La cuenca minera, era una zona triste, tiznada siempre de hollín. Todo era oscuro: la ropa de los mineros, las caras de los niños, los vestidos de boda y las hostias de las iglesias.

En cambio la pizarra del colegio era blanca, estaba vieja y el polvo de tiza había impregnado tanto su superficie que al usar los pizarrines los números y las letras no destacaban y no sabíamos lo que ponía y por eso costaba mucho aprender a leer allí.

Sabíamos la hora que era porque la sirena llamaba a los hombres y los citaba en la bocamina. Negrura, humedad y miseria para una población raquítica en la que algunos se olvidaban de vez en cuando de seguir viviendo y se quedaban atrapados en las galerías. Los sacaban rotos para siempre, unos vivos y otros muertos, pero a los vivos se los comía ya siempre el miedo.

Era duro, pero había economato y locutorio y dispensario y subía el carro de los helados algunas tardes de verano.

A Víctor le seguían llamando “el Enlace”, porque no se preocupó que le llamaran de otra forma cuando legalizaron a los sindicatos. – Mientras suene la Bárbara, todo va bien, que de aquí se puede ir a peor –

La Bárbara era la sirena que usaba el mismo nombre que la Santa patrona de los mineros, venerada en aquel pueblo de comunistas.

Emilia, la mujer de Víctor, no su esposa, según decían los deslenguados. Convenía no hablar de ello, podía ser motivo de cárcel no haberse casado, Vivir en pecado. Las piedras tenían oídos y esas cosas era mejor no saberlas.

Se decía que había alguien en su pasado y no podía o que podía ser que no quería dejarse domar por los curas ¡Quien sabe! Ella, bastante más joven que él organizaba hoyas comunes y meriendas para los niños cuando los destajos no cundían y el mineral se escondía entre las moles de roca ahí abajo.

El primero que salía por la mañana y llegaba al retén era él, Víctor. Organizaba la jaula y repartía a los hombres los cascos y las linternas. Llevaba su fiambrera con lo magro del potaje que le hacía Emilia y ella se quedaba con los caldos y alguna verdura que flotaba en la sopa.

Al volver por la atardecida tomaban juntos patatas cocidas con una lata de sardinas en aceite y si el minero no tenía reunión, se acostaban a contarse las cosas del día.

Había habido problemas en los últimos tiempos, decían los patronos que les rendía más comprar el carbón americano para llevarlo a la Central Térmica que sacar aquel producto lleno de azufre que envenenaba el aire y del que se quejaban hasta la Gran Bretaña en donde al parecer se intoxicaban por los humos que salían de la chimenea de la térmica. Víctor explicaba al que se tomaba la molestia de escucharlo, en lugar de dejarle todo el trabajo a él, que se llamaba lluvia acida y arrasaba el monte y por donde pasaba..

Estaba Emilia colgando la ropa en los tendederos del poblado cuando, sin ser las cinco, sonó la Bárbara y los mineros con Víctor al frente salieron de la mina y pasaron entre el colegio y el economato y se sentaron en el respaldo de los bancos ennegrecidos del parque y allí hablaron, hicieron una asamblea y decidieron hacer otra en el LAR cuando se hubieran duchado.

Pero al llegar a casa Víctor pensó que estaba ya cansado, que no se iban a gastar en filtros para que el carbón de la mina Innominada siguiera siendo rentable, que esta vez la iban a cerrar. Una gran dama indómita,tan áspera que ni nombre tenia, tan dura, que se lo llevaría a él por delante y a los que bajaran con él si volvían a encerrarse otra vez para presionar a las compañías.

Tenía corteza de Tejo en una caja, por si había algún accidente de esos desgraciados en donde el medico no aparece y el hombre herido esta despeñado o roto del todo y no hay remedio.

Y decidió que era la hora y momento. Se sentaron en la cocina y comieron las patatas con aquel te amargo, que Emilia preparó y que les calentó los dedos un rato. Después metió una nota en un sobre y se lo mandó al delegado sindical suplente

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