Primero, un pimpollo fragante de perfume y de luz.

Viene con un día que guardo en la memoria.

Un día que se despliega ante mí como una rosa.

Cada pétalo, una fragancia, una nota de bienaventuranza y de dicha, un momento alegre, dulce, sencillo.

Un día remoto.

Un día inolvidable.

Esas pibitas sí eran mis nietas.

Esas pibas sí son mis nietas.

Pero entonces eran más próximas.

Graciosas e inocentes.

Nos internamos por un camino nuevo, no recorrido antes, hacia el Norte, hacia la Virgen y su santuario.

Debimos cruzar la vía…quizás.

Recuerdo su confianza, su curiosa alegría.

Era octubre.

Todo era nuevo y luminoso.

También para mí.

Rezamos un ratito en el pequeño templo. Anotamos nuestras intenciones en un cuadernito.

Y a volver.

Nos envolvían hojas nuevas, una fronda no vista, una calle desconocida o distinta.

Me perdí, les dije.

Nada más para recordar el momento. Para darle un tono de aventura al paseo.

Ellas se inquietaron, pero creían en mí.

Yo también creía en mí.

Esos paseos eran gratis.

No sólo sin gastos, sino llenos de gracia.

Silencio. Levedad.

El murmullo del tránsito próximo absorbido por la fronda.

Un aire amable, esperanzado, pleno de futuro.

Me has devuelto ese día, Señor.

No te olvides de él.

De las promesas que me diste.

Por esa Gloria, que es Tuya, te pido por ellas, por mis nietas.

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