A 40 minutos de las 15:30 del mediodía Rosario finaliza su jornada laboral para preparar la comida. Es de las pocas mujeres que gozan del permiso del estado para ejercer su trabajo en el hogar. Pero no sin algún tipo de penalización que equilibre la balanza entre los beneficios del individuo y del estado. Uno de los principios que rige la sociedad es que los intereses privados no pueden sobreponerse a los intereses colectivos. Y esta es una lección que Rosario tiene bien aprendida.

Aunque su jornada debiera finalizar a las 15 horas, para adaptarse a la jornada escolar de su hijo y la jornada laboral en la oficina de su marido, ella solo tiene que ponerse a trabajar 10 minutos antes para poder tener 10 minutos de más para asegurarse que la comida está lista a tiempo y por la posibilidad de que surja algún contratiempo. No le importa que esos 10 minutos no se los paguen como minutos trabajados aparte de la correspondiente sanción por “alteración del horario común” que hace que su jornada empiece algo descoordinada con el resto de compañeros de su sección en la Compañía Internacional de Suministro Energético del Oeste. A su entender se trata de una sanción absurda por todo lo que conlleva: ni el lapso de tiempo descoordinado es importante para la empresa ni la cuantía de la penalización es tan alta como para que le suponga un trastorno en la economía diaria. Pero lo que piense Rosario tampoco importa mucho al resto de la sociedad.

Con estas ideas en la cabeza Rosario quita la tarjeta de usuario del servido electrónico instalado en su despacho por la compañía energética, un armazón de cables y chapa donde se inserta un par de cámaras – guía, un detector de calor, un detector de magnetismo y un “detector de químicos”, a parte del ordenador con el que trabaja y la pequeña caja donde inserta su tarjeta de usuario para fichar la entrada y la salida de su horario.

La puerta de su despacho se abre y se cierra con la misma tarjeta, así como con una huella de retina y dactilar, y solo se abre en el momento que Rosario entra o sale, de ninguna manera podría abrirse en otro momento, para no ser molestada en el transcurso de su jornada o para evitar daños en su puesto de trabajo.

Después de la rutina para salir del despacho se dirige a la cocina donde tendrá que accionar un par de electrodomésticos para iniciar la preparación de los alimentos. Su único cometido en la cocina es trasladar los alimentos de un recipiente a otro y sacar el resultado del plato que habrá preparado alguno de los electrodomésticos construidos para este uso. En el frigorífico selecciona el menú: ensalada de arroz con un toque asiático. Al abrir el frigorífico se encuentra la bandejas y cajones iluminados con una luz verde de donde extraerá los alimentos que necesita para cocinarlos. Si en algún momento se excede de la cantidad necesaria para los tres miembros de la familia una luz roja se enciende y tiene que devolver algunos gramos de comida al cajón o la bandeja. Deposita estos alimentos en el recipiente de tratamiento de los alimentos que se encargará de prepararlos para introducirlos en los módulos de cocción. Mientras se preparan realiza la misma operación en la despensa de las especias y de los alimentos no perecederos. Selecciona que corten el queso a cuadraditos pequeños, como le gusta a su hijo, y el pimiento bien picado para su marido, porque de otra forma no tolera sentir la textura del pimiento entre sus dientes, ya que el queso y el pimiento es una fuente importante de vitaminas D, A, B12, calcio e hierro – según el boletín oficial del estado – y el plato no se retira de la mesa hasta que no acabas con todo el pimiento y todo el queso. Lo mismo ocurre con otros frutas y verduras esenciales para la vida. Si está en el plato y no te lo comes eres sancionado por el estado ya que se considera que eres negligente con tu nutrición y esto podría acarrear graves consecuencias para tu organismo, lo que derivaría en una visita al hospital y el consiguiente gasto en sanidad estatal. No puedes hacer nada y comer nada contrario al buen funcionamiento de tu organismo sino eres penalizado por el estado, penalización aceptada e incluso defendida por muchos habitantes, incluso por Rosario, siempre buscando lo mejor para su familia.

Rosario tiene suerte de tener a su marido Arturo, quién la apoya en todo momento, y un hijo como Isaac: un chico despierto, alegre y, sobre todo, obediente. Puede presumir de ser de las pocas madres cuyo hijo nunca ha sido sancionado por el estado. Llega la hora de la comida los tres se sientan a la mesa. Mira a Isaac de reojo para ver que cara pone al ver la comida y, como siempre, reacciona con una incierta sonrisa y se prepara los cubiertos para dar cuenta de su plato. Los músculos de la espalda de Rosario dejan de tensarse. No puede evitar que se agolpen en su cabeza las historias sobre hijos desobedientes donde sus padres tienen que afrontar tanto los gastos sociales como económicos, lo que produce un descenso en el ranking de familias de la comunidad – lo que conlleva la pérdida de privilegios como la propiedad de un vehículo o la asistencia a centros de ocio, así como un descenso de los ingresos familiares.

Un grito desgarrador atraviesa las blancas paredes del habitáculo familiar. Son los vecinos de enfrente. Arturo mira a Rosario y se levanta de su sitio. Un voz sale del techo de la cocina diciendo que no se preocupe, que un grupo de policías ya está interviniendo en la casa de los vecinos y que todo está controlado. Isaac tiene miedo y Rosario lo ve reflejado en sus ojos. Arturo es un hombre obediente, pero al igual que otros muchos piensa que el estado ejerce un tipo de represión en ocasiones abusiva, aunque contiene sus ganas de intervenir en la escena. Rosario coge la mano de Arturo para evitar que cometa un error. Contra el estado y contra sus fuerzas de represión no puede hacerse nada. Además, algo habrán hecho, piensa Rosario, y que cada uno afronte sus problemas.

Un fuerte estruendo, llantos de mujer y unas palabras ahogadas sobre su hijo y su marido, y que se queda sola. Se oyen y se sienten las pisadas de la policía local: robots con cerebros multifactoriales de último diseño. Es lo último que se aprecia porque una música comienza a sonar en la habitación.

Es Bach, concierto número 1 de Branderburgo, Allegro.

Rosario, Arturo e Isaac continúan comiendo como un día cualquiera.

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