Por las calles de Shanghái

Por las calles de Shanghái

Ponto

11/02/2019

Por el camino de Ningbo de regreso del Gran Teatro Chino, voy en busca de lugares invisibles y de personajes encubiertos, observo las marcas secretas y una pálida y joven mujer oriental se cruza de brazos frente al edificio del Bershka.

Me pierdo en el callejón sin nombre atraído por el espacio vacío, un tendido irregular de cables y aire-condicionados en todas las fachadas, letreros en chino enmarcados en breves toldos de tela.

La empleada del servicio de limpieza vestida de azul claro estaciona su carro anaranjado junto a una fantasmal fila interminable de motos y hace empezar el día en el barrer de los papeles sobre el cordón de la vereda, su movimiento se transforma y hace aparecer a la joven modelo con un barbijo blanco cubriendo su boca y una taza plástica de café en su mano, cruza la calle detrás de las bicicletas amarillas junto al local de SFK.

un viejo se duerme en una silla en la vereda

unos repartidores discuten a la salida del local

Una madeja de cables y caños recortan el cartel verde que indica la dirección con el número romano 29 y unos caracteres del alfabeto chino, unos centímetros hacia la derecha un ángulo de 90 grados se forma entre la pared de la construcción original un tanto venida a menos y el nuevo cartel del comercio que sobresale unos 50 centímetros hacia la acera, un caño atraviesa el cartel sobre el costado y los tubos que salen desde los ventiladores por arriba del cartel ingresan mediante un orificio poco disimulado en su frente, ambos alimentados por un manojo de cables que conecta ambos locales.

Entre el 27 y el 31 se ubica el 29. Un pasillo angosto y profundo con muy mal aspecto como frontera neutral entre dos locales de comida y el ventilador tapa el cartel antiguo de la fachada donde la hoja de una ventana de madera en color bordo permanece abierta.

Un lavamanos en la vereda con una manguera celeste debajo, signos repetidos del bienestar soñado en el local que externaliza sobre la vereda parte del circuito de su cadena, el lavado se hace en una pileta en la misma vereda y el agua cae desde un caño que viene desde el piso superior, se trata de apurar la venta no hay tiempo para perder en relojería.

El comercio devora la ciudad, vertiginosos los comercios desbordan la estructura y la infraestructura de la ciudad, el espacio y el tiempo son sobrevendidos y sobreexplotados en cada milímetro del paso, todo ápice de energía social es abocado al comercio de un modo furioso en pequeños suspiros de gente anónima; la vocación profunda y cruel del progreso devora la ciudad y a sus hombres.

Los peatones y los vehículos conviven en una ciudad ajetreada y sin muchos espacios aislados, recuerdo las palabras del sociólogo alemán sobre la supresión de los espacios vacíos mientras me veo forzado a caminar por la calle ante la vista de la congestión de las aceras y los autos pasan tan cerca de mí que no puedo evitar el permanente temor de ser impactado por un auto o una moto en cualquier momento.

Ropa colgada hacia la calle en los edificios del centro, confluyen en los edificios el uso personal y el uso comercial de las viviendas, todo está perfectamente integrado, la vida comercial es parte del estilo de vida de la gente, no se diferencia la vida civil de la actividad profesional, es todo parte de un único flujo social.

Comerciantes y jóvenes profesionales a toda marcha se sumergen en el estrepito del día mientras la gente mayor se sienta en las veredas sobre sillas de madera o de paja sin sospechar que entorpecen el paso, dialogando tranquilamente sobre asuntos cotidianos, imbuidos en el metier de las cosas bajas.

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