Domingo, 6 de agosto…

Domingo, 6 de agosto…

No era Berlín, ni las calles vueltas junglas en primavera.

No era su aroma fresco mezclado con el humo del pitillo, ni era el ruido, ni el silencio que coexistían en aquella ciudad.

Era yo.

Era el sentimiento que me venía cuando iba por aquellas calles de artistas y cafés coloridos y entonces, me sentía emocionada, como si hubiera encontrado todo lo que quería.

Era yo, cuando entendí que, en la soledad del viaje, me encontraba a mí misma, lo que era el núcleo de mi persona, la curiosidad eufórica que hacía que la sangre me hirviera y tenga la suficiente energía para pedalear e irme en bicicleta por todas las avenidas y pasar entre los autos de manera letal.

Me sentía inmortal en la mortalidad de las tardes.

Me sentía libre en mi alma, como si el peso del miedo de no lograr nada se hubiera muerto atropellado por las bicicletas detrás de mí.

Qué ligero era el aire, mi bicicleta, me sentía volar, flotar entre las nubes, en el cielo azul.

Todas las canciones eran felices y yo era feliz.

Nunca había estado tan enamorada de mí y de mi vida, tan enamorada del aire de los domingos y las gotas de transpiración que saltaban de mi frente a mi escoté.

Te prometí cada noche que me iba a acordar de ti, que te iba a llevar conmigo.

No era Berlín y sus noches interminables en el metro, era yo que no me terminaba en las noches.

La sed de convertir a cada persona que encontraba en algo atípico. Y entonces mientras caminábamos, mientras esperábamos el semáforo rojo, mientras pasábamos el parque, mientras nos echábamos en el césped o mientras nos perdíamos en la multitud de una manifestación, les recitaba poesía. Entonces volteaban y me decían que nunca habían conocido a alguien tan volátil y fugaz, que tenía flores en el cabello , que iba dejando caer lentejuelas de diamantes por las avenidas inmensas. Que si me quedaba me volvía en un monumento histórico de la ciudad, algo así como «la persona que debes conocer si vienes a Berlín».

No querían que me marche, ni ellos, ni Berlín.

Sin embargo lo hice una madrugada, cuando ellos ya dormían, cuando la ciudad cansada no se dio cuenta que la dejaba.

Y mientras el metro pasaba y el viento soplaba susurré: » Prometo volver cada vez que me pierda, para encontrarme, una vez más, en ti».

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