La última tejedora

La última tejedora

Ana Akamine

11/06/2018

Llegamos al pueblo de Mórrope en la tarde. Buscábamos a una tejedora, la última en conservar el estilo tradicional de tejer de los muchik. Teníamos su nombre y una dirección vaga. Nos la proporcionaron unos viajeros argentinos que conocimos durante el tiempo que nos quedamos disfrutando las playas de Huanchaco. Desde allí planeábamos dirigirnos directamente hacia Máncora pero cambiamos de ruta entusiasmados por encontrar a la dueña de hermosos especímenes de algodón, que poseía colores naturales nunca antes vistos por nosotros, verde, guinda, marrón….

Durante el camino en el bus el calor castigaba, no se amilanaba ante las ventanas abiertas y los cuerpos sudorosos de los pasajeros se confundían entre ellos formando un magma humano, quienes a gritos sacaban sus cabezas por las ventanas intentando coger el aire caliente antes que otros. Nosotros dormimos. Soñábamos en el ómnibus con tejidos diseccionando nuestras figuras mientras reíamos y vibrábamos con el arte ancestral en plena fascinación de los cuerpos bajo sus mantos. En mi sueño, la señora unida al árbol por la cintura ignoró nuestra llegada y seguía mirando el tejido. Acabado sus mágicos hilos usaba nuestros cabellos y ropas, luego nuestra piel deshaciéndose de nuestros huesos con el que su esposo creaba más telares y nosotros quedábamos inmersos en el tejido infinito sollozando cuando nos tocaba sus manos.

Cuando llegamos a Mórrope nos dirigimos a la plaza central. En ella pedimos información que nos llevó a un caserío fuera del pueblo que se extendía en el desierto. Andamos mucho bajo el sol por el camino de tierra, tanteábamos las viviendas y preguntábamos por la tejedora. El viento soplaba y estremecía los árboles. El sonido de sus hojas nos dejó en estupor. Lejos del ruido de la ciudad, el silencio del desierto se clavaba en la piel mitigando el ardor con la caricia de las hojas en griterío. Encontramos la casa, llamamos, pero los vecinos nos dijeron que se había ido a Chimbote ese día. Reímos de nuestra mala suerte y nos sentamos a descansar bajo un árbol a conversar hasta que nuestras palabras de repente volvieron al desierto rudo y hasta que la sed nos hizo dar cuenta de nuestra soledad.

Estaba oscuro cuando volvimos a la plaza principal, no teníamos donde dormir. En la estación de policía nos ofrecieron un descampado al lado de ella donde poder instalar nuestras tiendas. Bebimos ron esa noche. Entre dos carpas ebrio estaba mi cuerpo desilusionado bajo las estructuras astrales del cielo, “allá de donde vengo se ve la vía láctea” mi mano desnuda de alcohol intentaba coger estrellas, y en la futilidad de los intentos escuchaba los ronquidos de mis amigos dentro de las tiendas que mudos a mis peticiones se dieron otra vez a sus sueños terribles de los cuales era incapaces de despertar, o despiertos anudaban la vigilia al sueño y las visiones grotescas los sumían en el espanto. No importaba, los cuerpos cansados aullaban, los ojos se cerraban, los míos perpetuamente abiertos, desvestían palabras, y la amada de aquel se perdía en el vaso, y sus labios rezumaban cantos, hería la languidez y el calor agradecía al viento y dormía. Y mientras mi voz se quejaba de la crueldad del cielo recuerdo gritos y hombres armados a nuestro alrededor, disparos y oscuridad.

Sentía el cuerpo pesado, con dificultad me quité la tierra de encima que lo inmovilizaba mientras el sol radiante lastimaba mis ojos. Entre nubosidades me levanté con la ropa con sendas manchas de sangre. Salí al sendero dando tumbos y con las piernas raídas por la intuición. Caminaba, arrastraba mis pies, el sol atizaba la sed, mis labios resecos y polvorientos exigían agua. Caminaba, de vez en cuando me encontraba con algún lugareño y pasaban por mi lado, guardaban silencio o aceleraban sus pasos. Caminaba, la invisibilidad me confundía, quizá yo también era vigilia y sueño, o un fantasma, un espíritu del camino en condena a la sed eterna, de ojos ansiosos en el campo. Un niño se me acercó, la multitud que apareció ante mí movían sus bocas, miré al cielo, al sol, habían estado allí todo el tiempo. Oh mis pasos, siempre tan estrechos, ah mi vida, siempre en andares cíclicos y sin movimiento. El niño me tocó y gritó. De la nada tenía a los agricultores alrededor horrorizados de la sangre en mi cuerpo y yo, con el rostro mirando a lo alto, me preguntaba por qué era tan celeste el cielo que oscurecía sus curtidas pieles, si las nubes eran grises o blancas, si reflejaban el mar bajo ellas, o si acaecida la oscuridad se desvanecerían. Se me acercó un hombre a ayudarme y le sonreí “¿conoces a Yolanda?”

Luego todo fue rápido, onírico, postas médicas y hospitales, delegaciones de policías, familiares y amigos, volver a Lima, juicios y culpables, cuerpos sin encontrar. Podía sentir en las mañanas el olor del café mientras en secreto preparaba mis cosas. Había decidido volver a Mórrope y encontrar esta vez a la tejedora, robarle sus secretos y sembrar sus algodones en mi casa.

Llegó el día planeado y me fui al centro de Lima a comprar mi pasaje hacia el norte, como tenía tiempo antes de que el ómnibus saliera decidí dar un paseo por sus calles. Andando llegué a la Casa de la Literatura donde me llamó la atención una exposición, aquella versaba sobre los tejidos muchik y había una muestra en exhibición. Allí estaba, la última tejedora de los moches, sentada, con un palo acomodado para la ocasión desde donde suspendía la tela que rodeaba su cintura, solemne, con los hermosos algodones alrededor bajo las miradas de turistas y paseantes”¿Yolanda?”- “”.

Algo sucedió entonces, la tierra rugió voraz, ávida de las sombras que proyectaban los cuerpos humanoides. Cuando volví en mí lloraba. Me di cuenta que no importaban mis recuerdos, las imágenes o las risas, o cuántas veces los había visto escrito, escuchado y repetido, por primera vez desde aquel día pude recordar sus nombres.

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