Borrón sin cuenta nueva

Borrón sin cuenta nueva

Leah Záis

04/06/2017

Esta mañana le había ganado el pulso al oleaje. Ingenuo…, creía que podía con años de entrenamiento, con los cientos de noches de vino y rosas que me convencían de que mi reclusión era voluntaria, de que prefería mil veces una cita a solas con Dostoievski antes que pasarla rodeada de las ficciones en que se habían convertido mis amistades. ¡Qué manera de leer las copas y beber los libros! Pero bueno, siempre merece la pena. De esta guisa me puse lo que había decidido sería mi uniforme de verano, consistente en unos básicos negros que expresaban descaradamente el luto de mis ganas de trabajar. No es que no me gustará trabajar, de hecho, me reconfortaba. Me mantenía estable, anclando a la cordura que sólo la rutina puede proporcionar, el torbellino de fantasía que amenazaba vertiginosamente con hacerme despegar los pies del suelo , cada vez que una mosca pasaba por mi lado. Me gustaba el olor a café con el que los pasillos de la oficina trataban de disimular a primera hora, me gustaba el bullicio rumoroso que desbancaba mi retiro, y sobre todo, me gustaba Paco, el portero, que con sus aires señoriales me hacía viajar a través del tiempo y el espacio cada vez que inundaba de elegancia las palabras más cotizadas a las seis y media de la mañana -Buenos días señorita- .

No, mi trabajo no consistía en poner las calles, tal y como sugerían mis compañeros en un intento de humorizar la mezcla de envidia y condescendencia con la que la frescura , que graciosa me envolvía cada lunes, agredía mortalmente su orgullo, lento y aletargado, tan propio de quien no encuentra delicia en madrugar. Para mi cada mañana era sagrada. Me despertaba en un templo construido a conciencia, desbordado por la delicada luz que se filtraba por mi ventana desnuda, sin esas vestimentas caprichosas con las que tratamos de ocultar nuestra vulnerabilidad. Le había declarado la guerra a las Cortinas. Y así, bañando de luz mi rostro ansioso por enfrentarse a un nuevo día, estas parecían creer que estaban ganando la batalla, cuando en realidad la habían perdido desde el momento en que inocentes creyeron que ocultarme de las miradas ajenas de las luces titilantes de las farolas era una buena idea. Como cada mañana, o cada noche, según uno sitúe en el espacio las cinco de la mañana, mis ojos comenzaron a buscar la certidumbre entre las sombras de mi habitación. Me levante en el acto. No le encontraba placer en postergar ningún tipo de comienzo, y mucho menos sabiendo que dos sacrosantas tortitas de avena, manzana y mantequilla de cacahuete, un zumo de naranja y un café de keniata preparado religiosamente en una cafetera italiana, me esperaban abriéndome las puertas de Roma, París, España o incluso de la mismísima África colonial. Nunca entenderé a la gente que no desayuna.

Y así, uniformada y con la tripa llena de mariposas tratando de llevarme en el sentido opuesto al que se dirigían mis pasos, entré resignadamente en mi oficina mientras me preguntaba por qué estrambótico motivo necesitaba tan vivamente de la tranquilidad perturbadora de la costumbre del trabajo. Una vez comenzaba con mis tareas ya me relajaba, absorta en las banales preocupaciones con las que me atosigaban mis nerviosos clientes, regocijándome en la calma arrogante de quien tiene en su mano las posibilidades de satisfacer una demanda, y pensando en cómo es posible que unos se ahoguen en un vaso de agua mientras a mi me ahoga esta sed. Una sed punzante, burbujeante, caótica, irracional. Una sed con la que me había acostumbrado a convivir, y que jamás, por muchos libros, películas, paseos o viajes que bebiera compulsivamente, se saciaba. Me había ganado a pulso la antipatía de mis colegas, que confundían cegados por sus propias definiciones mi seriedad con altanería, ajenos al silencio atronador con el que a gritos pedía auxilio. Ni si quiera era capaz de recordar en qué momento pase a encontrar placer sólo en la tediosa vanidad con la que situaba mi diferencia en un pedestal, mirándose directamente al ombligo. Era como si siempre hubiera sido así, como si estuviera marcada por una suerte de destino escrito en las entrañas de la carne que había dejado de poder comer, creyendo que de esta forma conseguiría cambiar el futuro que las vísceras predecían. Un hambre constante por descubrir un horizonte nuevo cada día me atenazaba desmintiéndose en el temor entumecido de que mis deseos fueran órdenes. Me había encerrado entre las cuatro paredes de una mente que inmovilizaba todos mis músculos, amordazando mi aceptación pragmática con las cuerdas de los soles que nuca veré ponerse, los tiempos que no me ha tocado vivir, de los no-lugares por los que se pasean mis aires de grandeza. Somos los sueños que no realizamos, las pasiones escondidas, agazapadas bajo el yugo del miedo. Cómo digo, no es que no me gustará trabajar, de hecho, lo necesitaba.

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