Elia sí que es fuerte. Apenas han pasado dos meses y mírala, cómo respiraba anoche este aire nuevo de Madrid, cómo se comía la ventanilla del taxi que nos trajo del aeropuerto: «Fíjate Álex, esas torres son dedos estirándose hacia el cielo, pidiendo marido”. Yo las miraba confundido. Me molestaba no recordar si ya estaban ahí hace diez años, cuando me fui. Solo era un viaje para escapar de un Madrid de repente sin aire. Y mira, hasta hoy.

La casa de mamá sigue siendo rosa, con todas sus paredes rosas, de un rosa pálido, pálido como un recuerdo. Estoy sentado en el suelo del pequeño salón donde veíamos la televisión, con la espalda medio apoyada sobre una de tantas cajas aún pendientes de ordenar. Oigo a Elia roncar en la habitación de mamá y miro asustado las cajas, las mismas que hace apenas dos días se esparcían en la otra punta del mundo, también allí como dados arrojados por un borracho. En Santiago se quedaron las otras cajas, las que se llevaron las monjas, cajas tan llenas de los pequeños objetos que nunca usaremos, todo eso que compramos cuando soñamos demasiado rápido, en fin, si solo queríamos llenar el piso de cosas para chupar y de payasos y de trenes, y de canciones y de cuentos de Walt Disney. Pero no ocurrió y decidimos poner distancia, por qué no Madrid si soy de Madrid, y tantas veces me hablaba Elia de Madrid. Ella que nunca había salido de Chile me hablaba de mi ciudad, y yo escuchaba. Acepté, tarde o temprano debía volver. Ya es tan tarde, pero acepté.

En casa de nuevo. Dejo el celular en el suelo y me levanto. El aparato bosteza y apaga su luz, cansado de ofertas de roulottes para continuar viaje por Europa, si es que finalmente consigo convencer a Elia. El piso parece tan pequeño ahora. Pronto alcanzo el recibidor, que resiste viejo con su mesa de bambú y el espejo tan feo, en su marco de mimbre colgada la última ecografía que envié, pegada a su fotografía preferida, ahora temblando en mis dedos. En ella me miro asustado, con el susto del primer día de escuela. Mamá me disparaba en el desayuno, mientras le hacía prometer que no habría beso de despedida. Más tarde, en la parada de autobús, el sol caía afilado sobre los uniformes tan bien planchados de los otros niños. De aquella parada recuerdo sobre todo la cabina de teléfonos y los botines rojos de mamá. Ella solía descansar su espalda en la cabina y yo apoyaba mi cabeza en su barriga. Con la punta de sus botines rojos mamá raspaba la parte trasera de mis zapatos. Y yo, ras-ras, ras-ras, cada lunes deseaba muy fuerte que el autobús no llegase nunca. Pero siempre aparecía, de repente, detrás de la tienda de golosinas. Aquel día también, y cuando llegó todo se quedó en penumbra, muy quieto, como esperándome; así que no tuve más remedio que arrastrarme hacia esa mole enorme, color azul de elefante, que tenía impresa aquella palabra incomprensible: NOGALES. Jorge, el niño rubio que sería tantos años mi mejor amigo, sí tuvo su beso. Lo vi con el rabillo del ojo y quise arrepentirme, pero supe que ya era demasiado tarde, que mamá ya estaba llena de lunes y con esas ganas locas de quedarse sola, de ponerse a escribir.

¿De qué escribía mamá?
De todo. Cartas de amor, tal vez algún poema o algún cuento, al principio artículos en periódicos locales, incluso recuerdo aquellas octavillas para la iglesia. Por lo que he descubierto hoy mamá también escribía, en cuadernos de marca Enri y portada verde, sobre cómo deberían organizarse los turnos en el hospital, o de cómo recordaba que le había contado Marisa que debían guisarse las lentejas, en fin, tantas cosas, mamá lo escribía todo, aunque eso ya lo podía ver entonces, a todas horas, listas de la compra que siempre olvidaba en el mueble del espejo, nombres de actrices de Hollywood en esquinas de servilletas, aforismos en la guía del teléfono, números de teléfonos en los crucigramas, cartas a su tía del pueblo, nombres de ciudades de países remotos, por ejemplo Santiago de Chile en un papel unido por un imán al frigorífico, claro, y sus iniciales y las mías, con aquella letra como de “Arial Narrow” que me hacía tantas cosquillas en la palma de la mano. Aunque sobre todo, mamá escribía cartas de amor. Lo sé porque al cuaderno verde le faltan tantas hojas, y porque tiene su espiral blanca muy torcida, como la columna vertebral de un bibliotecario de doscientos años.

Seguramente, por la tarde mamá me iría a buscar a la parada. Cantaríamos durante el camino de vuelta y, un poco antes de llegar al portal, ella me soltaría la mano y echaría a correr. Tres o cuatro pasos, no serían más pasos, pero dolerían como si ella fuera a despegar. Y eso que yo sabía que solo quería llegar al buzón, aunque el buzón no se cansara de escupirle, no importaba si miércoles o jueves, recibos de bancos o facturas del teléfono, anuncios del nuevo chisme de limpieza o postales de su hermana, que trabajaba en médicos sin fronteras y conocía tanto mundo.

Anoche, el taxi nos dejó en mi parada de autobús. Le faltaba la cabina de teléfonos, y su ausencia me desconcertó como esos sueños en los que empiezan a faltarme los dientes.

Elia se despierta y la siento caminar por el pasillo. La oscuridad de la siesta se mezcla con el rosa del aire en su pelo revuelto. Por un momento parece mamá, y temo que me riña.

Sin mamá, Elia me insistía esta mañana en que nos instalemos en el piso. Parece que tiene mala venta, o eso nos dice la madre de Jorge, después de contarnos que su hijo vive en Australia, feliz, y me envía recuerdos.

—Bajaré a comprar pintura para las paredes —le digo a Elia.

Definitivamente viene hacia mí, sonriendo.

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