El perro aúlla. Dos huesos apuntan al cielo encapotado. Un hombre le arrima con el pie el tacho con sobras del almuerzo tardío, derramando a la tierra el ya escaso contenido. La televisión en blanco y negro permanece encendida en la penumbra del amplio salón desierto, aguardando que la mujer apague cuando recoja la copa vacía. El viejo fumará en el umbral de la puerta sin verla, quizás cerrará un rato los ojos y continuará luego viendo pasar el tiempo sobre las mesas de pool gastadas, de espaldas al perro. Muy lejos ha quedado la época de risas y apuestas, de botellas apoyadas en la franela verde. Más atrás aun ha quedado el entusiasmo de aquellos entonces jóvenes enamorados, cuando creyeron que abrir el bar sería la garantía de una vida feliz. Compraron manteles a cuadros, vajilla con flores, azucareros y labial rojo. Encontraron un perro lleno de pulgas y lo bañaron. Negro, lo llamaron.

El perro no sabe que si quisiera, ahora podría huir. Ha crecido atado siempre al mismo árbol junto a la plaza, la casilla volviéndose cada día más chica, el collar más frágil. Su dueño igual, pequeño y frágil. La mujer envejeciendo, viendo pasar inviernos por la ventana. Ya no se pinta los labios, total ya casi nadie entra al bar, salvo los mismos viejos del barrio a tomarse una grapa después de comer.

El viento balancea las hamacas vacías y las cadenas lloran el maquillaje borroneado por el óxido. Una argolla se enrosca en el cable de su par ausente. El sube y baja, torcido, ya no sube ni baja. Mi juego preferido, en una infancia ya remota. Mi mamá no me dejaba tocar al perro ni entrar al bar.

El tobogán es ahora demasiado corto, el arenal de pequeños sueños aplastados y vidrios rotos. Pero mañana el perro ya no estará, pienso. Y sólo la vieja observa mientras suavemente me dejo deslizar. Creo que atrás del sucio cristal, su boca esboza algo parecido a una sonrisa.

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