nos somete a ver en los demás la parte más oscura de la condición humana que no se quiere reconocer en uno mismo. La maldición que nos hace necesitar siempre a un malvado cerca. Alguien cuya existencia nos reconcilie con nosotros mismos y nos permita disimular nuestra propia maldad.

A eso le sumo mi propia maldición. No tengo ni idea de pescado pero, aunque suene descabellado, todo este lío empezó precisamente por su culpa y me obligó, hace algunas semanas, a ejecutar un plan. Era un plan sencillo, pero nada, o casi nada, salió según lo previsto.

** Capítulo 1: la lenguadina

— La cosa es más complicada de lo que parece, Antonio.

Hay gente que tiene cara de pobre hombre y el que tipo que tenía frente a mí, a pesar de que su tarjeta aseguraba que tenía cierto grado de responsabilidad en la entidad, era sin duda uno de ellos. Sin embargo, a ojos de aquel personaje que me miraba condescendiente, el pobre hombre era yo, y creo que no le faltaba razón.

El traje de chaqueta azul marino que vestía era lo más digno de su figura. Estando tan mal hecho como estaba, la indudable habilidad de su sastre había logrado disimular los estropicios de su cuerpo. Era delgado, o más bien huesudo, cargado de hombros y de brazos desproporcionadamente largos. De las piernas no puedo hablar porque las tenía bajo su mesa pero supongo que irían en línea con el resto. Lástima que la chaqueta no tuviera una capucha que disimulara en parte su cara; el rostro que tenía frente a mí no había por dónde agarrarlo; escocía con sólo mirarlo.

— Créeme, estoy atado de pies y manos —prosiguió mostrándome las dos manos representando tenerlas atadas por las muñecas—, las decisiones ya no se toman aquí. Aquí ya tan solo ponemos la cara, poco más.

Pedazo de cabrón. Acaso no era la misma cara y la misma sonrisa torcida con la que me hacía reverencias cuando crucé su puerta hacía apenas dos años.

Puesto que yo estaba sin palabras —jamás he estado sobrado de ellas— Martín Casanova Esnal, que así se hacía llamar el Director de la sucursal, decidió que debía seguir justificándose al menos para ir llenando los silencios. Eso sí, debo reconocerlo, todo lo que la madre naturaleza le había negado con su físico se lo había compensando dándole al hombre un palique infinito y un timbre de voz sosegado que calmaba al más alterado.

— Esto se ha vuelto totalmente impersonal, Antonio, son los de Riesgos de Bilbao los que determinan quién sí y quién no, y en tu caso han puesto límites — hizo una pausa y suavizó su tono como para no ser escuchado —o un pequeño gesto tal vez.

El último comentario consiguió que reaccionara desafiante.

— ¿Qué tipo de gesto?

— Hombre, Antonio —me irritaba que me llamara por mi nombre completo—, debes comprender que esto no deja de ser un negocio y que estamos aquí para ganar dinero, si no en lugar de Banco ahí fuera pondría Cáritas, ¿no crees? – sorprendido de su propia ocurrencia soltó una carcajada que cortó en seco al cruzarse con mi mirada.

Casanova, que tiene guasa el apellido en su caso, llegó al pueblo hace algo menos de tres años. Posiblemente vendría avalado por cumplir cientos de objetivos en alguna otra plaza inferior. Y no es que Guetaria sea precisamente Ginebra pero personalmente creo que quizá sea de lo mejor a lo que alguien con tan poco carisma puede aspirar en la banca. Al fin y al cabo al menos nos queda la pesca, el txakoli, y el turismo de verano cuando el sol asoma, lo que para un pueblo de nuestro tamaño no está nada mal.

Recuerdo el día que llegó Casanova para establecerse en el pueblo. Decidió alquilar un piso en las afueras. Bueno, tratándose de Guetaria, hablar de las afueras es alejarse entre trescientos y quinientos metros del mar en línea recta; en definitiva todo lo que queda más allá de la carretera Nacional y de la parte antigua. Como decía alquiló un piso para él y su familia. Lo alquiló sin duda convencido del carácter temporal de su nueva asignación y convencido de que pronto haría méritos para acceder a plazas más jugosas. Sin embargo en mi modesta opinión, independientemente de los méritos que haya podido acumular, lleva ya aquí más tiempo del que imaginaba en sus cálculos y su estancia empieza a oler a estanca, lo que no deja de ponerle nervioso. Lo intuyo.

En su primer día entre nosotros, como buen carroñero, salió a reconocer el terreno escoltado por su esposa y sus dos hijos, ella a su derecha y ellos a la izquierda, consciente de los cuchicheos y las miradas poco discretas de todos los del pueblo. En mi opinión aquella familia parecía salida de una fotografía antigua, de esas tan añejas que han perdido hasta las sombras. Nada de lo que vestían, ni el rebuscado moño de la mujer ni las idénticas rayas peinadas con escuadra y cartabón sobre las cabezas de los enanos, parecían de nuestra época. Desde aquel primer día en el pueblo, y cada uno de los días del año, el banquero pasea al atardecer su sonrisa junto a su familia, especialmente por la zona del puerto, olisqueando como una hiena a la caza de futuros deudores. Y doy fe de que de cuando en cuando amarra alguno. Carroña de segunda, claro está.

Esos paseos tan regulares, tan predecibles, son algo que me sacan de quicio. Aborrezco el orden, quizá ese sea mi principal problema (uno de tantos), pero Casanova es asquerosamente sistemático, escrupuloso y estúpidamente ordenado hasta en lo más insignificante. No hay más que echar un vistazo a su mesa del despacho. Todos los papeles siempre perfectamente escuadrados, como la raya del pelo de sus hijos o el moño de su esposa, alineados con los cantos de su mesa en pequeños montoncitos manejables e incluso etiquetados con fichas multicolor.

Desde el momento en que había entrado en su despacho aquella mañana, Don Martín, que así le gusta que le llamen sus empleados, me miraba con recelo cada vez que apoyaba mis brazos en su ordenada mesa. Me pareció observar un ligero temblor en la ceja derecha cada vez que jugueteaba distraído con las puntas de sus montoncitos de papel. Aquello le incomodaba y, sin embargo, el único que realmente tenía motivos y derecho a sentirse incómodo era yo, con la expresión de abandono de un imbécil en la cara, esperando a que me aclarara lo del supuesto gesto que quería de mí.

Aún no acabo de entender cómo me metí en esto. No sé nada de pescados, creo que lo he mencionado alguna vez. Ojo, más o menos los identifico y me gusta comérmelos, pero hacer negocio con ellos es una cosa bien distinta. Mi ingeniosa iniciativa de montar un local de venta al por menor de pescado, lo que vulgarmente conocemos por una pescadería, en un pueblo donde hay más pescaderías que peces, hoy me parece del todo estúpida.

(…)

Contaba mi padre que cuando Willy y su antiguo socio y amigo Joaquín andaban buscando nombre para su recién inaugurado bar de la calle Elkano, trataron de llevar a cabo una especie de proceso democrático con sus parroquianos entre los que él se encontraba. En una de las sociedades gastronómicas de Guetaria, alrededor de una de sus mesas largas y de unas cuantas botellas de txakoli que fueron cayendo una a una, fueron saliendo nombres de lo más variopinto. Se propusieron nombres en Euskera, castellano y alguno que otro exótico que no acabaron de convencer al grupo allí reunido. El viejo Joaquín, del que guardo un muy vago recuerdo, se había obcecado con llamar El Cisne Azul al bar que compartía con Willy. Ni que decir tiene que éste estaba horrorizado, casi ofendido, porque su socio pretendiera poner un nombre tan vulgar, hortera y fuera de lugar en un pequeño pueblo pesquero del norte. Ésta fue una de las primeras y muchas discrepancias que tuvieron ambos socios durante la gestión de la taberna, por lo que a nadie extrañó que al cabo de unos meses ambos decidieran separar sus caminos. En cualquier caso es Joaquín quien se fue, dicen que más por miedo que de mutuo acuerdo, pero esa es otra historia de la que poco o nada sé. Lo que si sé es que Joaquín ya hace años que pasó a mejor vida y que al menos cumplió su deseo de abrir ‘El Cisne Azul’ en una estrecha calle del barrio de Chueca de Madrid. Creo que ni allí encajaba tal nombre para un bar.

Tras muchas horas de debate, de conversaciones atropelladas, con continuas miradas de reproche y desplantes de los dos socios, parece que uno de los del grupo, un veterano eibarrés viudo de getariarra, aburrido ya de no concluir nada y sobre todo seco de carburante —las botellas se habían rendido media hora atrás—, se levantó trabajosamente y dando la espalda al resto del grupo se dirigió a la puerta de la calle blasfemando y sentenció: “jarrixozu edozer, motel” (ponle cualquier cosa, hombre). Y así fue que, ante la cómplice mirada del resto, se nombró finalmente al bar Edozer, cualquier cosa.

(…)

**SINOPSIS

Cuando le avisan de que embargarán su negocio y sus bienes si no cubre parte de su deuda con el Banco, Antonio Baztarrika ‘Anto’ decide seguir un sencillo plan para robar el cáliz de la iglesia de San Salvador de Getaria, pueblo costero y pesquero del País Vasco. Durante el robo nada sale bien y, tras un forcejeo, mata involuntariamente al párroco, cuyo cadáver decide ocultar. A partir de ese momento en el pueblo se difunden toda clase de rumores y conjeturas y se levantan suspicacias entre diferentes vecinos de las que Anto es principal observador. En este contexto y con la ayuda de Jaguar, un irlandés vecino del pueblo y de incierto pasado, Anto irá descubriendo a su difunto padre y el secreto que rodeó sus últimas semanas de vida.

Ante las circunstancias que se le presentan, que amenazan con hacerle perder todo aquello que tiene, Anto decide actuar saltándose sus propios valores. Roba, mata y hace todo lo posible por ocultar sus crímenes e incluso incriminar. En ese proceso actúa como jamás hubiera imaginado que haría. Anto vive un proceso de cambio interno, sacando lo peor de sí mismo, al tiempo que observa con curiosidad y hasta cierto regocijo, cómo sus vecinos de comunidad también sacan lo peor de cada uno, lo peor de la condición humana.

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