Me había comprado mi primer cacharrito hace unos días. No dejaba de mirarlo y encontrarlo precioso. Cierto que estaba un tanto golpeado, abollado en varias partes, con mucha masilla sin pulir y con una pintura bastante desgastada, pero me esmeré en sacarle brillo y después de un completo lavado salí a dar una vuelta para disfrutar de mi flamante adquisición. Al darle partida alegó varias veces antes de salir de su largo letargo, pareció refunfuñar un par de veces y luego despertó. El sonido del motor funcionando era música clásica para mis oídos.

Todo parecía perfecto aquella tibia mañana de verano. Los árboles mecidos con suavidad por el viento parecían saludarme al tomar aquel agradable camino que me conduciría al centro de la ciudad.

Estaba en esos pensamientos cuando de manera distraída y ante un ataque de tos, bajé la ventana para poder escupir y poder despejar la garganta.

Repentinamente un auto que venía detrás empezó a cambiarme las luces y a tocar su bocina de manera insistente.

No entendía qué estaba pasando hasta que me adelantó y me obligó a detenerme detrás.

Me bajé de mi cacharro y me acerqué al auto. Un Mercedes Benz descapotable de color negro, último modelo. No me van a creer, pero les puedo asegurar que hasta sus neumáticos brillaban.

Lo conducía una rubia madura con un escote que me obligó a cerrar la boca para evitar que se desprendiera mi mandíbula. Dudaba si mirarle sus hermosos ojos azules o lo pronunciado de sus pechos bajo esa ajustada blusa transparente.

Después de salir de mi embobamiento inicial me di cuenta que me increpaba bastante enojada por algo que aún no lograba entender.

-¡Pero mira cómo has dejado mi parabrisas, que asco!

Ahí lo noté. El resultado de mi carraspera había quedado estampado, y aún seguía deslizándose sobre el vidrio delantero.

-Lo siento señora, no fue mi intención… fue un accidente- le dije bastante avergonzado.

-Pues ¿qué te crees pobre atorrante? ¿Que con tu disculpa es suficiente? Limpia el auto de inmediato y saca del camino tu porquería de auto.

Fue como si me hubiese abofeteado la vieja de mierda, insultar a mi auto de esa manera, eso sí que era inaceptable. Qué ganas de agarrarla a puteadas y mandarla a lo que se llama chucha, pero lo caballero no me lo permitía.

En medio de mi creciente indignación, algo se me vino a la mente. No lo dudé ni por un segundo.

Puse mi boca en el parabrisas del Mercedes y lamí con rapidez el escupo que era de mi propiedad.

Miré a la vieja, (ya no la encontraba tan rica) mientras me pasaba la lengua por la boca como quien disfruta un delicioso manjar.

La señora en cuestión me miraba con una cara de asco y repulsión tal que no le salían las palabras.

Di la media vuelta con arrogancia y subí gallardo a mi cacharrito, mientras la vieja hacía arcadas, impotente de evitar el vómito que pugnaba por salir de esos carnosos labios rojos carmesí.

Le di contacto a mi joyita, ¿y qué creen?

Obvio, partió a la primera.

Puse música y continué mi viaje con una sonrisa en mi rostro que no me la borraban ni a patadas en el culo.

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