Contraindicaciones

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luis cappiello

23/06/2019

Hemos tomado la colina, todo es una densa neblina anaranjada, en absoluto silencio. Un silencio inmóvil. Sólido.

Pienso en los días que hemos sobrevivido, pienso en lo que ha pasado, la gente, la esperanza de acontecimientos trascendentes, alguna causa por la que ir. Pienso en el sentido de lo que uno hace, de aquello que forja una meta, un objetivo. ¿Qué hacíamos ahí? ¿qué hacemos acá? Nos hemos pasado tanto tiempo queriendo obtener más tiempo en donde el milagro nos espera, y eso es sólo la constatación de nuestro desconcierto. Pienso demasiado. No es que quiera significar que los pensamientos son trascendentes, que tiene el valor supremo de un hallazgo o algo así. Pero pienso como pensamos todos, incansablemente, la falacia de la mente en blanco.

Después de andar y andar suponíamos que nuestros compañeros venían con uno, que íbamos en grupo aunque la niebla nos aislaba pero en estas circunstancias, si los demás estaban no se podía saber. Más aún, no tendría ningún valor su presencia. Marchaba uno solo y ya no volví a mirar al costado ni a volver la cabeza. Se acostumbra uno, se hace. En ese bloque de silencio austero que nos constituye, la niebla era la reafirmación de lo desierto. Un desierto que se extendió más allá de las horas porque sin memoria, no hay medida.

Es como un purgatorio, para los que creen, una franja de sal en la que no se sabe hacia dónde terminará cayendo nuestra osamenta. Y después del tiempo que fuese, apareció un borroso algo delante de mí. Una mancha que paso tras paso cobraba cierta forma. Hasta hacerse reconocible una estructura. Una casa.

La casa era también silencio. Y a pesar de estar en ese mundo extraño, ajeno, tenía la forma similar a las nuestras. Ventanas y puertas; a imagen y semejanza. No podemos abstraernos de nosotros, y en esa instancia, progresivamente, fui sintiendo el crujir del pedregullo bajo mis pisadas, sentí algún chistido de aves. Una brisa quieta.

En el vano de la puerta una silueta. Una mujer joven. Espigada. Un vestido ligero. Sostenía un bebé sobre el pecho como yo el arma, pero parecía no notar la amenaza, como ajena a todo alrededor, a lo que nos había traído hasta aquí o ni se hubiera enterado de nada o no le interesara más que ese sólo fragmento en el que ahora me miraba llegar. Me pregunto a veces si me miraba como yo miraba pero creo que no, creo que la vi viéndome como si no llevara el uniforme y no viniera de donde venía, sólo me veía, casi como encerrada en la imagen, y eso era todo. La claridad de tiza y ella recostada en el fondo oscuro de lo íntimo.

Tal vez después de andar tanto las ideas se confunden y se entra en otra dimensión, pero produjo en mí un efecto extraño, una aparente simpleza de pensamiento o más aún, de sentimientos. Desentendida, desinteresada. La ilusión, que nos vuelve limpios.

Esa percepción, ese pequeño detalle me hizo dudar de nuestro empeño, de tanto leer y revolver buscando eternidades y misterios y causas superiores. Parecerá torpe ensimismarse en alguien que parece no sé, ¿superficial? Creo que lo entienden sin tener que insistir: el valor redentor de la inocencia… donde todos los espejos retroceden.

Cuando seguí mi andar hacia ninguna parte en esta niebla de décadas y después de todo, no dejé de pensar en ese bálsamo que estaba dejando atrás. Pero la niebla, sabia, desestimaba cualquier referencia y toda posible vuelta. La niebla aún se abate sobre mí.

Ya sé qué es lo que ocurre luego, ya sé qué dirán, pero ese sortilegio, esa pausa que parecía invocadora de un perdón, hecha de paz, a diario, es lo único que me ocupa todo el pensamiento.

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