Burlesca mirada, la del pasajero contiguo. «¿Querrá algo?», me pregunto mientras acaricio el vaso, ya medio vacío. Es inquietante, vacía e inexpresiva, pero molesta como una silla llena de alfileres, clavada en mí desde que me senté en el asiento de este tren que ni siquiera sé a donde va. «¿Acaso le molesta que esté aquí? Qué descaro…», una maraña de pensamientos creados a causa de ese extraño inunda mi mente, cohibiendo mi pensar, que se centra solamente en ese individuo de arrogante semblante.

«Sexo en el lavabo del tren». El sexo lo remedia todo, incluso cuando no lo practicas, simplemente con pensar en ello todo lo que tienes alrededor se vuelve insustancial, banal, como la mirada de aquel personaje, difuminada ya por imágenes mías en ese estrecho aseo con una preciosa chica rubia, quizá la que estaba detrás de la ventanilla y que, con voz fría y monótona, me indicó los pasos a seguir para coger el tren en el que ahora estaba. «Era atractiva, pero demasiado joven…», pienso, y acto seguido una eyaculación cargada de imágenes frente a ella brota en mi cerebro y nubla mi mente por completo.

Me sorprende lo sencillo que me supone abstraerme y viajar a través de pensamientos en cualquier situación. Podrían aplicarme cualquier tortura: quemarme las yemas de los dedos, extraerme cada una de las uñas con unas pinzas ardiendo… y estoy convencido de que mi mente estaría a miles de kilómetros de esas atrocidades pensando en qué sé yo. No necesito maleta, ni billetes, tan sólo un ligero halo de luz en mi imaginación y todo empieza a fluir como un río entre montañas, colina abajo; como un ligero pájaro migratorio, o un ñu en estampida.

Suena la bocina y las puertas se abren lentamente, midiendo delicadamente la velocidad. Salgo del vagón rápidamente y sin mirar atrás. Estoy convencido de que a través de la ventana tengo dos ojos acechándome sin descanso. Puedo incluso sentirlos, como dos clavos atravesando mi nuca. A mi alrededor, multitud de gente, todos con maletas en sus manos y combinaciones de transportes en sus cabezas. «Ahora el L8 para después bajarme en Camden y coger el S33, pero antes de las ocho porque sino he de esperar al S45 en la siguiente parada». Me agobio al pensarlo y se refleja en las pequeñas gotas que indiscriminadamente aparecen por todo mi cuerpo. Ni siquiera sé donde estoy, ni qué hago aquí. Tan sólo escuché el ruido de las vías a lo lejos y de pronto estaba sentado en un tren del cual sentí el irrefrenable deseo de bajarme.

Letreros por doquier, allá donde miro sólo veo una espesa nube de cabezas bajo inmensos carteles con indicaciones a todos lados. Destinos, vías, horas. Un caos enmarcado en pantallas negras vagamente iluminadas. Estoy perdido. «Mierda, ahora la he hecho buena». Escudriño a todo el que se me cruza ya que tengo la estúpida sensación de que quizá reconozca a alguien y me ayude a salir de un laberinto en el que no pedí entrar. Mis manos sudan y mi pulso se acelera. Siento como todo da vueltas sobre mí. Necesito salir de aquí como sea.

Por fin veo un atisbo de luz a lo lejos en forma de dos únicas letras, quizá sea increíble e incluso ridículo pensar que unos lavabos pueden salvarme de un caos y frenesí como éste, pero un poco de agua fría siempre ayuda en estas circunstancias. Me dirijo con paso firme; no recuerdo cuando fue la última vez en la que pisaba con tanta determinación, cuando de pronto me irrumpe una mujer de muy baja estatura, casi rozando el enanismo, cubierta por un manto negro desde su diminuta cabeza hasta sus descalzos pies que se dejan ver entre pasos. Su mano, extendida, sostiene un vaso de cartón y en su interior se pueden ver varias monedas replicando al movimiento. Intuyo algo que dice, «caridad, claridad». Mi mente se diluye al mirarla fijamente a los ojos, descubiertos entre los pliegues de sus andrajosos harapos. «No esta vez», susurra la sensatez, qué ironía.

Abro la puerta del baño y escapo de ese mundo desalentador para encontrarme con una luz nítida y cegadora en una sala completamente vacía. Quién iba a decir que el limbo para en un recóndito pasillo de una estación de trenes perdida; escondido del bullicio y dando consuelo a quienes, como yo, tan sólo necesitan un poco de serenidad en forma de agua. Sumerjo mi cabeza bajo el grifo para poder intentar irme y, entre un lago de vacíos pensamientos, logro desaparecer.


Y de pronto ruido, un espontáneo y molesto tintineo que viola mis oídos se acaba convirtiendo en golpe seco. Un desplome capaz de despertar a quien yace muerto. Alzo la mirada para volver de mi viaje y miro de reojo a esa chica rubia que acaba de depositar algo en mi lata. Mis ojos, llorosos, se detienen ahora en el contenido de ésta. Es el precio del retorno. «Que generosa», piensa mi mente. «Que miseria», gruñe mi estómago. «No necesito nada más», balbuceo para callar a éste.

Acomodo los cartones sobre los cuales dejo caer mi cuerpo y dirijo la mirada al cielo. Un rastro blanco divide éste en dos y en uno de los extremos hay un diminuto avión con destino a qué sé yo dónde, pero de averiguarlo se encarga mi mente, que ya me ha colocado en uno de esos asientos tan incómodos. «Espero que el viaje sea corto». Levanto el brazo para llamar la atención de esa azafata rubia y coloco las piernas lo mejor que puedo para hacer el trayecto lo más llevadero posible. Todo esto, claro está, bajo la atenta mirada de la mujer que tengo a mi lado, a quien parece molestarle mi abrupta presencia y que, sin descanso ni vergüenza, me examina detenidamente. Y mientras la miro de reojo, me pregunto si querrá algo.

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