APOLOGÍA A LA FORMA SENSIBLE

APOLOGÍA A LA FORMA SENSIBLE

Andrés Bertrán

03/07/2019

Una dismorfia insostenible se desarrolla en los salones de mi mente, donde deambula la música como un espíritu errático que indolente arrastra los rostros del tiempo solitario, caras ocultas entre los eslabones de la autodestrucción. Desde esas ensimismadas sombras contemplo con desprecio a una humanidad carenciada e inmanente, corrompiendo toda naturalidad imprudente, devastando los verdes pilares en coacciones invisibilizadas. Las ojerosas arboledas, atribuladas en la poda del deseo, son vestidas de esperanzas proyectadas, para ser despojadas del miedo al vacío, del sentirse vivo. Las gentes son cadáveres ambulantes en las calles, filisteos arrogantes, su decadencia nutre la mía.

Estoy hastiado ¿Dónde puedo huir? Mis pasos me llevan al ayer adolescente. Somnífero regreso al vértigo de las estructuras abstractas, levantadas por revelaciones metafísicas que lixivian en la palabra invernal. Declaraciones de verdad por medio de la sensibilidad, intenciones ontológicas ocultas en el místico lenguaje del alma; el anti-pragmatismo, la gran inutilidad del mundo idiotizado por esa materialidad bastarda que hipnotiza las entrañas de la hermosa plaga humana. Me abstengo, no tengo donde huir más que en mis adentros, objeto arrojándome hacia las catacumbas en el interior de mi pecho, éxodo de tres años sobre el lomo negro de la horrífica libertad, intoxicado por mi ávida locura del perpetuo ahora o nunca; parto y no me alejo ¿Dónde puedes huir cuando estás en todos lados? ¿Cómo regresar?

Despertó la luna y alcé el semblante hacia su luz con humildad. Avanzo entre praderas secas con símbolos que me observan desde una unidad que aún no logro vislumbrar, tengo veneno en las venas que no puedo vomitar. Altero mi cuerpo en esta crisálida dialéctica, bailes estáticos de niños muertos con mejillas de porcelana y sonrisas expectantes en un opus llameante, rezongando en las subterráneas esquinas de mis oídos, en los versos desnudos del octavo cuarteto de Shostakovich. Convulsiones que extraen las ruinas de perversas bellezas cuyos arrojos estremecieron mi vida un día, vi aquellos antojos a los ojos y deduje su perfume con una desesperación viciada.

He estado prostituyendo mi moral, entregándome a las coliformes bucales de la indignidad, me atoro en agonías silenciadas, hipócritas. Es temporada de dulcificación incesante, de lluvias que cargan lirios podridos ocultos con amor entre polvorientos libros. Es tiempo de apologías a la forma sensible, legado de mi magnánimo tedio. No más subyugado a las arbitrariedades del desacierto, yo soy mi propio esclavo.

Escapo de mis venas y me enclaustro entre muertes. Del morir de soledades que de amares, muriendo dos veces y una más, intoxicado de aire por preservar los misticismos de un anárquico romance con la piel del lenguaje. Morir, respirar y tal vez soñar, para reafirmar la oquedad de contemplar la realidad.

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