Reflejada en un cuento sobre el agua

Reflejada en un cuento sobre el agua

Había una vez una gota de agua, una gota en todo un océano. Cuesta imaginarse una sola gota de agua en un océano, es difícil darle forma porque no la tiene.

Esta gota estaba cansada de recorrer el océano de un lado a otro, de arriba abajo sin parar. Siempre era lo mismo: llegaba a la playa en una ola, más grande o más pequeña; y si tenía la suerte,o la desgracia, de regresar sin quedar atrapada entre los granos de arena; su siguiente destino era volver otra vez a la rutinaria inmensidad que la sumergía en las profundidades, a oscuras. Entre criaturas misteriosas a las que siempre había temido, esperaba el momento de subir otra vez a la superficie.

En la superficie tenía más posibilidades de que llegara su parte preferida: ver el sol, calentarse unos grados y ascender. Sentir como todo su ser se descomponía, se separaba más aún, se hacía volátil y ligera. Y es que a nuestra pequeña gota le gustaban las alturas, ver el horizonte, la tierra… Se convertía en nube y a disfrutar. Como unas vacaciones. Veía los árboles, los pájaros… y pensaba cómo sería vivir ahí, tener una forma definida y concreta, estar limitada por un cuerpo sólido, con moléculas estrechamente entrelazadas.

Ella ya había sido hielo, un tiempo que pasó en el norte y se quedó atrapada en un iceberg unos meses. Pero solo eso, unos meses. Sabía que todo volvería a la normalidad tarde o temprano. Su verdadera curiosidad era el límite de la forma y el estado. La permanente certeza de que eres sólido; que no saldrás volando en cualquier momento y en cualquier otro caerás como lluvia y vuelta a empezar. Certeza de que eres uno, definido por trazadas, más o menos irregulares pero definido y no fundido, con un millón más, sin diferencia.

En cierto modo lo veía como una paradoja, como un chiste, una ironía. Podía tomar cualquier forma, cualquiera. Daba igual el recipiente y su estrechez o sus curvas; se adaptaría sin ningún esfuerzo. También sin ninguna voluntad. Tenía a su alcance cualquier estado material. Algo que ni los árboles, ni los pájaros; ni siquiera esos famosos humanos, supuestamente tan inteligentes, podrían alcanzar jamás. Pero como os digo, no era algo permanente, ni voluntario.

Se encontraba atrapada en un cambio constante que escapaba a su control. Era gracioso porque había tardado mucho en darse cuenta de esto. Antes creía que era afortunada, que los que realmente estaban atrapados eran los demás; con sus constantes y aburridas formas definidas y limitadas. ¡Vaya muermo! Pero tras estar en el mismo ciclo una y otra vez (…arriba, abajo, más arriba, más abajo, gas, líquido, hielo…) se vió prisionera. Ahora la pregunta, lo que realmente quería saber, era qué es ser prisionero.¿Estar limitado; no estarlo; tener forma, o no tenerla? ¿No poder elegir es lo que la encadenaba? Qué importaba si nunca podría saberlo. Qué importa, si sólo es una gota en un océano, indefinida. Una gota que soñaba con ser; con marcar sus diferencias; limitarse en una forma y que los demás pudieran imaginarla cuando contasen su historia.

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