En el traspaso intermitente del ser hijo, a ser padre, a ser abuelo, a veces sin dejar de ser el primero, siempre me llamó la atención de una manera inquietante ya que por ahora es desconocida para mí. Es por eso que desde que mí abuelo compró y fundó la pequeña empresa distribuidora (donde en su momento trabajaron mi abuelo, mi papá y 4 empleados, y donde hoy día solo trabajamos mi papá y yo), supe que mi punto de vista sería el primero en completar los 3 ciclos dentro del negocio familiar.

Soy consciente de qué absorber todas las experiencias de ellos es esencial, y eso hago. Pero si hay algo que me gustaría destacar es lo que me dejó mi difunto abuelo, un hombre con vigor y rusticidad tanto física como mental, muy sabio y gentil con sus seres queridos, sin temor de decir lo que piensa pero por sobre todo, un hombre defensor de los suyos.

Uno siempre se queda con las palabras estancadas en la garganta, y son esas palabras las que queman y pinchan por dentro cuando un ser amado se va, tanto que quisiéramos metafóricamente escribir una carta y atarla a un globo para que vaya a donde sea que esté esa persona. Al menos eso pensaba de chico. Hoy recuerdo eso con gran jubilo y añoranza y si pudiera escribir esa cartita en mi mente diría algo así:

Siempre me dabas consejos como si fueras mí segundo padre, con esa característica de sabiduría, fortaleza y firme como árbol bien plantado me decías que nunca me arrepintiera de nada. Aunque te equivoques. Porque de los peores errores se aprenden las lecciones más fuertes.

Pero hoy me arrepiento Gordo. Me arrepiento de no haberte dicho cuán importante fuiste en mí vida. Me arrepiento de no haberte ido a ver una ultima vez por orgullo e inconsciencia de no aceptar lo que te ocurría, y que mi ego me asegurara que ibas a salir fácil de la que estabas pasando. Las enfermedades son así supongo. Me arrepiento de no decirte cuánto aprecié y recuerdo todo lo que hacíamos juntos.

Como me enseñabas a patear la pelota, cuando me hiciste degustar mí primer vino, como cuando nadábamos defendías a mi hermana de mi cuando yo quería molestarla solo para que vos me lances por los aires hasta el final de la pileta, cuando viajábamos hasta tu casa en Haedo, barrio de plena paz y tranquilidad donde criaste a mi viejo y mis dos tías, e íbamos en el auto escuchando cumbia de la vieja, bien asquerosa, esa que tanto nos gusta y nos divierte a los Argentinos de mi edad, vos tenías la mentalidad de joven que quiero tener cuando crezca. Llegando casi a mi adolescencia solías agarrarme el brazo después de comer tus típicos y gloriosos asados, que reunían a toda la familia cada fin de semana, para decirme «Fuuuuuu, que bicep!, que polenta!». Si me vieras ahora Gordo, si tan solo me vieras una vez más con tu mirada azul, hay tanto de vos en mí. Y hay tanto que me gustaría que me pudieses enseñar de vos, o simplemente contar de vos.

Tras tu partida hiciste llorar al hombre más rudo de mi mundo. A la persona más inquebrantable, más irrompible como el edificio más duro y más alto. Verlo derramar lágrimas sobre tu cara pálida y tu pulcro traje negro, fue la imagen más fuerte que me tocó ver, la lección más inamovible de mi mente, el cachetazo más fuerte de la cruda realidad. Fue el «Aprecia lo que tienes, antes que lo pierdas» más real. Tan simple como eso.

Desde entonces nunca supe si mi papá estaba envejeciendo y poniéndose más arisco conmigo, o será que nunca me perdonó que no te pude ver una ultima vez mientras vivías, sin saber cuanto me marqué a mi mismo por eso, o si siempre fue así. La relación estaba tensa. Con tu partida me integré en la pequeña empresa en tiempo completo, es decir paso día a día, todas las mañanas con mi viejo, ¿y que te puedo decir? Casi siempre somos perro y gato. Como vos y él. Pero si vos pudiste convivir con él, entonces también yo.

Por más que existan siempre las disputas uno siempre mantiene firme la visión que había en nuestros ojos de infante. Como siempre uno tiene a quien admirar, yo miraba de chico a mi papá con regocijo y diversión, pero sin saber apreciarlo realmente. Hoy día somos agua y aceite pero cuando llega el momento, las carcajadas nos rodean por que ambos maduramos gracias a vos. Ya somos parte de nuestra realidad concientemente, y fluimos hasta trabajando, como un gran dúo. Todo gracias a vos.

Espero puedas descansar ahora, y que sepas que todo lo que nos enseñaste y dijiste alguna vez, valió toda la pena del mundo, y que tu huella está bien grabada dentro nuestro. Un largo y cálido abrazo.

P.D.: Mirá Gordo querido, que buen equipo hacen tus nenes.

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