MÁS ALLÁ DE UN AMANECER

MÁS ALLÁ DE UN AMANECER

VITRALES DEL ALMA

07/03/2020

Aún recuerdo el olor a hierbabuena, las piedras redondas y coloridas que se hallaban a la vera del camino, el tapete verde hojarasca, y los árboles de eucaliptus que casi tocaban el cielo.

¡Verdadera catarsis!


Los Martínez, los Rodríguez y los Suárez. En fin, grandes familias, que a la vez eran pequeñas, ya que en el poblado habitaban solo veinte, entre ellas la mía. ¡Nada de esas almas respira hoy este pueblo!

¡Y esa paz, única e irremplazable, que solo anida en el mar de los recuerdos, fue desplazada inmisericorde, por el piélago oscuro de la inseguridad, el dolor y el miedo!

¡Quién diría! ¡El miedo! Ese tentáculo que cercena la garganta y obliga a hablar bajito. ¡Porque hasta las paredes escuchan y hasta los muertos hablan!

Aquí, en ésta mesa de roble, dura y áspera como la voz del tiempo, servían los ancestros: viandas, vino y pan. Era tal la hermandad, que mi familia y la de los Rodríguez, que quedaba justo al frente de mi casa, juntaban dos mesas, extendiendo sobre las mismas, manteles inmensos, formando una larga y extensa, como extensa eran sus almas.

Muy cerca, y al abrigo de una noche estrellada, bajo la luz del sagrado satélite, prendían una hoguera, aprovechada por niños y adolescentes. Quienes veían en sus llamas, la fuerza del dios del fuego. Las jóvenes cruzaban sus sedientas y habidas miradas, con los amantes del momento. Y los viejos, reflexionaban al vaivén de la llamaradas, sobre el apogeo o deterioro de sus vidas, guardando dichos instantes, en el intenso de sus pupilas.

¡Gloriosa juventud! ¡Tiempos postreros!


El destino se encargó de ubicar mi vida entre dos siglos. Por ello, puedo hablar con propiedad sobre la paz en el alma de los viejos, y la zozobra y  en la de los jóvenes.

Don Olegario, según las malas o buenas lenguas, empleado de un banco, quizás el primero que se fundó en este poblado, pedía a viva voz “cerveza para todos y dulces para los niños” extrayendo al unísono de su amplio pantalón, una bolsa con dinero; morocotas le decían en ese entonces. Le miraba caer sobre la mesa de la borrachera, y nadie quitaba un céntimo de su bolsa.

Los viejos se fueron, arrastrando los buenos tiempos. Llegó la violencia, vestida de negro y rojo púrpura, arrasando con la vida de niños y adolescentes. ¡El temor a perder la vida a la vuelta de la esquina, hace sudar el espinazo!

¡Los viejos entierran a sus hijos, y no al revés, como ha de ser!

La delincuencia invadió el poblado, bares y música cantinera se escucha por doquier. La tranquilidad, ama y señora, abruptamente destruida por el bullicio de los parlantes, cedió el paso a  fuertes alaridos, que más que música, son horribles y centelleantes chillidos, que asemejan sin querer,  las trompetas del inframundo. 

Sobre la montaña que se miraba en el amanecer como un manto blanco de nieve, se vislumbra el campanario de una parroquia. Su arquitectura lisa y simple la hace casi que imperceptible, salvo su atalaya de imitación colonial, que en semana santa, repica como un lamento.

Lo más llamativo y que perla mi mente de gratos recuerdos, es el atrio. Allí, en pasarela, uno a uno, actores desconocidos, ventilaron la genialidad de sus cualidades, frente a un público que por su intelecto, no entendía, lo que quisieron expresar.

Sobre el manto verde hojarasca, muy cerca de mi residencia, se levantó una Iglesia. Guarda en su interior delicadeza y belleza. Igual, posee un atrio, donde gente de la zona, representaba en vivo las escenas del calvario.

La religión floreció, haciendo entrever, que conocen y dominan el camino a la espiritualidad, cuando en verdad, éste anida en el alma del ser y no requiere intermediarios. 

¡Violencia, que silenciosa se zambulle entre hostias y rosarios!

Y así fue, como la hacienda de mis padres, fue divida en extraños cuadritos de ajedrez, que hoy se conocen como barrios, ubicados al sur, de la gloriosa “Atenas Suramericana”

Al unísono con el desplazamiento del ser y el transcurrir del tiempo, se arrasó sus valores, siendo  lentamente desplazados por redes de violencia, corrupción y maldad, lanzandolo a un mundo transformado, un mundo desconocido, donde la maldad de las almas,  aventaja sin conmiseración, la bondad.  

¡Hoy,  se zambulle entre grillos, rejas y cadenas mentales, ya no piensa, no huye,  solo espera la luz de un amanecer como un verdadero milagro, una nueva resurrección!

* Imagen tomada del muro de Angel Rafael Mendivelso.

FIN.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS