Bien, no nos pongamos nerviosos. Esto es un espejo y yo soy el que está delante, por lo que también debo ser el que está detrás. Pero no te conozco. No me conozco. No sé quién soy, bueno sí, creo que sí sé quién soy, lo que no sé es cómo demonios me he convertido en ese tipo que está en el espejo.

Cierto es que tengo la mente muy confusa, mis recuerdos son una nebulosa que no deja pasar la nitidez. Pero entre los jirones de la niebla veo un niño fuerte, de unos cuatro años, con una abundante cabellera rizosa; el pelo totalmente rubio; unos ojos grandes, azules, muy abiertos, absorbiéndolo todo; una nariz de botón, apuntando al techo; mejillas sonrosadas bordeando una pequeña boca. Juraría que soy yo; estoy seguro que soy yo, aunque lo veo tan perfecto que igual se trata de la obra maestra de un pintor híper realista.

No tengo ningún otro recuerdo de mí mismo que pueda ver con claridad. Ni siquiera ese lo veo nítido. ¿Cómo es posible que me haya convertido en el hombre que mira horrorizado desde el espejo?

Es un hombre mayoritariamente calvo. El poco pelo que tiene en la cabeza es de un blanco sucio, tirando a gris, como una nevada en una ciudad después de unas cuantas horas. El mismo color que la barba, porque tiene barba, sí, rala, hirsuta, desgreñada, se ve que no la cuida mucho. El bigote sin embargo es más oscuro, al menos los pelos que le crecen justo debajo de los agujeros de la nariz; el resto se blanquea a medida que se acerca a la barba; si no se fija uno mucho, podrían incluso pasar por mocos.

Y hablando de nariz, amigo mío, a eso tuyo hay que echarle de comer aparte. Eso no es una nariz, eso es una frontera, la Cordillera de los Andes separando Argentina de Chile. Ya me contarás para que necesitas un respirador tan aparatoso. No es extraño que todo el resto de elementos que componen la cara se vean tan diminutos, ¡qué desproporción! Los ojos, por ejemplo, son de pulga completamente, y encima tienes un párpado, el izquierdo, que se te cierra bastante más que el derecho, debe ser cosa de la cinta de la persiana que está floja, deberías revisártelo. ¿Y esas cejas? ¿Acaso no te parecen diabólicas?, así, formando un ángulo de cuarenta y cinco grados, parecen una broma de un dibujante de comic.

La frente, que no tiene fin, se asemeja a un campo de labranza recién arado, con esos surcos tan profundos, tan bien trazados, tan paralelos. Las orejas por el contrario, ya ves, quizá sea de lo más normal que tengas en cuanto a forma y tamaño; otra cosa es la cantidad de pelo que tienes en ellas. Se ve que menos en la cabeza, tienes pelo por todas partes. Pero lo que más me molesta de ti es que me mires con esa mirada de pavor, como si yo te diese miedo a ti, cuando eres tú el que verdaderamente asustas. ¡Vamos ya, viejo idiota!, ¡deja de mirarme o te rompo esa cara de macaco impotente!

  • – ¡Mamá, mamá, el abuelo ya está otra vez peleándose con el espejo!
  • – ¡Vaya por dios!, a ver, padre, déjelo ya por favor, no empiece otra vez que sería el tercer espejo que me rompe este mes.
  • – ¡No es culpa mía! ¡No soy yo el que empieza!, es ese tipo de ahí dentro que me mira raro. Pero ¿Y usted quién es señora? ¡Haga el favor, no me toque!

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