Curación en el templo

Curación en el templo

Alfonso Álvarez

11/09/2017

– Vamos, Marisa. Aún queda un largo trayecto hasta llegar al santuario. Las vírgenes del templo no reciben peregrinos después de la puesta de sol.

– Estoy cansada, mamá. Ya no me quedan fuerzas.

Elena no contestó. Sabía muy bien que Marisa se encontraba en la fase final de su enfermedad. Conocía perfectamente la sintomatología de cada uno de sus estadios. Su madre también había sido víctima de este mal familiar, y la había visto sucumbir ante la oscuridad de su ocaso inevitable.

Elena no podía perder a su hija. Proveniente de una curiosa estirpe de madres solteras y viudas, había continuado con esa tradición no elegida por ninguna, aunque seguida por todas.

Por estigma, destino, causalidad o maldición, Elena se sabía sola a excepción de su pequeña. En ella había depositado sentido, existencia y corazón. Sin ella, ya no sería ella. Sin ella, no hallaría salvación.

En mitad de sus cavilaciones, Marisa cayó derrotada sobra la arena húmeda de la ascendente vereda.

– ¡Marisa!, ¡hija! – Exclamó mientras se agachaba para socorrerla.

– No puedo más, mamá… Lo siento…. – Susurró la pequeña con los ojos entreabiertos, y un rictus en la boca de evidente dolor.

Elena rompió a llorar. Tal vez estaba llevando todo demasiado lejos. Nadie le aseguraba que esas sacerdotisas pudieran hacer nada para salvar la vida de su hija. Probablemente no fuesen más que unas fanáticas, unas farsantes, unas pobres alienadas por una doctrina antigua de la que pocos habían oído hablar. Tomó aire y se secó las lágrimas. No podía desfallecer. Las alternativas médicas habían sido agotadas. La fe era el último refugio de una esperanza que comenzaba a desvanecerse. Debía continuar.

Con las fuerzas que no le quedaban cargó sobre su espalda el peso muerto de su hija.

– No te preocupes, cariño. Ya falta poco. Yo te llevaré.

Marisa no respondió. Estaba demasiado cansada para articular palabra.

Mientras ascendían, Marisa contemplaba la riqueza bucólica del paisaje. Era hermoso. Pinos, robles, encinas y alcornoques coloreaban de matices fríos un entorno en el que parecía reinar la armonía que, entre hospitales y curanderas, nunca pudo hallar. Escuchaba el susurro del agua; un caudaloso afluente navegaba con ansia hacia su encuentro con el río principal y, mecida por el caminar cansado de su madre, se fue quedando dormida.

Elena continuaba. No tenía tiempo de reparar en las muchas flores que, como acuarelas, embellecían los cantos del lienzo infinito de aquel bello vergel. De las olorosas fragancias solo respiraba polvo; del viento frío solo percibía la fricción que ralentizaba su caminar.

Recordaba el momento en que quedó embarazada y la satisfacción que la embargó. Se retrotrajo a sus primeros días como madre, tan nerviosa, tan inexperta, tan henchida de amor. Visualizó las pequeñas manos de Marisa, nacida prematura, sonriente desde que la primera bocanada de aire llenó sus pulmones, dulce y divertida como las fresas bañadas en nata que tanto le gustaban.

Miró hacia el frente. Los árboles comenzaban a distanciarse. El camino se equilibraba. Ya estaba cerca de la meseta sobre la que se erigía el templo. La espalda le dolía, las piernas le temblaban, el estómago rugía y su lengua seca intentaba amargar la alegría que, pese a todo, recorría su cuerpo ante la meta esperada.

– Dejémosla descansar, – dijo la anciana – mañana tendrá lugar el ritual.

– ¿Usted cree que será posible curarla?

– Mañana lo sabremos – respondió, secamente.

Elena durmió muchas horas, más de las que hubiese querido y menos de las que su cuerpo necesitaba. Despertó a mitad de la mañana y corrió hasta la habitación en que la noche anterior había dejado a Marisa. No la encontró. La buscó por pasillos y corredores, por salones y cocinas, por las terrazas y los jardines que colindaban con la edificación. El lugar estaba vacío.

Desesperada, enloquecida, decidió poner fin a su sufrimiento. Subió rápidamente al torreón más alto del santuario con la intención de acabar con todo. Una vez allí, por vez primera, fue consciente de la belleza sublime de aquel lugar. El sol iluminaba ríos y manantiales, los árboles se agitaban en un espectáculo de matices de verde que llegaban hasta el amarillo, el viento la embriagaba con efluvios de vida y el canto de las aves acompañaba cual banda sonora un espectáculo celestial.

– Un bello sitio para morir – susurró para sí misma.

– Y un sitio perfecto para comenzar de nuevo – respondió alguien, a sus espaldas.

Se dio la vuelta y contemplo a Marisa, su hija, sana y fresca, resplandeciente, con una sonrisa en su cara, brillo en su mirada y un peinado nuevo.

– ¡Marisa! ¡Te han curado las sacerdotisas del templo! – pronunció Elena, con la voz entrecortada.

– No, Elena. – Dijo la suma sacerdotisa, que acababa de aparecer. – Ninguna sacerdotisa cura, ni tampoco ningún templo. Curan las ganas, cura el cariño, el sacrificio, la esperanza y el esfuerzo. La ha curado el trayecto, el sol que acarició su cara y el polen curativo que regalan estos vientos. La ha curado tu amor y tu fe, y cada lágrima que has derramado y que ahora se integra en nuestro infinito río de los lamentos.

Elena sonrío, miró a Marisa, y ambas se abrazaron en un silencio solo interrumpido por sollozos quedos.

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