La Cruz de Monte Cassino

La Cruz de Monte Cassino

Cristina Pajón

20/04/2020

Hacia fines de 1947, en el campamento para las Fuerzas Armadas Polacas en Suffolk, al sur de Inglaterra, mis abuelos recibieron la carta de una tía, navegante adelantada a estos confines, quien ya ubicada en las afueras de Buenos Aires, con entusiasmo, revelaba: “Aquí, las papas crecen todos los años”.

Provenientes de familias campesinas, ambos sintieron el llamado de la fertilidad: quisieron conjurar en forma definitiva todos los fantasmas del hambre y echar raíces en donde la vida sí iría a germinar.

Las naves estaban quemadas. No había forma de volver a Polonia ocupada por los rusos y donde el hielo del invierno solo permitía una cosecha cada cuatro años.

Así fue como, sin equívoco, Argentina, tan extremadamente al sur, se convirtió en el norte de sus corazones viajeros, y la papa, en la razón de que hijos y nietos naciéramos aquí.

A comienzos de los 50, cuando el sur del Gran Buenos Aires era más campo que urbe, mi abuelo pudo construir finalmente la casa familiar. Pero, la muerte, a la que había sabido eludir en tantas batallas, lo sorprendió ordeñando sus vacas, con menos de diez años de inmigrante en Argentina.

Fue en aquella casa, en la noche de Navidad del 74, que encontré la caja de lata en el ropero de la abuela, mientras jugaba con mis primos.

Hacía calor y la mesa se había llevado al patio, debajo de la parra. Las ventanas se habían abierto de par en par para escuchar mejor la música del combinado. La tía Teresa había puesto nuevamente las Danzas Húngaras de Brahms (supe su nombre muchos años después). Con mis primos bailábamos frenéticos, mezclando el estilo cosaco con el de la tarantela en las partes rápidas, para luego mecernos abrazados con los violines melancólicos, hasta que el novio de Teresa, indiferente a nuestros gustos infantiles, puso fin a la fiesta cambiando el disco por uno de baladas románticas.

Volvimos protestando por lo bajo a lo que hacíamos antes del baile. Mi primo Ricky, a perseguir al pobre Chicho, el viejo perro de la casa, para intentar pincharle los ojos con escarbadientes, aunque la abuela le adivinó la intención y lo llevó de una oreja a sentarse a la mesa; mi prima Lucy, a tomar los restos de sidra de las copas; y yo, a pedirle una vez más a mamá que me dejara salir a la calle porque los vecinos del barrio estaban armando un muñeco que rellenarían con petardos para las doce. Esta vez me dijo que sí, pero creo que lo hizo para que no molestara más.

Mi entusiasmo por salir se cortó en seco al ver que el largo pasillo hasta el portón de calle estaba en penumbras. Decidí volver a la mesa para buscar a Ricky, pero al verlo cabizbajo, con las orejas coloradas y moqueando, cambié de parecer.

Mamá notó mi cara de decepción y me sugirió que jugara a las escondidas con Ricky y Lucy que, aburridos, empezarían a pelear.

Mientras Lucy contaba en voz alta en el patio, Ricky y yo corrimos a escondernos dentro de la casa. Él se quedó en el comedor y yo entré al cuarto de la abuela sin saber qué hacer. Decidí meterme adentro del ropero y dejé la puerta apenas entreabierta. Acurrucada entre vestidos y abrigos, al estirar un poco las piernas, las puntas de mis zapatos chocaron contra algo que sonó ahogadamente a metal.

Cuando Lucy entró a la habitación, yo ya había salido de mi escondite y, arrodillada en el suelo, hurgaba el contenido de la caja de lata en la que solo parecía haber fotos y papeles.

Lo primero que encontré fue una foto en sepia de la abuela cuando era joven, del brazo de un hombre alto y sonriente, muy elegante, con uniforme militar. Ella sonreía también, aunque con cierta timidez, sin mirar hacia el fotógrafo. En su brazo derecho descansaba un ramo de flores blancas. Los dos llevaban unos moños prendidos en la solapa y él, además, una medalla del lado del corazón.

Seguí buscando en la caja y palpé, al fin, algo que podía ser interesante. Envueltas en un pañuelo de seda, había dos cruces y dos estrellas de bronce. Ricky se puso ansioso porque quería las estrellas para jugar a los vaqueros, pero Lucy prefería que jugáramos a dar la Misa de Gallo con las cruces.

Nuestros planes duraron menos que un suspiro. La abuela entró y al ver la caja en el piso, pegó el grito al cielo. Su voz se aflautó como si una mano invisible le hubiera aprisionado la garganta, pero aunque quiso retarnos, extrañamente no encontró las palabras apropiadas y solo alcanzó a ordenarnos que saliéramos al patio de inmediato. Crucé a mamá en la cocina, cuando iba a ver a qué se debía tanto alboroto y la abracé fuerte. Ella me separó con suavidad y me dijo que volviera a la mesa, que hablaría con la abuela.

Regresaron juntas al patio. La abuela traía la caja apretada contra el pecho. Su mirada se había dulcificado, así que, aliviados, corrimos a su lado. Sacó la foto en sepia. Había sido tomada el día de su boda y nos contó que el abuelo llevaba prendida en el pecho una de las cuatro medallas que había recibido por su valentía en la guerra. Esas que habíamos visto en la caja envueltas en seda. Fue entonces cuando oí por primera vez el nombre “Monte Cassino”, asociado a una de las cruces.

Una salva de fuegos de artificio y estruendosos petardos que preludiaban las doce acallaron el relato de la abuela para acaparar la atención de todos. Quizás porque la caja ya no guardaba misterios para los niños, en un solo instante, pasó al olvido. El presente, concreto e imperioso, se impuso sobre aquel pasado ingrávido. Afuera todo era bullicio y alegría. Teresa empezó a llenar las copas para el brindis, mamá se levantó para servir la ensalada de frutas y la abuela, en silencio, cerró la caja.

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