Sucesos de la vida de un vendedor

Sucesos de la vida de un vendedor

Isaí Gutiérrez

28/12/2018

¿Como podría entrar en detalles siendo un día como cualquier otro?

Estoy aquí, sentado en un suelo muy común, fácil de encontrar en varios lugares, enfrente de muchos puestos que, no escasean de venta pero tampoco se hacen ricos, y la verdad no sé si es conveniente tener un negocio que sí me pueda mantener pero no me hace prosperar, tampoco tengo segura mi ganancia y no sé cada cuanto la gente me comprará.

Veo pasar a todo tipo de gente; jóvenes sin qué hacer, mujeres adultas que sólo ven qué pueden contar a sus veteranas compañeras, y hablar mal de mucha gente, también veo a hombres adultos tratando de ignorar la desgraciada vida que ellos creen llevar, sólo se dejan manipular por el trabajo, esperando que en algún momento la muerte los sorprenda mientras se hunden como esclavos en la labor, también, veo niños y niñas que parece que no tienen papás, y sí los tienen, pero, ¿Qué importancia les dan?

Recosté mi espalda sobre la pared al mismo tiempo que elevé mi mirada al gastado techo, y en mi contexto no habían más que unas camas que mi mamá vendía y unos viejos muebles, uno encima de otro, se encontraba todo lo que necesitarías para abrir una buena venta de carnes y embutidos, y sí existía pero se había terminado por alguna razón, un cilindro de gas, amarillo como los girasoles, una bicicleta de muy hermoso estilo antiguo, mientras que una mosca recorría el ruedo de mi pantalón. Y comparé minuciosamente la trayectoria de vida de una persona con el universo entero, y no es más que una pizca de arena comparándola con la hermosa tierra que habitamos.

En las paredes habían muchos anuncios de marcas de carnes y verduras, y unas manchas de colores que al momento no sé de donde provenían, y una fachada de color amarillo, había una estufa con tres botones, pero uno no le funcionaba, mucho polvo en un ambiente de rutina, eso es en todo lo que me encontraba.

Y no faltaba el tan común pero querido ruido que se acostumbra a escuchar en medio de muchos puesto de venta, pero todos eran tan distintos. Las típicas señoras que se sientan a charlar en la banqueta, las motos estacionadas, cubiertas del insoportable calor de la mañana, el escándalo de la maquinaria incómoda de la carpintería, que ha acostumbrado tanto a mis oídos, que se ha vuelto inaudible, el tumulto de los neumáticos cuando un carro pasa, y el niño pequeño que va por las tortillas de la mañana mientras hace sonar las monedas que lleva envueltas en sus manos.

Enfrente de mí, un llamativo cartel que decía “No te compliques, las sabrosas pechugas rellenas son tan fáciles de cocinar y quedan perfectas para tu almuerzo; sólo calienta y sirve, a tan sólo Q.6.°°”, y un apagador de luz, era negro de lo sucio que estaba.

-¡Ah! Suspiré mientras el aburrimiento me invadía y me decía muchas cosas sobre la lóbrega vida, un perro que me olía los zapatos con las suelas cargadas de tierra.

Sonreía mientras a cada instante pasaba mi amigo Erick, que parecía aburrido de tantas veces que obedecía a su mamá cuando lo llamaba para hacer mandados, yo no encontraba otra forma de evadir el incómodo silencio que sonreír aunque él no me mirase.

Crucé mi pierna encima de la otra y la movía de un lado para otro, como de costumbre, y luego encogía mis piernas hacia atrás cuando alguien pasaba, no me incomodaba, porque sabía que a ellos les pertenecía el derecho de pasar por ahí.

De momento regresó mi mamá, y estoy ansioso por regresar a mi casa, a la recién querida rutina de todos los días… ¿Genial, no crees?

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