Infraordinario.

Hoy me he sentado a tomar mi café frente al mar. Esta terraza con olor a verano, a mi infancia, a viejillos pescando, a vida salpicada de salitre,  me gusta y me duele al mismo tiempo. Esa felicidad de los tiempos vencidos, cuando  analizar era un verbo casi inexistente, tiñe de ocre la nostalgia. Pero hoy no me he visto niña saltando por los riscos y dejándome revolcar por las olas. Hoy no. Si estuvieras aquí hablaríamos entre risas de aquel vestido azul y del encaje blanco de su cuello que rompiste con  prisas pasionales. De tu respiración jadeante y de mis susurros dilatados.

No, no ha sido por la pareja esa que se arrumaca en la mesa de enfrente,  ha sido ese venir de olas, rizando su espuma blanca, enérgica y volátil, su reventar volviéndose una leve puntilla al borde del azul, su cadencia sobre el manto de piedritas negras y redondas, su suspirar al replegarse. 

Si estuvieras aquí te contaría que he renunciado a los encajes blancos. Pero nunca al azul. 

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