¡Qué liviandad! Toda mi tosca humanidad se había despojado de los atavismos que la constreñían. Había querido ser libre y ya lo era por fin. Siempre sujeto al “qué dirán” sin ser yo mismo. Cuántas veces intentando avanzar y las cadenas del fracaso impidiéndomelo. Empero, ya todo quedó atrás.

El horizonte se veía límpido y diáfano y convocaba a mis centros neuronales a renovarse y atragantarse de pureza, tantas veces perdida por la bohemia consuetudinaria, por el dinero dilapidado para mantener una existencia hedónica. La luz energética había limpiado todos mis axones, habían nacido nuevas sinapsis; la perfección estaba metida en mi cuerpo.

“¡No tomes demasiado! ¡Deja la jarana y sé más responsable! ¡Sé un buen padre, esposo y maestro!”. Su odiosa voz repiqueteaba punzando mi voluntad, pero nada; mis amigos de jarana podían más. No te dejes mandar por la mujer. No seas un “saco largo”. ¡Qué pesada carga sobre mis hombros que me obligaba a dar coces a diestra y siniestra defendiéndome como macho!

“¡No vayas! Llueve demasiado, las carreteras están semidestruidas». Era mi cancerbera. «¡Es peligroso el viaje!”. Se preocupaba por mí; pero no me sentía agradecido. Y la niebla lo invadía todo, su gelidez atezaba los músculos, congelaba el alma, se metía en las casas, en los huesos, hasta la voluntad sufría su embate. Empero, mi terquedad y tozudez me exigían el cumplimiento de lo pactado. Habíamos entrenado tanto que no nos perderíamos el desafío. Tanta ilusión de nuestros muchachos, tan seguros de su habilidad estaban que sus miradas, en silencioso ruego, nos instaban a viajar.

“Andrea, no los defraudaremos; para ellos es el premio esperado: jugar el cuadrangular de fútbol en la capital provincial y demostrar que merecen ser campeones”. No viajes, que uno de tus colegas te reemplace. Tengo una rara opresión en el pecho. ¡Por favor, renuncia al paseo! Voces entrometidas que pretendían alterar mi nuevo estado. Todo lo veía claro. Ignoro cómo llegué a este lugar prometedor y placentero que me daba una bienvenida inesperada. La pureza de su blancura penetraba y hacía transparente mi historia. Lo malo y lo bueno los sopesaba intentando ser juez de mí mismo. ¿Por qué? ¿Para qué? Sin embargo, no tenía respuesta alguna. Siempre había añorado un lugar así, en ocasiones que Andrea reñía a los hijos o me enrostraba mi holgazanería porque leía a los clásicos y toda clase de literatura que caía en mis manos. ¡Qué mujer! ¡Ya estará descansando de mí! ¿Qué digo? ¡Por fin me liberé de su presencia! ¡Ja, ja, ja,…!

La algarabía era tremenda, mientras la llovizna arreciaba y la niebla nos hacía invisibles; solo veíamos los objetos que estaban cerca. Sin embargo, el vocerío llenaba el espacio: “¡Profe, agárrese bien!”. Sujétese de la rienda; si no, la mula le dará su contrasuelazo. “¿Qué bus nos llevará a Huancabamba?”… Gritos, aclaraciones, reniegos, advertencias, preguntas y respuestas acompañarían el viaje por el camino de herradura hasta donde empezaba la carretera. “¡El ómnibus nos espera!”, ¡Llegamos! “¡Yea, por fin!”, fueron las exclamaciones festivas que repitieron las concavidades de los cerros.

“¡Alfredo, Alfredo!”. Alguien llamaba, su tono de voz me sonaba y me inquietaba. Por nada del mundo deseaba turbar la paz infinita que experimentaba. Ya no concebía otro mundo… “¡Papá, papá!”, el inconfundible acento de Luis. Pero no lo veo, ¿Dónde estará? ¿Qué hará allí? “¡Papá, papá!”. ¿Otra vez ese timbre de voz querido? Deseaba responderle, pero me sentía sin aliento. ¡Inexplicable!…Profe, el bus va a mucha velocidad… profe. Otra vez esos recuerdos que laceraban… De repente, todo oscureció, sentí escalofrío, dolor, mis oídos reventaban con los quejidos, ayes, voces estridentes que se apagaban paulatinamente, cuerpos que pasaban raudamente sobre mi cabeza, maderas que se resquebrajaban, piedras que herían las costillas. “¡Profe, sálveme!”. Mis brazos,… mis piernas… no puedo respirar… “¡Gracias, Dios mío, me salvé!”. Luego un silencio fantasmal. Y apareció ese contexto candoroso que apagaba toda pena, remordimiento y que me daba beatitud.

¡Alfredo, Alfredo! Otra vez esa detestable voz. Alfredo, ¡perdóname! ¡Cuántas veces prometió enmendarse! ¡Solo, “palabras, palabras, palabras”! ¡He sido una abusiva! Aproveché la equidad de género en la que tú crees y por la cual has luchado… ¡Tanto había esperado esta melodiosa reflexión! Quise levantarme, decirle en un beso que no se humille, que mejoraremos nuestras relaciones, que nos trataremos con empatía… Y casi de inmediato, percibí un fuerte movimiento a mi alrededor. ¡Enfermera, enfermera, mi esposo se muere, llame al internista! Llantos, gemidos, plegarias y el ruego de ella: ¡Fuerza, cariño, fuerza! ¡Vales demasiado! ¡Tienes que hacer mucho bien! ¡Fuerza! Sus dulces palabras resonaban como un himno de arrepentimiento y testimonio de amor. ¡Dios mío, ayúdame a volver! El níveo espacio desapareció y mi noche fue iluminada por las imágenes queridas. ¡Señor, ayúdame a regresar!…

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