La tierra prometida

La tierra prometida

Shura

16/04/2020

Corrían los años sesenta y yo, que apenas era una adolescente, volvía con mis hermanos de un viaje estudiantil que nos había llevado a recorrer varios países europeos. Por aquellos años las travesías largas se hacían en barco. Éste  en realidad era lo que llamaban un paquebote de bandera francesa, mitad buque de carga y mitad de pasajeros.

Para mí era todo novedad, experiencias que jamás hubiese soñado vivir y que, aún hoy, no dejo de agradecer a mi padre por su generosidad y amor por sus hijos

Una mañana de las tantas en cubierta asomé mi cabeza para ver la pequeña cubierta inferior. Para mi sorpresa estaba llena de personas, hombres, mujeres y unos pocos niños, sentados al sol. Caras serias de piel curtida por el trabajo duro y miradas huidizas y muy temerosas.

Me detuve a observar. Las mujeres vestidas de negro, con pañuelos también negros cubriendo sus cabezas. Los hombres con pantalones raídos y oscuros, encorvados como si llevasen un peso insoportable sobre los hombros. La escena era sobrecogedora. Aún hoy vuelvo a sentir esa sensación de pesadumbre teñida de negrura de quien no sabe lo que encontrará al final del camino. Decidí bajar para tocar de cerca lo que desde mi lugar privilegiado de niña rica no alcanzaba a comprender.

Eran españoles. Habían subido en Vigo, huyendo de la dictadura franquista en busca de un mundo mejor. En aquellos tiempos era muy frecuente escuchar la frase  «vamos a hacer la América». Todas las esperanzas estaban depositadas en esas tierras fértiles que abrían sus brazos a todo aquél que quisiera refugiarse en ellas.

Me detuve a observar a mi alrededor sin dejar de sorprenderme la profundidad de las miradas. Atraídas por el horizonte, algunas huidizas y asustadas pero la mayoría cargadas de expectativas y con un brillo especial mezcla de temor y esperanza. Miraban el horizonte con la ansiedad de quien espera ver la tierra prometida y al hacerlo yo imaginaba que así debió sentirse Cristóbal Colón  cuando vislumbró esa pequeña línea marrón que denunciaba la presencia de la tierra.

Sumergida en mis pensamientos me sobresaltó el llanto de un bebé. Su madre lo sostenía en su regazo y mientras lo acunaba le cantaba casi en un susurro una canción. 

– «Duerme, duerme mi niño que pronto llegaremos». – «Duerme, duerme mi bebé que doradas espigas nos esperan».

Más allá un grupo de hombres jugaban a las cartas y discutían cuáles serían los mejores pasos a dar al llegar a destino. Mientras en otro rincón unas mujeres se dedicaban a tejer con ganchillo.

Allí estaba ese puñado de personas desterradas, arrancadas de su terruño y obligadas a emprender una dura aventura cargada de esperanza.

Han pasado muchos años. Cuando miro para atrás  vuelvo a ver aquellos rostros. Evoco la escena que se despliega ante mis ojos como si ayer la hubiese visto por primera vez. Y una vez más la imagen de la esperanza reflejada en esos otros ojos que me enseñaron lo que yo no conocía de la vida.

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