Los maté, sí señor. A él, desde aquel mediodía de fuego en que me dejó columpiando la ilusión. A ella, desde que me destetó y me le escapé de esas rejas de tristeza a las que por miedo se aferraba. Con los otros cinco más cercanos, me costó mucho más trabajo mi performance de Caín. ¡Los amaba tanto! Pero recurrí a la frialdad que condicionan la distancia, el tiempo y la no presencia, para darles la estocada final. A los demás, homicidios en menor grado e importancia, los fui matando casi sin sentirlo, con esa naturalidad que brinda la indiferencia y la indolencia. Los más viejos se fueron muriendo solos, y con ellos, toda compasión y amor que compartimos. Ahora sólo me quedan sus retratos como añejas evidencias. Pensé que al matarlos a todos vagaría impune e independiente, que me sustraería a esa carga de conciencia que tarde o temprano aturde a los criminales que asesinan con toda alevosía. Pero no, aparecen en mis sueños, en las memorias que comparto con extraños, en las arrugas y rasgos de mi rostro, en el revivir de mis traumas infantiles, en mis tardes de nostalgia, en automáticos “me gusta” o “me encanta” cada que me doy por vivo en mis posting de facebook. Al volver al lugar donde nací durante las épocas navideñas, sus almas en fiesta me abruman y me abren sus abrazos, sus sonrisas y sus cálidas miradas, y me siento tan vulnerable que no puedo soportarlo más de siete días, y me da por regresar a la cárcel de orfandad en la que vivo recluido desde hace 23 años . También caigo en cuenta que cada vez que vuelvo a mi terruño, funjo para los agonizantes como el pariente ausente que reaparece para prodigar los profanos óleos. No bien retorno a mi refugio citadino, cuando me llega la noticia de que han muerto y me asalta la culpa de que viajé hasta allá para rematarlos. A los recién que van naciendo, los voy dejando vivos para que a su vez ellos sean quienes a mi me maten. Y ya estando acá, en el confort de a quienes no se ve, no se aman, y en mi fantasía de que mi extenso cordón umbilical de mil 500 kilómetros imaginarios se deshace al fin, ella reaparece cada vez más anciana en el umbral de mi prisión y me observa compasiva como a un fallido matricida. Mi cueva obscura se ilumina toda y se inunda de evocaciones en cuanto empieza a hablar. ¿Cómo es que sigue viva, a pesar de mis múltiples intentos? ¿Cómo es que al tragarme mi saliva, se revive el sabor indefinible del calostro? ¿Cómo es que tras de ella, la estela de un pasado con todo y sus fantasmas, se empeña en permanecer en el presente? E irremediablemente caigo rendido ante sus pies como un Edipo y, a juicio de su gracia, peno en vida como un famulicida exonerado.

*Famulicida.- Término inexistente en el Diccionario de la Lengua Española y acuñado por el autor para darle sentido a este texto. Del latín famulus ( familia) y cida (el que extermina, el que mata): El que mata a la familia.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS