Veinte de octubre

Veinte de octubre

Esteban

08/02/2019

Todas las noches eran aquel veinte de octubre, su perpetua, constante repetición. El vestido rojo, ruido de tacones, los dientes volando y corre que te corre; para cuando se oyen las sirenas ya están en la habitación. Allí su pelo rubio, mojado, envoltorios de chocolatinas entre las sábanas y la televisión tan alta que toc, toc, llaman a la puerta, pero tranquila, que no es nadie, y se deja abrazar, y la noche pasa, el sol sale, se pone, todo comienza de nuevo.


–Ella estaba allí, Diego, en la acera de enfrente. Me miraba, vi que me estaba mirando. De repente, cruzó y se me echó encima, me decía cosas, no entendía nada. Ella me soltó y ya, ya… francamente, yo no había hecho nada especial. ¿Por qué yo?

–Tú, al contrario que la gente, no esquivas la mirada.

–Sí, no sé.


Hubo más y mejores noches, pero esa fue la primera. Cogieron una habitación en el Asteria, aunque no follaron. Se la pasaron atracando el minibar y comentando la vida de las celebrities que salían por la tele, se quedaron dormidos sin proponérselo en mitad de una película francesa.

Antes de todo eso, vinieron unos pómulos a clavarse en su esternón y esos ojitos de panda que miraban hacia arriba. Lo de aquel pirado que se acercaba corriendo con un martillo y cómo él se interpuso sin dudarlo. Fue puro instinto animal, testosterona al servicio de la especie, un tremendo gancho de izquierdas y ¡vhámonoss, no quedess mirrando! Ella supo que después de eso no tendría ni que pedirle que la acompañara.

Se llamaba Anna y por la mañana, entre huevos fritos y tostadas, le habló de su casita blanca, el prado verde a las afueras de Kiev y el día en que tendría lo suficiente para volver, porque traerlos imposible. Se repitieron los desayunos y con el tiempo empezaron a prometerse cosas, entre ellas, que él nunca le haría elegir, que sabía lo que había y aprendería a vivir con ello. Pero las noches comenzaron a hacerse largas y qué bonito sería si se despertasen cada día juntos. Él no andaba sobrado, pero podrían alquilar una casa en algún pueblo donde la vida fuese más barata y nadie los conociera. Quizás una con un pequeño jardín que le recordase a Anna su tierra. Sí, eso estaría bien. Allí tendrían que encontrar otra cosa, claro. Podrían montar un negocio, tal vez una tienda de pasteles, ella cocinaba tan bien…


–¡Ha llamado!

–¿Quién?

–Anna, no se ha atrevido a hablar, pero era ella.

–¿Estás seguro?

–Sí, he reconocido su aliento.

–Ya

–¿No me crees?

–Sí te creo, pero por qué iba a hacer eso. Tienes que empezar a ver gente, chicas. Vas a salir conmigo, vas a hacerme caso, ¿me lo prometes?


Todo se resolvió con flemática sencillez. Eso le torturaba.

En sus desvelos recordaba a aquel tipo, le imaginaba acertando el golpe. Este cuajaba en un par de puntos, una cicatriz para recordar… poco más. ¿Y ella? Ella escapaba desvaneciéndose como un fantasma entre el neón, como si jamás hubiera existido.

Otras veces se contaba a sí mismo que su chulo se enteró y no les quedó más remedio que huir. A pie, a caballo, en tren, en barco. Había un intercambio de personalidades y de maletas, y un hombre al mando de quinientos sicarios que se llamaba Pierre o Dimitri. Toda precaución era poca y, como se vería después, inútil. Estaban atrapados desde el principio. Un tipo con sombrero de fieltro gris perla había puesto micrófonos bajo los platos, lo sabía todo. Sin escapatoria posible, Anna volvía a la calle para salvarle la vida, ese era el trato. Lo abandonaba, sí, pero lo hacía por amor.

Hizo caso a Diego y empezó a aparecerse en reuniones sociales, ocasionalmente fiestas, la exposición de algún conocido que insistía. En cualquiera de ellas resultó Lucía. Ya se conocían y nunca pensó en la posibilidad de acostarse con ella, pero esta vez le pareció que podían hacerlo por probar. Le gustaban sus fanzines de poetas rusos y la manera que tenía de arrastrar las últimas sílabas al hablar, como invitándote a darle la razón. Siguieron viéndose y Lucía empezó a convertirse en una posibilidad, él a plantearse todas aquellas cosas que uno se plantea después de los treinta.

Tenía que pasar página y el aniversario de la noche de autos –esta vez el calendario acertaba– le pareció un buen momento para hacerlo. La fecha exigía, pensó, algún tipo de ritual o acto simbólico. Cuál, no sabía. Perdido en sus cavilaciones, empezó a caminar hasta que el peso de la ciudad lo escupió en aquella calle. Se sentó en la terraza de la cafetería Loren, que curiosamente ofrecía una panorámica perfecta: justo enfrente de la puerta del hostal, dejando a la izquierda, calle abajo, la farola donde ella solía parar. Sin saber qué había ido a buscar, aguantó hasta la madrugada, cuando rompió a llover, y ni rastro de Anna. Se dijo que eso era todo lo que necesitaba saber, que algo había cambiado. De vida, de trabajo, de calle o incluso de novio. Pero algo.

Luego se metió en la cama y la noche pasó sin Lucía, que estaba fuera, y la eternidad no se detuvo. Un viso de felicidad dominaba su cabeza. Cerró los ojos, era la misma calle, el sol de la mañana terminaba de secar los charcos del día anterior. Entre la muchedumbre, el vestido rojo, la manera de caminar, esas gafas de sol que compraron en el viaje a Menorca. Un titubeo de siluetas le dejó ver su rostro de perfil y pudo intuir una sonrisa en la comisura del Velvet Lip-Glide. El niño que antes no estaba apareció para caer al suelo. Ella se paró y sacó un pañuelo para limpiarle la herida, mojó la tela con su saliva y aprovechó para apartarle el pelo de la frente. Allí estaban, agachados a sólo unos metros. Hasta ella lo miró por un instante, como de soslayo; fue espantoso.

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