Nunca pensé que el mar fuera tan importante. 

Tal vez siempre lo fue , pero opté por no decírmelo para evitar el dolor de decirle adiós , para no torcer el timón y volver a mi primera felicidad, mi papá.

Recuerdo la vez que fuimos-los cuatro- al Yatch Club de Pucusana. Todo resplandecía, papá reía conservando su mirada inocente y delicada, llevaba unos pantalones cortos de deporte celestes como su Ford Taurus. Celestes como la bata que llevaba el último día. Como el cielo. Al menos yo estaba en el cielo.

Ese fue el día más feliz de mi vida ; recuerdo haber deseado que nunca acabara, para ver siempre a mi papá feliz. Yo lo quise mucho, de un modo profundo y distante, como si no fuera mi papá. Nunca pude albergar ningún sentimiento hacia él además de una profunda compasión. Como si quisiera abrigar su fragilidad en mi alma.  Cuidarle esa mirada .

Con el paso de los años, su vulnerabilidad y la neurosis de mamá habían tomado mi mente, mi atención y mi corazón por completo. Había que irse. Tomar aire, por no decir desintoxicarse.

-Lima nunca será la misma sin mi papá – le dije a Cecilia (mi confidente  de aquel entonces) la última vez que la vi, temiendo que él enfermara de pena por mi partida. -Vive para mi-agregué. 

Pocos meses después, se había ido. 

Aquí, en Bogotá, hablaba poco de mi tierra, no me gustaba extenderme, hablar de la familia y esas cosas… Se me quebraba la voz y me confundía. Dejé de hacerlo y decidí no regresar a Lima. Hasta perdí el acento, era imposible recrearlo, ni siquiera las palabras, la jerga… Era mejor no recordar nada.

Regresé a Lima 12 años después. Fuimos al cementerio todos juntos, la esposa, las hijas y los nietos. Como no estuve en el entierro, lloré frente a la tumba como si acabara de irse. Un llanto sobrio, sin desesperación. Un homenaje, recordándoles a ellas lo noble que era. Lo mucho que calló y aguantó. Lo mucho que a mi me hirió verlo aguantar.

Ciertamente Lima no era la misma. Ni yo tampoco, la tragedia de perder así al ser más frágil y noble que había conocido, detuvo el consabido devenir de mis años. La actriz, la joven , la impetuosa se vieron diluidas por el dolor de semejante injusticia. 

Muchos atardeceres me quedé quieta mirando al mar desde el malecón, conversaba con él tratando de encontrar algo de papá. Alguna respuesta, algo, que justificara lo vivido . A veces aparecía de la nada su olor en mi piel. Podía reproducir su ronca voz exacta en mi mente.  Su carcajada y sus ojos líquidos, idénticos a los míos. Otras no encontraba nada que me hablara de él. Ni de mi. El mar me daba por toda respuesta el rumor de su oleaje melancólico bajo la gran nube gris que cubre Lima en invierno. Y me quedaba ahí, insatisfecha, desesperada mirando el horizonte , conversando con el mar, hablándole con el cuerpo, con pensamientos, con lágrimas. Él siempre igual. Abrazándome sin decir palabra , meditando en el viento.

Había dejado Colombia en un arrebato , con la esperanza de encontrar fin al dolor de la separación en la realización profesional y todo tipo de expectativas que llenaban mi imaginación de colores y formas por venir.

Anhelo de reunión. Necesitaba volver a hablar como peruana. Sentir nuevamente el gusto por la comida y mi cuidad ; recordar la niñez paseando por lugares comunes, la calle del apartamento de Lince, donde crecí, donde solía visitar a papá los últimos años para tomar café.

Pasé varias veces por esa esquina, con mis pasos y con la memoria. Sola algunas veces y otras con los niños. Y les hablaba de mi. De la abuela y de mi papá. Que no alcanzó a ser abuelo. De lo difícil que era todo en esa época, de lo fuerte que era la abuela y de cómo lloró papá cuando supo que estaba enfermo.

Una vez fuimos a la Trattoría La Romana, papá nos invitaba a comer ahí cuando tenía dinero. Mamá se mostraba más alegre que de costumbre. Y éramos felices todos. Sobretodo mi hermana Claudia y yo. Celebrábamos que había dinero y podíamos comer así de rico. 

Hay una parte de mi que se forjó en otro lugar, una parte de mi que fue tallada por Colombia , por sus aires, su sol ardiente, sus montañas, los hombres de mi vida y nuestros hijos.

Esa parte es tan grande… No, no es grande, es enorme. Se me sale del pecho con solo respirar evocando los partos de Muriel y Amaru, a sus padres en plenitud, al Yoga y los caminos iniciáticos que luego recorrí a fondo de la mano de seres que con su profundidad espiritual , me llevaron a parirme como mujer, artista, guía, madre y devota.

El mismo atardecer limeño se repitió durante dos o tres años , la conversación con el mar y la búsqueda de respuestas. De papá no se habló más. El regalo más grande que me dejó fue quebrar mi corazón con el dolor de su trágica partida, dolor del cual no me he recuperado jamás. Sólo en esa fragilidad y desamparo me dejé tomar por la fuerza creadora para darle un sentido nuevo a la existencia . Llegando así Muriel , como primer grito de supervivencia.

La última tarde conversamos una vez más. -el mar y yo-  Me había rendido por fin a la inminencia de una nueva partida. 

-La maleta que traje de Colombia es muy grande. No cabe todo aquí. He tratado pero no hay espacio para todo. -le dije al mar que me miraba impávido como siempre, esta vez, reflejando al sol. Reflejando a papá -caí en cuenta. El sol brillaba igual que aquel día en el Yatch Club de Pucusana. Y el mar reflejaba su infinita y desgarradora belleza.

Y no sé si mi papá …o el mar…o los dos al unísono…. me respondieron por única vez :

-Te veré al otro lado.

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