LA PRIMERA VEZ que vi a Celia fue un radiante día de marzo.

Celia, aquella niña extraña que habría de poner patas arriba toda mi vida. Si regresara al pasado, ¿volvería a acercarme a ella como lo hice con el afán altruista de ayudar a una chiquilla en apuros? No lo tengo claro, tal vez lo haría, porque cierto es que estamos destinados a repetir nuestros propios errores.

Serían unos minutos después de las ocho de la mañana, hora en que salía a correr cada sábado desde hacía tiempo. Ese sábado lo hacía de igual manera, pero el escenario era novedoso. Hacía pocos días que me había mudado a un ático frente al Parque del Buen Retiro y estrenaba al trote mi nuevo vecindario. Sentía el limpio frescor del aire en la cara mientras sorteaba arces y hayas, con un aroma a tierra mojada y madera de pino recién lavada

El ritmo de la respiración me ayudaba a repasar, orgulloso, mi carrera profesional. Acababa de cumplir los treinta, ejercía un puesto ejecutivo en una multinacional alemana, disfrutaba de un salario increíble y conducía un deportivo de exposición… Y lo mejor de todo: había conseguido mi precioso ático soñado desde niño. Un lujo carísimo, eso sí, pero lo bueno siempre cuesta, me decía a mí mismo. A cambio, había perdido parte de mi vida, aunque eso entonces no me importaba. Trabajaba catorce horas al día, a mis amigos ya casi no los veía y los fines de semana me veía forzado a realizar faena extra para mantener mis obligaciones al día.

Iba ensimismado en estos pensamientos y fue por eso que al principio no la vi de forma consciente. Pasé por su lado a la carrera, pero fue unos metros después cuando me percaté de su presencia. Y lo hice porque su imagen no tenía sentido en ese lugar y ese momento, sino que ofrecía una estampa de otra época.

Celia era una niña de unos ocho años y vestía de una forma… «emperifollada», pensé que habría dicho mi madre para describirla. Parecía salida de un cuadro del siglo XIX: llevaba un vestido de princesita de cuento, lucía un dorado cabello peinado con tirabuzones y comía una piruleta al tiempo que jugaba con las piernas que le colgaban del banco donde se encontraba sentada, cercano al lago del parque.

Y estaba sola.

Este detalle disparó la alarma. El parque se hallaba desierto, era demasiado temprano para que empezaran a llegar los visitantes que lo invadirían durante el resto del día. ¿Qué podía hacer allí una chiquilla sola a tan temprana hora?

Volví sobre mis pasos, mientras buscaba alrededor una señal de personas adultas que estuvieran con la pequeña. Nadie. El parque se hallaba vacío, no se veía siquiera a algún madrugador jardinero.

Decidí dirigirme hacia ella y preguntarle si se encontraba bien. Tal vez se había perdido y necesitaba ayuda. No lo parecía, por otro lado. Al acercarme fijó en mí sus expresivos ojos azules y me sonrió de una forma que se me antojó familiar. A punto estuve de abandonar mi empeño por el escalofrío en la espalda que me trajo recuerdos de niñas terroríficas de película. «Venga, Carlos, déjate de tonterías, has visto demasiada televisión», dije para mí, más por infundirme valor que por real convencimiento.

—¡Hola, señor! —me dijo con voz cantarina antes de que yo pudiera articular palabra.

—Hola, pequeña —respondí—. ¿Estás sola?

—No, ya no, ahora estoy contigo —replicó con una sonrisa angelical.

—Me refiero a si estás con tus papás o algún familiar —repuse sintiendo que algo no iba bien, la respuesta de la niña había resultado muy adulta para su edad. Y quizá un tanto irónica.

—No, estoy aquí jugando. La verdad es que un poco aburrida hasta que has llegado.

—¿Cómo te llamas? —Intenté llevarla a mi terreno, al fin y al cabo, yo era el adulto, ¿no?

—Me llamo Celia y tengo nueve años, ¿y tú? —Volvió a sonreír con inocencia. Igual que el lobo antes de comerse al cordero, pensé.

—Yo me llamo Carlos. Pero dime, ¿dónde vives?, ¿te has perdido?

—No estoy perdida, Carlos —contestó—. Estaba esperándote…

El estómago hizo una pirueta en mi interior. ¡Una cría a la que acababa de conocer como salida de Alicia en el país de las maravillas decía que me estaba esperando con un tono como si me conociera de toda la vida! Afloró mi absoluta aversión hacía los niños y me maldije por no tener la costumbre de llevar el móvil cuando salía a correr. En realidad, si no cargaba con él era para evitar interrupciones de trabajo que arruinaran las únicas horas de la semana que me dedicaba a mí mismo. Pensé con desesperación, sin embargo, cuán fácil habría resultado todo con una simple llamada a la policía. Estuve tentado de volver a casa a por el teléfono y hacer esa llamada. Pero las opciones no me convencieron. Si dejaba sola a la niña, corría el peligro de que algo le ocurriera en mi ausencia. Si la llevaba conmigo, podría ser acusado de cualquier cosa de feo nombre. No, la situación no era fácil, concluí.

—Hace un día estupendo —fue Celia quien volvió a hablar—. Podría pasarlo entero aquí jugando contigo, pero me temo que no puede ser. Tengo que irme, aunque podemos vernos otro día, lo prometo.

—¿Te vas…? ¿Adónde? ¿Están tus padres por aquí…? —pregunté mirando por encima del hombro.

—Tengo que volver a casa, se me hace tarde —respondió de forma cándida, pero con el desparpajo de una treintañera—. ¿Me esperarás?

—¿Esperarte?

Fue una pregunta retórica, no hice mucho caso de su comentario porque sentía que la conversación no tenía sentido. Me pareció que lo mejor sería pedir apoyo a alguien que hubiera por el parque y miré por todos lados a la busca de algún otro madrugador corredor, turista, vigilante o cualquiera que sí hubiera tenido la precaución de salir de casa con el móvil en el bolsillo.

Estoy seguro de no haber empleado más de unos segundos en hacer una ronda a mi alrededor, antes de volver la vista hacia el banco donde se encontraba la pequeña.

Pero ella ya no estaba.

Sentí una fría punzada en la espalda y presentí que algo malo había sucedido. Me acerqué al lago por ver si se había caído al agua. Al ver que no era así, me introduje entre los árboles y miré por todas partes, tal vez se habría escondido entre los pinos centenarios. Tampoco. Estuve tentado de llamarla a voces. Desistí al imaginar el espectáculo si alguien me oía y preguntaba. Un hombre adulto a solas con una niña desconocida en un parque solitario… No, no parecía fácil de explicar.

Me senté en un banco e intenté tranquilizarme. Tal vez la niña vuelva, pensé. Mientras me relajaba, recapacité sobre lo extraño que era todo en aquella chiquilla. Era una muñequita, pero se comportaba y hablaba como una persona mayor. No podía encontrar explicación a la presencia de una niña tan peculiar en aquel entorno y a aquella hora, sin contar con la extraña desaparición, pero no se me ocurría qué podía hacer…

Permanecí allí casi una hora y, al ver que no volvía, decidí olvidar el incidente y reiniciar la carrera, de esa manera estaba seguro de que mi corazón latiría con menos fuerza de lo que lo hacía en esos momentos.

* *

LA SEGUNDA VEZ que vi a Celia fue solo unos meses después, en septiembre de aquel mismo año.

Fue un acontecimiento que me llenó de zozobra, en parte porque había olvidado el primer encuentro con la pequeña y, en parte, porque pasaba una mala racha en el trabajo y una preocupación más no me ayudaba a volver a la senda de la normalidad.

Atravesaba una crisis de ansiedad por la pérdida de un gran contrato que me había acarreado una descomunal reprimenda de mis jefes, llegando a amenazarme con el despido. Rebajé las catorce horas diarias de trabajo a tan solo diez, tomé unas cortas vacaciones y visité a un psicólogo de forma periódica. Me recomendó respirar aire puro a diario, incrementar el ejercicio físico y dejar el coche aparcado. Podía ir al trabajo andando, sugirió, aprovechando que mi casa se hallaba a quince minutos del despacho.

Aún con esfuerzo seguí sus instrucciones. Me costó despegarme de mi deportivo, pero caminaba cada día entre mi ático y el trabajo. Procuraba salir pronto de la oficina y respirar el poco aire puro que tenía a mi alcance: el del Parque del Retiro. No era mucho, pensaba, pero mejor eso que nada.

Este segundo encuentro ocurrió un viernes en el mismo parque. La temporada veraniega entraba en su recta final, pero los días eran aún largos y el tiempo magnífico. Serían sobre las siete de la tarde y los paseos se hallaban a rebosar de gentes de todas las nacionalidades.

El lugar no fue el mismo de la primera vez, pero no se hallaba lejos. Al verla, sentí que el corazón me daba un vuelco. No, no era la niña Celia de hacía unos meses, eso parecía obvio, pero el parecido era increíble. Se trataba de una jovencita de unos quince años. No vestía como en la anterior ocasión, sino que lucía un uniforme de colegio. Un poco pasado de moda, pensé al principio. Muy pasado de moda, confirmé al acercarme. Quizá de primeros del siglo XX, deduje por el recuerdo de alguna película de época. Jugaba en soledad a la rayuela sobre la arena del parque. Rayuela, otro juego anticuado. Todo en aquella niña quedaba anacrónico, igual que había ocurrido con la pequeña Celia.

Me picó la curiosidad. No podía tratarse de la misma niña, pero por el parecido supuse que se trataría de una hermana o familiar. No tenía nada mejor que hacer, por lo que decidí salir de dudas preguntándole. Dudé sobre cómo iniciar una conversación con una adolescente desconocida.

—Oye, niña… —dije lo primero que se me ocurrió, lo que me costó una regañina.

—No soy una niña, ¿sabe? —Se volvió enfurruñada. Algo sin embargo la hizo cambiar porque, al verme, su gesto mudó de forma súbita y la dulzura volvió a aparecer en su rostro—. Ah, ¡hola!

Me quedé sin habla momentáneamente, aunque me rehíce lo más aprisa que pude.

—Tienes una hermana que se llama Celia, ¿verdad? —pregunté.

—¿Una hermana? ¡Qué va…! —dijo con ironía—. Solo tengo dos hermanos y ninguno se llama Celia, te lo aseguro —comenzó a reír con una risa juvenil, mostrando sus delicados dientes—. Celia soy yo, ¡pero si tú ya lo sabes…! ¿Quieres jugar conmigo?

El estupor inicial se convirtió en conmoción cuando continuó como si tal cosa.

—Anda, Carlos, ¡nunca quieres jugar conmigo…!

Conocía mi nombre y lo pronunció con la misma entonación… No me cupo duda alguna de que se trataba de ella. ¡No podía creerlo, era una locura!, la niña a la que había visto la primera vez tenía nueve años y solo habían pasado unos meses desde nuestro encuentro. ¿O no? Intenté concentrarme, a pesar del alboroto que hacían los niños correteando a nuestro alrededor, pero me costaba entender lo que sucedía. Fue ella la que se decidió a hablar ante mi mutismo.

—¡Cuánto has tardado! He estado esperándote mucho tiempo y no venías —dijo con la confianza de quien habla con un conocido de toda la vida—. Eres mala persona.

—Esto… yo… —era difícil encontrar palabras para seguir una conversación que se me había ido de las manos desde el comienzo—. ¿Cuánto hace que nos vimos? Has crecido mucho, ¿no es así?

—¡Pues claro que he crecido! La gente crece, no te parece… Ya he cumplido los dieciséis, ¿no crees que estoy alta para mi edad? —me agarró del brazo, continuando con aquella familiaridad que me asombraba—. Mira, te voy a perdonar, pero solo si me invitas a un helado de cucurucho.

Miré alrededor. Pensé de nuevo en las consecuencias de acompañar a una niña desconocida. Pero a esas horas el parque estaba lleno de gente y yo podía pasar por un pariente suyo. Me relajé y me dejé llevar hasta un puesto de helados donde un payaso de nariz colorada regalaba caramelos a diestro y siniestro, atrayendo el griterío de decenas de niños en su zona de influencia.

Nos costó conseguir el helado que quería Celia, en parte por los niños que daban la lata con sus correrías, en parte porque le costó una eternidad decidirse por el sabor que más le gustaba. «¡Mujeres!», me dije, «son así de indecisas desde que nacen. Incluso las adolescentes desconocidas que parecen haberse escapado de una película antigua».

Con el helado entre las manos, me llevó hasta la valla del lago. Observamos en silencio las barcas bogando sobre las aguas tranquilas. Por fin me decidí a hablar.

—Oye, Celia —dije—. ¿De verdad eres la niña que estaba en el parque hace unos meses? No me estarás engañando…

—Pues claro que no, Carlos, ¡nunca te engañaría! —Sonreía, aunque esta vez su rostro se ensombreció—. Pero se me hace tarde y tengo que irme. Quiero que me prometas una cosa…

—Claro, dime…

La noté apagada por primera vez desde que la conociera y pensé que iba a pedirme ayuda por algún problema en relación a su familia, sus amigos, quien sabe, el colegio quizá.

—No tengo mucho tiempo para estar contigo y eso me pone triste. Necesito que me esperes, ¿lo harás?

—¿Esperarte, a qué te refieres? —dije intentando conseguir una explicación a aquella extraña petición hecha por la pequeña en la anterior vez y repetida de nuevo.

No obtuve respuesta. Me lanzó un beso con la mano y se alejó, perdiéndose entre la multitud en pocos segundos. Al principio a paso lento, después a grandes zancadas, y al final a la carrera. Esta vez no se esfumó de forma inesperada, pero su alejamiento fue otra desaparición. Aquella niña tenía la virtud de entrar en mi vida de improviso y desvanecerse a continuación como por encantamiento.

Volví a casa despacio, sin mucho interés por llegar. El ático, durante años ansiado por mí, ahora se me antojaba un lugar vacío y silencioso. Los problemas en el trabajo habían cambiado mi forma de ver los espacios familiares.

Pero era el extraño vacío que había dejado en mí el misterio de la niña-adolescente Celia lo que hacía que la sensación de soledad se multiplicara, dejando una inquietud que no desaparecería en una noche, como en la primera ocasión. Le di vueltas durante mucho tiempo. Pasaba cada día por la zona del parque donde la había encontrado. Me preguntaba una y otra vez sobre la forma de hablar, de mirar, de comportarse de la chiquilla —no me parecía que fueran las propias de una niña de su edad, igual que ocurrió con la pequeña Celia—, pero no llegaba a ninguna conclusión. Cuando creía haber encontrado una explicación, me quedaba en blanco y volvía al punto de partida, como en una eterna jugada de parchís.

De pronto, mi situación en el trabajo cambió. La rueda de la fortuna volvió a darme la cara y gané un par de operaciones que renovaron la confianza de mis superiores en mí. A principios del invierno ya había olvidado a Celia y sus extravagancias, trabajaba de nuevo catorce horas al día, y en Nochebuena no pegué ojo preparando una propuesta de negocio revolucionaria. «Todo un planazo», como apuntó mi amigo Andrés cuando le comenté lo que haría esa noche.

Para regocijo de mis jefes y el mío propio, la propuesta fue un éxito y mi vida volvió a la total normalidad.

* *

LA TERCERA VEZ que vi a Celia fue como un rayo de sol después de la tormenta. La vida se llenó con su magia por unas horas, ese tipo de magia que genera ilusiones saliendo de la nada, como sale el conejo de una chistera. Fue en el mes de noviembre del año siguiente.

Ya no recordaba que hubiera existido una niña, y menos una niña-adolescente, Celia. Durante los últimos meses mi afán se había centrado en el trabajo y había perdido el norte en lo referente a las personas. Solo yo importaba.

Esta vez no la encontré yo a ella, sino al revés. Tampoco el escenario fue el de las dos primeras veces.

Salía de la oficina y observé la densa cortina de agua que caía del cielo. Había planeado volver caminando a casa, pero decidí coger un taxi. Miré a ambos lados de la calle, pero no vi señal de una sola luz verde. Iba a cruzar al otro lado cuando observé a una muchacha que se acercaba a la carrera.

—¡Carlos! —gritó.

Observé a la joven y me detuve. Supuse que se trataría de otro Carlos, ya que no creí conocerla de nada. Sin embargo, ella sí parecía conocerme a mí. Se acercó y me dio un ligero beso en un gesto cordial, mejilla contra mejilla, como una vieja amiga.

—¿Dónde te habías metido?, llevo tiempo buscándote… —dijo tras deshacer el abrazo—. Pero estoy calada hasta los huesos, ¿por qué no entramos en algún sitio antes de que coja una pulmonía?

Su voz me trajo un recuerdo dormido, aunque no me dejé llevar por la emoción que nacía en mi estómago y que amenazaba con subir hacia arriba presionando el corazón. Me tomó del brazo y entramos en el Café de Oriente. Conocía el sitio bien y, aunque estaba abarrotado de clientes que huían de la lluvia, conseguí una mesa al lado de la calefacción.

…………………

SINOPSIS

Las ausencias de Celia es, básicamente, una historia de amor. Pero no de un amor al uso, sino de una pasión entre personas que pertenecen a diferentes tiempos que se entrelazan entre sí. Una historia que se observa imposible desde el principio y que llevará a su protagonista masculino, en un primer momento, a la desesperación y al delirio. En su segunda parte, le llevará a recorrer los vericuetos de un Madrid antiguo dónde encontrar las respuestas a un misterio que comenzó mucho tiempo atrás.

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