Pasamos la luna de miel visitando la herida de la Estatua de la Libertad y mi recién estrenada esposa tenía la piel blanquísima y tocarla era como hundir los dedos en leche caliente y el pelo le olía a galletas recién hechas, un pelo negro que se recogía detrás de la cabeza y le caía por la espalda, dividiéndola en dos, y yo lo único que quería era volver a la habitación del hotel para consumar aquello que le había prometido al señor cura, pero ella no escuchaba mis palabras. Sólo se oía el clac clac clac del obturador de su cámara de fotos y el sol arrojaba jirones de una sustancia acuosa y color cobre sobre la herida de la Estatua de la Libertad y, aunque yo sólo quería oler el pelo de mi recién estrenada esposa y dejar que un sabor a galletas se revolcara por mi paladar, cada vez olía más a carne putrefacta y ella señalaba la herida, tan carmesí, decía, tan enorme que uno creía estar ante una aparición divina. Tironeé de la manga de su chaqueta de paño, áspera y húmeda, pero no me hizo caso así que miré directamente al sol hasta que dos puntos blancoamarillos crecieron en el fondo de mis ojos, porque si ella estaba en éxtasis contemplando la herida putrefacta yo también quería mi éxtasis, a falta del placer de hundir los dedos en leche caliente. Y entonces comprendí que eso no había hecho más que empezar y que ella, mi recién estrenada esposa, estaría allí haciendo fotos y fotos de la herida de la Estatua de la Libertad, envuelta por el aire que olía a matadero y a cobre y a océano y luego querría estar más cerca de la herida y tocarla y plantar sobre su color carmesí el propio carmesí de su boca, labios humanos diminutos contra labios eternos de herida, y ya nunca querría separarse de ese sabor a hierro y a mercurio. Así que se lo planteé a bocajarro: la herida o yo, cariño, mi amor, mi tacita de leche espumosa y tibia, mi atardecer de galletas recién tostadas, y entrecerré los ojos y aspiré su aroma y toqué su muñeca de piel líquida y oí rayos de sol cayendo al mar y después su voz que decía la herida, como si ella ya no estuviera allí, sin dejar de hacer fotos, sin dejar de mirarla, sin dejar de desearla. Ella, la herida.

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