Ya son las seis y cuarto, hora de levantarse. Extraña el mundo de los sueños, te hace flotar por momentos hasta que la realidad te despierta en el atasco de la M-40. Nuestro subconsciente desea ser feliz, pero no siempre se cumplen sus súplicas….

Hace un frío terrible. Desde la ventana, ya se observa a la gente en pleno movimiento. Abajo, Clara está preparando sus brasas, y a su vera Vicente levanta la persiana del quiosco con su eterna sonrisa. Ya suena la cafetera, el aroma me envuelve, allá que voy.

Los ojos tristes de Clara. Mis sueños.

Bajo las escaleras despacio, somnoliento, directo a por el periódico. Hay que aprovechar los últimos días que le quedan a la prensa escrita, especie en grave peligro de extinción. Vicente, en pleno esfuerzo.

  • – «Buenos días, Vicente. ¿Cómo andamos hoy? ¿Qué cuentas, hombre?».
  • – «Buenos días, Antonio. Pues no sé qué decirte. Veintitrés años aquí, en esta plaza que es como mi segunda casa, y veo que no tardaré en dejar el negocio. Esto se acaba. Y encima, el Madrid ha perdido».
  • – «¿Pero tú no eras del Atleti?»
  • – «Y lo sigo siendo. Pero cuando gana el Madrid, vendo muchos más periódicos. Y lo primero, es lo primero. Prefiero el pan al circo».
  • – «Todo se arreglará, Vicente. Todo tiene solución, excepto lo que ya sabes».
  • – «Mira, mucha gente se empeña en decir que en la vida todo está escrito. Bien, prefiero ser yo el que escriba mi propia vida. O haces algo, o pasas de largo como las nubes pasan….».
  • – «Que tengas un buen día. Hasta mañana. Y no pierdas la sonrisa».
  • – «Me queda mucho por sonreír, descuida».

Me caía bien Vicente, había llevado una vida azarosa. Consiguió salir del submundo de la drogadicción con mucho empeño y fuerza de voluntad. Sus ojos delataban ese pasado, su sonrisa el presente.

Clara ya tiene preparado su tinglado. El bidón, las brasas, las castañas partidas crepitando. Navidad tras Navidad, al pie del cañón. Clara, de mediana edad, siempre apostada en el mismo árbol enfrente de la sucursal, ya con luces. Mujer atractiva a la vista, de mirada triste y melancólica, de sonrisa desganada. Su voz aterciopelada, casi un susurro que relaja la mente y baja la tensión. La mejor medicación para la soledad.

Nunca fui un apasionado de las castañas, pero sí de los momentos agradables, los que te hacen olvidar fugazmente determinadas molestias vitales. Varias veces en varios años había comprado tan solo por el placer de conversar con ella. Llegamos a entablar cierta amistad, la suficiente para abrirse, para soltar las tripas y desahogarse.

Y entendí el porqué de su mirada triste. Siete años antes, su vida transcurría por el camino a veces espinoso de la felicidad. Casada y sin hijos, con un marido al que adoraba y que tenía pasión por ella. Todo fluía, todo era como debía ser, todo era lo que uno espera cuando nace. Pero llegó la crisis económica, y él fue despedido de mala manera de la empresa a la que había dedicado tantos y tantos esfuerzos. Justo dos días antes de ser desahuciados, y con la mitad del crédito hipotecario por pagar, Clara encontró a su marido ahorcado, colgando de la viga de madera del salón. Y todo cambió de la noche a la mañana.

  • – «Buenos días, Clara. ¿Cómo estás hoy?».
  • – «Hola, Antonio. Bien, ya sabes. Empezando la mañana, a ver qué tal se da el día».
  • – «Te tengo que regalar unos guantes, los que tienes están andrajosos. ¿Cuándo es tu cumpleaños?».
  • – «El martes que viene. Te lo agradezco, pero no sé si estaré por aquí. Si todo va como pienso, dejaré de vender castañas y me dedicaré a otra cosa. Gracias de todos modos, eres muy amable».
  • – «¿Y eso? ¡No me digas! ¿Qué vas a hacer?».
  • – «Ya lo sabrás, ahora no es el momento. No me quiero hacer ilusiones. Pero estoy harta de que me escriban la vida. Me toca escribir a mí esta vez».
  • – «Ya me contarás. Y espero que todo vaya bien, de corazón. Te veo mañana».
  • – «Adiós, Antonio».

Me partió el alma oír esas palabras. Pero vi que su mirada era diferente, y me alegré. Es curioso cómo puedes saber el estado de ánimo de una persona por lo que te dicen sus ojos. Esa mirada ya no desprendía tristeza ni nostalgia, no eran los ojos llorosos a los que estaba acostumbrado y con los que tantas veces había soñado. Ahora mostraban alegría y esperanza, incluso rabia desafiante. Y eran mis ojos los abatidos, se habían cambiado las tornas. Lluvia.

El fin de semana me fui a la sierra. Necesitaba aire, pasear, meditar, pensar. Asumir que los sueños, sueños son, y la vida es lo que es. El lunes volvería a comprar el periódico, ver a Clara y a su mirada, prepararme para el atasco.

Me desperté, seis y cuarto, y lunes. La ventana estaba llena de vaho, froté el cristal para poder mirar las luces de la ciudad. Noté algo extraño, luces diferentes a las de siempre. Y tres coches de policía abajo, enfrente de la sucursal. Me tomé el café más deprisa de lo habitual.

Al parecer, unos butroneros habían asaltado la sucursal durante la noche del domingo. Un robo limpio, sin víctimas, de película. El director de la sucursal estimó en unos tres millones de euros el importe de lo robado. Había policía por todas partes. Realidad surrealista.

Me giré para ver a Clara. No estaba. Fui a comprar el periódico, pero Vicente tampoco estaba. El típico cartel “Se Vende” en la persiana. Crónica de una muerte anunciada. ¿O no?

Y de repente, me acordé de esas palabras: “Me toca escribir a mí esta vez”.

No los volví a ver. El quiosco sigue cerrado. Ellos cumplieron su sueño, yo sigo soñando.

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